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EL PRECIO DE LA ARBITRARIEDAD

jueves 06 de marzo de 2008, 23:48h
La justicia ha llegado tarde, pero lo ha hecho, al fin y al cabo. El Tribunal de la Unión Europea ha declarado ilegales las condiciones impuestas por el Gobierno a E.On para su entrada en el capital de Endesa. Recordemos que para que la Comisión Nacional de la Energía pudiese formular estas condiciones el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero se vio obligado a cambiar la legislación en mitad de todo el proceso para otorgar al órgano presidido por Mayte Costa unos poderes con los que previamente no contaba. Y que, una vez impuestos, fueron declarados ilegales por la Comisión Europea no una, sino dos veces.

El Gobierno se ha conducido en este asunto con una parcialidad que no cabe justificar bajo ningún criterio. En cuanto se supo de la oferta del gigante energético alemán, Rodríguez Zapatero recuperó la idea nacional que antes había considerado “discutida y discutible” para mostrar su velada pero firme oposición a E.On, en nombre de un eventual "campeón nacional". Luego el mismo Gobierno que había denunciado una pequeña participación del Estado de Baviera en el accionariado de la eléctrica favoreció la entrada de la empresa española Acciona y de la empresa pública italiana Enel. Hasta ahí llegaba su criterio del "campeón nacional".

Wulf Bernotat, presidente de E.On, ha mostrado este jueves su intención de seguir invirtiendo en nuestro país. Pero aclara que él ha aprendido la lección, que ahora sabe, después de la experiencia con el Gobierno socialista, que "para invertir en España hay que contar con apoyo político". Esa es la imagen que ha llevado este feo asunto hasta el último rincón del mundo en que un fondo o una empresa se plantea la idea de invertir en España. No puede contar con la protección del Estado de Derecho; sólo le servirá el buen entendimiento con el poder. Hay dos principios contrapuestos: arbitrariedad e imperio de la Ley, poder y libertad, y Zapatero ha optado por los primeros.

Ahora el partido que salga mayoritariamente elegido en las urnas tendrá que replantearse la necesidad de contar con el otro para restablecer el imperio de las normas, su funcionamiento automático y ciego, si es que queremos recuperar algo de credibilidad ante el mundo y con ella recibir las inversiones necesarias para modernizar nuestra economía y nuestra sociedad.

EL TERROR GOLPEA ISRAEL


El presidente palestino, Abu Mazen, anunciaba el regreso al proceso de paz con Israel, tras haberlo dejado en suspenso a raíz de la última ofensiva israelí en Gaza. Después de la reciente escalada de violencia en la zona, el hecho de que ambas partes retomasen el diálogo era a todas luces una buena noticia. Los auspicios de la diplomacia norteamericana daban su fruto, y el propio Mazen agradecía a Condoleezza Rice sus esfuerzos para "proteger el proceso de paz y las conversaciones, principalmente por medio de la activación del comité trilateral para implementar la Hoja de Ruta". Parecía que, tras mucho tiempo, un rayo de esperanza asomaba en Oriente Medio.

Pero no ha podido ser. Los radicales palestinos han vuelto a actuar de nuevo de la única manera que saben, asesinando. Esta vez, hombres armados irrumpían en el seminario Merkaz Harav, abriendo fuego indiscriminadamente y matando al menos a ocho personas. Es de suponer que la respuesta israelí será contundente. Ningún estado del mundo consentiría que gentes hostiles entrasen en su territorio provistas de armas y masacrasen a ciudadanos inocentes cuyo único delito era el de vivir en un país permanentemente amenazado. Más de una vez Israel se ha excedido en el uso de la fuerza, recibiendo por ello feroces críticas. Esperemos que ese sector de la opinión pública que con tanta condescendencia mira hacia Palestina, critique ahora con igual dureza un ataque semejante.

Cada vez que algún miliciano palestino ha caído en combates con el Tsahal, en Tel Aviv, Haifa y demás ciudades israelíes no se han visto imágenes de ciudadanos disparando al aire sus armas en señal de júbilo. Más que nada, porque no se han producido. Pocas horas después de conocerse la noticia, se escuchaban en Gaza ráfagas de kalashnikov y gritos de alegría. Celebraban la muerte de de ocho inocentes. Igual que algunos de ellos festejaron el atentado contra las Torres Gemelas en Nueva York. Israel responde cuando es atacado, y hay que recordar que lleva siéndolo desde hace más de medio siglo. El hartazgo de la sociedad israelí es perfectamente entendible.

Generalizar nunca conduce a nada bueno, y es obvio que no todos los palestinos son criminales. Su situación es angustiosa, fundamentalmente para los que viven en la franja de Gaza. Eso sí, Israel no es el único culpable. Bien es cierto que podría hacer algo más para aliviar su situación. Pero también es verdad que el mundo árabe se lava las manos ante un problema que les viene de perlas. Los réditos son evidentes: mantener en permanente tensión al principal aliado de Estados Unidos en la zona, y tener la excusa perfecta para justificar el fundamentalismo islámico. Sólo Egipto, y en calidad de país limítrofe, interviene a veces para evitar que la frontera de Gaza se convierta en un coladero. No obstante, lo hace porque no le queda más remedio. En cuanto a la Unión Europea, buenas palabras y poco más. Mientras no hable con una sola voz -lo cual, a día de hoy, se antoja utópico-, su fuerza será escasa.

Este fin de semana, durante el Shabat, Israel estará de luto. En un mundo tan globalizado, todos deberíamos estarlo. No ya por este caso, sino cada vez que se produzca un asesinato de personas inocentes, sea donde sea. Con independencia de las simpatías que la causa palestina despierte, hechos como éste la desprestigian. Y no es que sean cuatro salvajes incontrolados. Son más. Recordemos que fue Hamás quien ganó las elecciones allí. Y todos sabemos lo que es Hamás. Palestina tiene un problema, que no se resolverá en tanto en cuanto no erradique el germen terrorista de su sociedad. Y ha de hacerlo ya.

EL ASESINO DEL ROL ACCEDE AL TERCER GRADO


Esta semana se hacía público que la Audiencia de Madrid concedía el tercer grado penitenciario a Javier Rosado, más conocido como el asesino del rol. Con la decisión, el autor del crimen, que sólo ha cumplido 14 de los 42 años a los que fue condenado por el asesinato a puñaladas de un empleado de limpieza de Madrid en 1994, podrá disfrutar de permisos de fin de semana y está a un paso de la libertad condicional. Rosado ha pasado los últimos 14 años en prisión, por asesinar a puñaladas -siguiendo las reglas de un juego de rol ideado por él mismo-, a un hombre que esperaba al autobús en un barrio madrileño. La razón por la que escogió a su víctima fue simplemente que éste contaba con las características físicas fijadas en su macabra partida de rol: era un hombre de complexión gruesa. Rosado no actuó solo. Contó con la colaboración de su amigo Félix Martínez, en libertad desde hace varios años, menor de edad cuando cometió el crimen y condenado a 12 años porque, según la sentencia, actuó bajo la influencia de su amigo.

Lo más alarmante de esta decisión no estriba sólo en la incómoda sensación que produce comprobar lo barato que sale asesinar, una cuestión compleja y que necesita de un debate jurídico en profundidad. El mayor problema tiene relación con la alarma social que este tipo de acciones crea. Rosado fue diagnosticado en su día por los psiquiatras forenses que le trataron de psicópata sin solución. Las razones que se esgrimen ahora para concederle el tercer grado son su buen comportamiento -durante estos años se ha licenciado en tres carreras- y el buen uso que ha hecho de los permisos de los que ya ha disfrutado. Asimismo, la Audiencia se apoya en los progresos psiquiátricos hechos por el recluso.

Sin embargo, la preocupación ciudadana es comprensible. Nadie puede olvidar que uno de los asesinos de las niñas de Alcásser cometió el crimen durante un permiso. Los defensores de las rebajas penitenciarias y del tercer grado argumentan, con razón, que el sistema, además de castigar al criminal, debe reinsertarlo en la sociedad. Y muchas veces las estancias en la cárcel no sólo no ayudan a la reinserción de una persona sino que, en algunas ocasiones, intensifican las tendencias delictivas de los presos. La alarma de una sociedad que quiere sentirse protegida de sujetos condenados que ya han demostrado ser peligrosos y que no están del todo rehabilitados, como es el caso de Rosado, choca en estos casos con las disposiciones en favor de los criminales para su reinserción del disfrute del tercer grado u otros beneficios penales. Son cada vez más las voces que claman por los cumplimientos completos de condena para evitar nuevas tragedias.

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