www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Por Bilbao

Juan José Solozábal
jueves 11 de marzo de 2010, 18:26h
Me gusta revisitar las ciudades tanto como verlas por primera vez. No hay lugar para el asombro o para la alegría del descubrimiento, es cierto, pero es la ocasión de la rectificación o el enriquecimiento que la contemplación desde otros supuestos o condiciones proporciona. Ya no estás sólo, como al principio, te acompaña el recuerdo al que sobrepondrás una nueva imagen con lo considerado de nuevo. Por lo demás a tu retina añades visiones de la ciudad que no son tuyas, proceden de lecturas o fantaseaciones ajenas, que no localizas exactamente pero que has incorporado a tu memoria inadvertidamente.

Me pasa en esta visita a Bilbao. He salido del hotel cerca del Ayuntamiento. Es tarde para la laboriosa ciudad y no hay casi nadie por la calle. Llueve dulcemente. Atravesaré el Arenal con sus viejas casonas del dieciocho, iluminadas en la noche, y llegaré a Bidebarrieta, torciendo después por Sombrerería, hasta la Plaza Nueva. Aun sin el viejo kiosko y las palmeras es una de las plazas más bellas de España. Si atiendo un momento, oigo, como le pasaba a Unamuno, el bullicio de los niños en el recreo de la escuela a media mañana en el colegio de la vecindad. Ya sé que no está La Bilbaína , ni ay, su librero Pepe Gorriti, donde encargué La historia de la literatura vasca de Luis de Villasante, que completaba el libro de Michelena cuando reconstruía, hace tantos años, el contexto del tiempo de la Restauración en que aparece el primer nacionalismo vasco.

Subiré luego, atravesando el puente sobre el Nervión, Gran Vía arriba. En uno de sus señoriales edificios pasó su niñez don Miguel de Azaola, que luego viviría, tras la guerra civil, en San Sebastián, Madrid, Friburgo de Suiza y finalmente, seguro que también como una deferencia cervantina, en Alcalá. Nunca dejó de pensar en Euskadi, pero no volvió a ella. Pocos vascos, si alguno, durante el siglo XX han mirado a su País de modo más lúcido y acertado que este otro, gran, don Miguel.

Llego a la plaza Moyúa, a su izquierda, antes del principal hotel Carlton, sede del gobierno vasco durante la guerra, y en el lugar en que ahora prospera una tienda de cafés, había una librería enorme, Arrilucea, tan desordenada como excelente, donde me aprovisioné de los libros del Fondo de Cultura. Tenía, creo recordar, dos pisos, mas recovecos y apartados, donde podías pasar horas, aunque después no compraras nada. Llegaré hasta la plaza del Sagrado Corazón y echaré una mirada a la Casa de Misericordia, el asilo, con su cuidado jardín y sus bancos ordenados. No es quizás esta muestra asistencial el peor rostro de la burguesía próspera de su época.

Vuelvo tranquilamente y bajo el zirimiri liviano se me hace próxima aquí la añoranza de Blas de Otero, ya reconciliado con su ciudad de piedra y lluvia, “llena de manchas”, en que piensa desde Madrid. ¿Desde dónde sueña Jon Juaristi en un bellísimo poema, que sabiamente incorpora en su maravillosa antología Mil años de poesía española Francisco Rico, en el viaje imaginado atravesando las rúas bilbaínas, por las que ahora paso yo, acurrucado sobre el regazo de su joven madre de veintiocho años?

Mañana iré, campo Volantín adelante casi hasta Deusto, al Museo Bellas Artes , con el parque a su vera. Con el museo del mismo nombre sevillano, para mí, el mejor segundo de España. Subiré por su escalinata, si puedo con el pesimismo, en paralelo al cuadro del picador derrotado La víctima de la fiesta, y me plantaré delante de mi óleo favorito, un pequeño lienzo, delicadísmo, del pintor alavés Fernando de Amárica, Misticismo Vasco(Zeánuri), antes de sucumbir, rendido, ante el retrato deslumbrante que, también, hizo a la Condesa de Noailles en 1913 el pintor eibarrés Ignacio de Zuloaga…

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios