www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

“El tiempo entre costuras”, o el mérito de la carpintería literaria

Javier Rupérez
x
jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 22 de febrero de 2010, 18:38h
Tiene la novela de María Dueñas una virtud importante: se lee con toda la rapidez que permite un volumen de más de seiscientas páginas y el lector, en mi experiencia, lamenta que se acabe. De sobra sabemos que son esas atracciones predicadas de productos literarios inferiores y despreciadas por los practicantes de lo que convencionalmente se conoce por “buena literatura”, que en términos musicales situaría a Mozart en comparación favorable con Lady Gaga, o a Cervantes como canon frente al que despreciar lo que Dan Brown produce. Pero, al final de la historia, no hay obra de arte digna de tal nombre que no tenga espectadores, oyentes o lectores. ¿Convierte el número en experiencia sublime a la bazofia? Ciertamente no. ¿Es cierto lo contrario, aquello de que “el buen paño en el arca se vende”? Tampoco. ¿Entonces?

“El tiempo entre costuras” constituye una buena respuesta al viejo dilema, ofreciendo entretenimiento y una buena factura literaria –por algunos despectivamente calificada de popular- que no abdica de las exigencias normalmente asociadas con la calidad del género: una buena historia, una esmerada construcción, un lenguaje apropiado, una excelente destreza para la recreación de atmósferas, un gusto táctil por las descripciones, un vocabulario rico y adecuadamente utilizado. Y sobre todo carpintería: la habilidad para construir los efectos, graduar las impresiones, modular la acción y, en definitiva, retener permanentemente la atención del que se sumerge en las páginas del robusto volumen.

María Dueñas sabe cómo hacer progresar la trama -sabiduría esta fundamental en la elaboración novelística- y lo hace con recursos que seguramente deben mucho tanto a Alfred Hitchcock como a León Tolstoy. De Hitchcock, es claro, ha buceado en el “suspense”, en la situación de incertidumbre en la que se encuentran personajes ajenos a las intrigas que en su entono se entretejen e involuntarios protagonistas de una historia que solo al final del relato, con imaginación y coraje, logran controlar. Sira Quiroga, personaje central de la trama, logra escurrirse por vericuetos no muy diferentes a los que Ingrid Bergman experimenta en “Notorious”, una de las mejores películas del obeso y genial director inglés, con alemanes nazis incluidos. Y no sería demasiado seguir con la Bergman y “Casablanca”-aunque “El tiempo entre costuras” tenga poca fibra romántica”- si introducimos al personaje creado por la señora Dueñas-¿quizás un trasunto tratado en el túnel del tiempo de su propia persona?- en el inventario de heroínas con amores contrariados, difíciles o simplemente perdidos. Leyendo las aventuras de Sira Quiroga quise imaginármela con las bellas facciones de la sueca, quizá con el pelo más oscuro y en talla algo menor, que no en vano su nacimiento tuvo lugar cerca de las Vistillas y no en el sombrío norte, donde las noches son largas y los humanos grandes. Aunque ambas acabaran sumergidas en el confuso exotismo marroquí de los tiempos bélicos, iluso lugar de refugio para almas extraviadas. ¿O sería mejor, en el eventual caso de que “entre costuras”, como merece, se convirtiera en película, que fuera nuestra Penélope nacional la que se introdujera en las angustias de Sira mientras que reservamos para Kate Winslet el de la amante británica del que fuera ministro de Asuntos Exteriores Beigbeder? . Y tiene razón Víctor Morales Lezcano al señalar, aunque sea de pasada, la poderosa atracción que en la novela ejerce el suave orientalismo del norte marroquí, entre Tetuán y Tánger, cuando España, con su minúsculo Protectorado, quiso hacerse la ilusión neo imperial en el arriscado y bello territorio. También de la mano de Sira en sus aventuras marroquíes aparece Mariano Bertuchi, el gran pintor del africanismo español, cuyos cuadros esperan mejor destino que el de decorar las paredes del vetusto y noble caserón del Palacio de Santa Cruz. Buen recuerdo, si señora.

¿Y Tolstoy? La escritora española practica de buena manera lo que en los rusos alcanzó niveles excelsos: el folletín melodramático. Por tal entiendo el manejo del abundante reparto de personajes en el marco de un continuo tejer y destejer temporal y espacial: se encuentran, se desencuentran, se vuelven a encontrar según las exigencias dramáticas del guión. Siendo ello un acontecer relativamente raro en las vidas de las gentes del común, el efecto conseguido es contundente, a lo que naturalmente contribuye la imprevisibilidad. Me pareció que María Dueñas no quería abusar del artilugio y es una pena: ¿Por qué no haber imaginado un roce más prolongado entre la Sira que contrabandea pistolas y la sombra masculina del que en un fugaz instante las recoge, por ejemplo?

Sorprendente María Dueñas. ¿Seguiremos sabiendo de su mano lo que la vida le depara a Sira Quiroga o será “entre costuras” flor trabajada y aislada de un breve día? Cuando mi buen amigo y asesor literario Juan Antonio Gómez Angulo me regaló la novela de Dueñas, aconsejándome vivamente su lectura, no sabía yo, novelista aficionado dado poco a la ficción, los buenos ratos que el libro me habría de deparar. Tanto como para expresar un deseo: que siga la saga de Sira.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios