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My invisible friend

miércoles 10 de marzo de 2010, 18:53h
El festival de cine de Sundance es, posiblemente, uno de los más prestigiosos del mundo, si no el que más. Creado a partir de una idea de Robert Redford, debe su nombre al personaje interpretado por dicho actor en la inmortal “Dos hombres y un destino”, Sundance Kid. De él han salido directores de la talla de los hermanos Coen o Quentin Tarantino, por citar sólo un par de ejemplos, amen de dar a conocer una lista innumerable de películas no sólo aplaudidas por la crítica, sino también por el público en las salas. Nada que ver con la apoteosis del, para algunos, cine eminentemente comercial, los Oscar de Hollywood. Pero en ambos casos, los tópicos no hacen justicia. Porque ni el cine etiquetado como “independiente” es pretencioso y poco entretenido, ni el llamado “comercial” carece de calidad y es sólo puro marketing.

Si en algo destaca Sundance es el la autenticidad de quienes concurren al festival. Por lo general, se trata de jóvenes cuyo talento es inversamente proporcional a los recursos económicos con los que cuentan para llevar a cabo su creación, lo cual hace que su trabajo sea aún más meritorio. Es el caso, por ejemplo de uno de los cuatro cortos que este año quedó finalista entre más de 13.000 presentados, “My invisible friend”. La dirección y el montaje han corrido a cargo de Pablo Lacruen y Antonio Gómez Pan, respectivamente, dos de las promesas con más futuro en el panorama del cine mundial. De momento, no son conocidos por el gran público. Tampoco han recibido cuantiosas subvenciones del Ministerio de Cultura, ni han tenido una campaña de promoción orquestada por los de siempre. Pero se las han ingeniado para sacar adelante su proyecto con apenas nada, y les ha ido muy bien.

Ellos han demostrado que en España es posible hacer cine de calidad sin recurrir a “pesebrazos” de los de la ceja, ni hacer el ridículo con declaraciones como las de Willy Toledo. Ese es el gran problema del cine español; que los cuatro memos de siempre son los que están en el candelero con títulos mediocres -ahí está la respuesta del público en las salas- subvencionados por todos pero apreciados sólo por ellos. Gente que actúa bien, pero cuya valía profesional queda eclipsada por su estulticia y ruindad personales. Dos ejemplos de lo contrario son Antonio Banderas y Alfredo Landa; ninguno de los dos ha escondido nunca su militancia política -en las antípodas las ideas del uno con respecto a las del otro-, pero se han dedicado a lo suyo, que es hacer cine, y no el ridículo. Y como muestra, su trayectoria y reconocimiento.

Afortunadamente, la oferta de películas que hoy se exhiben el las salas de cine es lo suficientemente amplia como para pode elegir en condiciones. A nivel personal, hace tiempo que decidí aportar mi granito de arena para cambiar el mundo y no subvencionar con el precio de mi entrada a gentuza que apoya la violación de los derechos humanos, la tortura y el terrorismo de estado. Voy al cine a pasármelo bien, y no a tener problemas de conciencia. De ahí que, sintiéndolo porque realmente son buenos profesionales en esto del cine, no pague por ver películas donde aparezcan Luis Tossar, Pilar Bardem, o el tal Willy Toledo. Aunque vivan de mis impuestos, no tengo porqué soportar sus improperios. A decir verdad, tampoco me pierdo gran cosa; se puede sobrevivir perfectamente sin ver sus rostros cargados de resquemor. Y se puede porque, tras ellos, hay buen cine. Bien nos iría a todos si ignorásemos la quincalla y optásemos por la calidad. Los resentidos, a Cuba a cantar con Juanes.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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