Una a favor de Guilermo Toledo
domingo 14 de marzo de 2010, 15:31h
La verdad es que me da bastante pena el actor Guillermo Toledo con todo el circo que se ha montado a raíz de sus declaraciones sobre la muerte del disidente cubano Orlando Zapata tras 85 días de huelga de hambre. Al actor, que se chupó su mes durmiendo en el suelo del aeropuerto de Lanzarote en el que la activista saharahui Aminatu Haidar realizó su huelga de hambre, le pillaron a traición cuando le hicieron la preguntita sobre su opinión acerca del cubano. No quiero entrar en el debate sobre si Zapata era realmente un preso común o un disidente del régimen castrista. Pero sí romper una lanza en favor de la libertad de expresión y en contra del linchamiento mediático al que se está sometiendo al pobre Toledo.
Reconozco que Toledo se equivocó cuando dijo lo que dijo, restando valor a la protesta que, fuera cual fuera su origen, llevó a Zapata a la muerte. Porque, al fin y al cabo, desde un punto de vista humanitario lo único cierto es que el régimen cubano dejó que aquel hombre se pudriera en una cárcel, en las peores condiciones y sin hacer nada por evitar su fallecimiento. El actor pecó de frivolidad al opinar tan alegremente sobre el tema. Dicho esto, hay que entender las circunstancias en la que lo hizo. A matacaballo, a la salida de un acto que no tenía nada que ver con el tema, interpelado por un periodista, supongo que, con la guardia bajada, no fue consciente de las repercusiones que podrían tener sus palabras.
O, quizás, siéndolo, decidió no morderse la lengua y ser fiel a sus principios que, gusten o no, son los suyos. Ridiculizarlo, caricaturizar su ideología o posiciones políticas, su actos e incluso sus películas como se ha hecho durante estos días, es una respuesta más fácil e infantil que optar por una contestación argumentada o, simplemente, respetuosa.
Estoy totalmente en contra de la dictadura de Cuba: de la falta de libertades políticas, de la imposición de una sola visión del mundo, de la represión violenta y todo cuanto califica a cualquier régimen que hace oídos sordos a todo aquel que no comparta sus objetivos y pretende su desaparición. Pero también creo que existen muchos grises entre el blanco y el negro y que, condenar una cosa no significa estar ciego y obligado a adoptar todos los tópicos y verdades oficiales que rodean a la misma.
Nuestro sistema y esas democracias de las que tanto nos enorgullecemos se asientan sobre sucias, sucísimas cloacas cuyo hedor de vez en cuando podemos intuir. Criticarlo y señalarlo no debería considerarse como algo antidemocrático ni antisistema, sino como una muestra del auténtico compromiso. No en vano, la verdadera razón de ser de un sistema basado en un régimen de libertades debería ser la aspiración de conseguir algún día limpiar todos sus tubos de escape. Aunque sea una quimera. Porque si nos acostumbramos a ser tolerantes con la corrupción, los excesos de los estados o las traiciones continuadas a nuestras propias legalidades y escalas de valores lo único que nos diferenciará de las auténticas dictaduras será un nombre sin valor.
Pero del mismo modo, también creo que no todo lo malo que se dice sobre 'los malos' tiene que ser cierto. Y que poner en duda la versión oficial, las informaciones sesgadas y poco contrastadas, no puede ser patente de corso para que se abra la veda contra una persona por cometer el 'delito' de dar su opinión sobre un tema en el que la espiral del silencio obligue a mantener una sola postura correcta. Por más que a algunos les cueste entenderlo, una de las cosas que nos diferencia de la dictadura castrista es esa libertad de expresión de la que, equivocado o no -eso ya es otra cuestión- hizo uso Toledo. Difamar, insultar y ridiculizar gratuitamente, no son sino los residuos más pestilentes de la misma.
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Periodista
Regina Martínez Idarreta es investigadora del Instituto Universitario Ortega y Gasset
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