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El filósofo ladrón

José María Herrera
sábado 20 de febrero de 2010, 17:19h
Fabrizio Traini saltó a la fama a finales de Enero después de atracar una sucursal del Banco de San Geminiano y San Prospero de Bolonia. De acuerdo con el relato difundido por las agencias, irrumpió en la oficina ataviado con un gorro de lana y unas gafas oscuras, mostró una falsa bomba supuestamente conectada a un mando a distancia, desvalijó la caja y, tras dejar el explosivo a la vista de todos, huyó amenazando con activarlo si alertaban a la policía antes de una hora. Los agentes, que ya le seguían los pasos –Traini tiene un amplio historial delicitivo-, lo detuvieron en la estación central de Bolonia, a donde llegó en taxi. Una vez interrogado, se confesó autor de varios asaltos a bancos de Milán, Parma y Piacenza. Uno de ellos fue grabado por las cámaras de seguridad. La película lo muestra disfrazado de mujer con una peluca rosa. Como ésta fue encontrada más tarde en una de las dos bolsas donde el detenido guardaba los disfraces empleados en sus golpes, es bastante probable que los próximos años los pase en la cárcel.

Hasta aquí la anécdota no tiene mayor interés. La nota la ha puesto el descubrimiento en la habitación del hotel donde estaba alojado de una bien surtida biblioteca filosófica, obras de Schopenhauer, Nietzsche o Russell. Agrimensor de formación, como K., parece que Triani es más aficionado a las librerías que a los garitos y burdeles que suelen frecuentar sus colegas de bandidaje. El hecho ha suscitado perplejidad y muchos se preguntan todavía como un hombre con estas pasiones ha sido incapaz de encontrar un medio menos reprobable de solucionar sus necesidades.

Aunque se ha sugerido la posibilidad de que Traini haya leído Filosofía a mano armada, una fábula poco recomendable de Tibor Fischer, los títulos de su biblioteca demuestran que no es un lector cualquiera, de los de matar el rato o informarse de lo que pasa en el mundo, sino uno de esos lectores furibundos que sospecha que la vida real no es la vida. Por mucho que el latrocinio y la extorsión parezcan incompatibles con la doble existencia típica de esta clase de lectores –incompatible porque a las dificultades de cualquier doble vida deben añadirse las no menos engorrosas de la clandestinidad-, lo cierto, a la vista de su descomedida afición, es que Traini tiene alma de filósofo. ¿Habrá influido esto en su carrera delictiva?

Los motivos por los que nuestro protagonista ha caído en la delincuencia son oscuros. Descartada la posibilidad de que guarden alguna relación con el costo de los libros, quedan dos alternativas: que la fatalidad lo haya empujado a adoptar el papel de villano o que éste forme parte de su programa filosófico. Por respeto al personaje, creo que debemos obviar la primera. Cualquier seguidor de Nietzsche sabe que las cadenas causales son ficciones que los hombres corrientes necesitan para juzgar sobre la bondad o maldad de los actos, algo poco acorde con la voluntad de quien se sitúa sobrehumanamente más allá del bien y del mal. Un individuo de las características de Triani no se enfunda una peluca zambraniana y luego saquea bancos sólo porque una previa cadena de acontecimientos lo haya impulsado a ello. Más bien habría que pensar en otra cosa, decisiones existenciales basadas en el convencimiento filosófico de que la única forma de ser libre es proceder con libertad, o de que si Dios ha muerto entonces todo está permitido, y argumentos por el estilo. Desde luego, permaneceremos muy por debajo del problema mientras creamos, de acuerdo con un famoso detective, que el delito revela siempre desesperación y que para entender a un delincuente hay que ser lo bastante perspicaz como para acceder al no pensamiento en que consiste su manera de pensar. ¿Y si el bandido es un filósofo?

Traini tiene un rostro melancólico y desconfiado, pero firme. Sólo parece una criatura desvalida cuando se disfraza de mujer. La metabasis eis allo genos no le sienta nada bien. Tal vez con una boquilla de nácar y un cigarrillo humeante perdiera ese aire de segunda república que exhibe en el video. La expresión ausente que muestra allí evidencia que el robo no es su vida, sino un cauce para conjugar su rica existencia interior con la miseria de las circunstancias. No hay más que observar con atención sus ojos para advertir que en él conviven tres personas diferentes: el hombre que compra libros, el bandido que asalta bancos para pagarlos y el lector que vive en compañía de Schopenhauer o Nietzsche. Yo creo que este último es su verdadero yo y por eso sospecho que la mazmorra donde va a pasar sus próximos años no va a ser para él un correctivo, sino una ocasión maravillosa para recluirse sin impedimentos en el santuario de su soledad.
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