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Imposición española en Euskadi

domingo 28 de febrero de 2010, 15:55h
Los nacionalistas llevan tantos años campando a sus anchas por Euskadi que ya ni se molestan en disimular su afán impositor y profundamente excluyente. A todos se les llena la boca hablando de igualdad y respeto a las ideas e ideos de todos y todas, hasta que llega la hora de la verdad. Porque sí, todo lo que piden, lo único a lo que aspiran es a un comprensible y amigable “derecho a decidir” que todo el mundo debería entender, desde Usurbil a la China. ¿Hay a caso algo más democrático y liberalizador que otorgar a un “pueblo la posibilidad de decidir su destino”? A mí, personalmente, ante palabras tan biensonantes y embriagadoras, se me ocurren pocas razones para negarme a ello.

Cómo no hacerlo, si de hecho, formo parte de ese pueblo mítico –creo, vamos- que algún día, como el mismo Israel –qué curioso que este pueblo sea uno de los enemigos de los vascos de bien, que se sienten más afines a los palestinos que se atrevieron a asentarse en la Tierra Prometida que Dios reservó en el principio de los tiempos para los judíos-, logrará cumplir su destino colectivo y alcanzar la ansiada libertad. Para ser sinceros, yo me siento bastante libre, pero si lo dicen, será por algo...

Eso sí, el sentimiento democrático que inunda a las proclamas del “derecho a decidir” se queda en agua de borrajas cuando toca aceptar de facto la tan manida “pluralidad vasca”. Así, los dirigentes nacionalistas se están retratando con la pataleta que les ha entrado a raíz de la sentencia del Supremo que obliga a la Diputación de Guipúzcoa a colocar una bandera española junto a la Ikurriña en la fachada de su edificio en San Sebastián.

Porque claro, que en los últimos años la ikurriña fuera la única bandera que ondeaba en los edificios públicos de Euskadi no era una cuestión impositora. Como tampoco lo era que todo aquel que no se sintiera nacionalista, debiera aguantar sus ganas de ver ondear la otra bandera oficial del País Vasco que, guste o no, es la española, por el bien de la paz.

Se han tergiversado tanto las ideas y los conceptos, que la única opción democrática posible, la única manera válida de ser vasco, ha sido hasta ahora la nacionalista. La divergencia se ha tachado automáticamente de impositora, antivasca e incluso antidemocrática. Todas las ideas eran respetadas hasta el momento en que alguna decidía alzar la voz contra el discurso oficial. Por eso, crear ententes abertzales ha sido una opción legítima, progresista y megademocrática, mientras que un gobierno formado por el PP y el PSE peca de un frentismo inaceptable. Ignorar a todo ese sector del pueblo vasco que se siente tan vasco como español, negándose en redondo a colocar la bandera española en los edificios oficiales, es un gesto de la más deliciosa corrección demócrata. Por el contrario, colocar las dos banderas oficiales del País Vasco, la Ikurriña y la española, símbolos de la pluralidad de esta región, es un acto de imposición.

A mí que alguien me lo explique, pero hasta donde me alcanza la razón, la gracia de la democracia reside en el respeto a todas las ideas que acepten las reglas del juego. ¿Resulta, entonces, que sentirse español en Euskadi, no sólo es incompatible con el ser vasco, sino que además es antidemocrático? Sinceramente, las banderas me importan un pito. Me da lo mismo ver una Ikurriña que una bandera española o que una inglesa. Pero lo que sí me revienta es que haya quien se arrogue la exclusividad democrática y haciendo gala de un perverso sentido del victimismo, disfrace de cruzada romántica lo que no es sino intransigencia pura y dura.

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