reseña
Eric Hobsbawm: A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX
sábado 20 de febrero de 2010, 01:34h
Eric Hobsbawm: A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX. Traducción de Gonzalo Pontón. Crítica. Barcelona, 2009. 56 páginas. 14,00 €
En el breve pero difícil tratado sobre historia y arte del afamado historiador Eric Hobsbawm, reeditado en estos días tras diez años de su aparición por vez primera en España, se sigue la línea de pensamiento que Walter Benjamin desarrollara en uno de sus mejores ensayos, La obra de arte en la era de su reproducibilidad técnica, publicado en 1936, en la que se contrapone la obra única con la que se puede reproducir mecánicamente. En A la zaga se discute el papel de las artes visuales, durante el siglo XX, en el modo de pensar de la humanidad.
La mayor parte de los argumentos del libro ya los había expuesto Hobsbawn en su Historia del siglo XX, y el central es el subtítulo que encabeza la monografía, es decir, el fracaso de las vanguardias como empeño de ser obra única en una época en la que contaba –como adelantó el gran Benjamin– la producción en serie, dificultad que se encontró la obra plástica pero no la literatura ni las artes escénicas, que sí cuentan con la posibilidad de reproducirse.
No serán pues las vanguardias las protagonistas de la verdadera revolución en el arte del siglo XX, sino que ésta se llevó a cabo fuera de lo que hasta entonces se conocía como arte y fue obra de la combinación entre la tecnología y el mercado de masas. Para Hobsbawm, “el Guernica de Picasso es, como obra de arte, incomparablemente más impresionante que Lo que el viento se llevó, de Selznick, pero desde un punto de vista técnico esta obra es más revolucionaria; los dibujos de Disney, bien que inferiores a la austera belleza de Mondrian, fueron más revolucionarios que la pintura al óleo y más eficaces para transmitir el mensaje que querían. Una cámara sobre raíles puede comunicar mejor la sensación de velocidad que un lienzo futurista de Balla”.
La contracorriente en la que se vio inmerso el movimiento de vanguardias le llevó a una decadencia que se acrecentaba conforme se elevaban sus niveles de sofisticación frente a la inmovilidad masiva de los puntos de vista del público, y llegó al colapso cuando se perdió la noción de singularidad del inconsciente frente a las imágenes simplificadoras del sentido común. ¿Un fracaso completo?, se pregunta el autor: no para los que supieron aceptar la lógica de la vida y de la producción en la sociedad industrial y buscar el valor “práctico” de sus criterios: la publicidad.
Por Margarita Márquez Padorno