La mentira y Zapatero
martes 09 de marzo de 2010, 20:24h
Cuentan que en una cena de gala uno de los comensales pidió a Margaret Thacher, cuando ésta era todavía canciller, que le expresara su opinión sobre Felipe González. Oída la interpelación, Thacher miró a su interlocutor unos segundos antes de contestar, tras los cuales expuso su escueto veredicto: “He´s a liar”. Rememorando esta anécdota, uno siente incluso cierto orgullo patrio al constatar que González podría haber utilizado la mentira en defensa de los intereses de España. Lo malo es que la utilización de esta técnica se generalizó más tarde también para su uso interno. González sucumbió a ella para encubrir las implicaciones en una heterodoxa lucha antiterrorista y Aznar fue maestro en avalar las mentiras de otros en el exterior. Hoy, Zapatero los supera a ambos. Lo que diferencia los embustes de los primeros con los que actualmente extiende el Presidente del Gobierno, es que aquellos buscaban, extralimitándose, un fin político que pudiera acarrear beneficios para el país, mientras que los actuales no hacen otra cosa que camuflar la incapacidad del Presidente y su Gobierno para atender a las necesidades del Estado.
El chamán de los discursos ahuyenta los males mediante su eterna sonrisa y su ciega confianza en que los problemas se solucionaran solos, con o sin sacrificio de gallina incluido. Mientras, construye con sofisticado artificio una realidad a su medida que proyecta a los ciudadanos. La incógnita está en saber si él mismo se cree sus propias mentiras. Y así actúa cual Rey Salomón indeliberado, que azuzado por la presión decide llevar a término su sentencia sin dejar que se manifieste la verdadera madre, cuya intervención podría salvar al niño. El resultado: proposición de medidas carentes de cualquier contenido efectivo.
En nuestro sistema político no siempre comportan éxitos electorales la aplicación de las medidas oportunas en tiempos de crisis. Dado que el fin del partido político es acceder al poder y mantenerse en él, las decisiones adecuadas sólo lo son, si son útiles al citado fin. Churchill es un claro ejemplo de ello, una vez realizada una magnifica gestión en tiempos de guerra, cuando ésta vio su fin, no fue reelegido. Y es que la altura moral de las personas se mide en atención a cuanto están dispuestas a perder por defender lo que se aparece como correcto.
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Abogado
CARLOS LORING es licenciado en Derecho, diplomado en Gestión Empresarial, y MBA en e-Business por la Universidad Pontificia de Comillas (ICADE)
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