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Crítica

[i]Lourdes: la historia de un milagro[/i] llega a los cines el 31 de marzo

sábado 20 de marzo de 2010, 15:47h
El filme de Jessica Hausner se acerca a Lourdes, a la peregrinación de miles de enfermos realizan con la esperanza de encontrar la salvación. La protagonista de esta historia, Christine, interpretada por Sylvie Testud, acude aquejada por una terrible enfermedad que le impide moverse de cuello paar abajo. Muchas preguntas plantea este trabajo que deja en el aire para que el espectador forje su propia opinión.
Su estreno el próximo día 31 de marzo, en vísperas de la Semana Santa, viene precedido por su éxito en distintos festivales como el de Venecia o el de Cine Europeo de Sevilla. Es el último trabajo de la joven directora y guionista austriaca Jessica Hausner, quien se confiesa no creyente, pero sí abierta a todas las preguntas, como las que en este caso plantea en relación a los viajes de peregrinación a Lourdes, a lo que ocurre con las personas enfermas que acuden allí cada año en espera de la deseada curación y también en relación a todas esas personas que dejan su habitual vida durante unos días para acompañarles haciendo, de ese modo, que sea posible su viaje.

Jessica Hausner trata en este su tercer largometraje del milagro como paradoja, como una fisura en la lógica que nos conduce hacia la muerte, y, con el objeto de profundizar en ello, ningún lugar mejor que Lourdes para situar la historia de Christine, interpretada por Sylvie Testud con una gran eficacia de sus recursos que convierten en extremadamente creíble tan difícil personaje. Desde que en febrero de 1858, la Virgen María se apareciera por primera vez a Bernadette Soubirous en la gruta de Massabielle, los casos de curaciones extraordinarias fueron produciéndose de forma continua, hasta convertir al lugar en sinónimo de milagro. Y hasta allí viaja la protagonista del filme, en uno más de los viajes que ha realizado desde que se vio afectada por una terrible enfermedad. La directora austriaca nos la presenta completamente impedida desde el cuello, sólo su cabeza gira y sus expresivos ojos muestran el poderoso motor de su cerebro, que no consigue, sin embargo, mover su cuerpo.

Christine viaja en un grupo de la Orden de Malta y, precisamente, otro de los puntos fuertes de este duro drama es, sin duda, el contraste entre los enfermos y sus acompañantes, focalizado en distintos personajes secundarios cuya evolución durante el metraje completan los diversos modos de acercarse al milagro que puede tener cada persona. Son personajes sofisticadamente construidos que apuntalan a la perfección cada uno de los estados de ánimo por los que Christine atraviesa durante ese viaje en el que cree haber sido la elegida para un nuevo milagro. Y es aquí, en esa aparente arbitrariedad a la hora de producirse las curaciones, a veces efímeras, donde la película vuelve a insistir en su estudio a través de las reacciones de sus personajes. ¿Por qué una persona se cura y otra no? ¿Qué se puede hacer para curarse? No hay respuesta a estas preguntas, de modo que cuando una persona parece haber sanado de repente, todas las miradas se vuelven hacia ella, no sólo por lo extraordinario de su nuevo estado de salud, sino también para opinar a favor o en contra sobre si merecía o no tan grande gracia.

Filmado con plena observación de los pequeños detalles, el filme describe minuciosamente, de forma bastante crítica, aunque sin entrar en juicios directos, uno de los misterios en torno a los cuales giran las vidas de muchas personas, especialmente los enfermos, pero también los miembros de las órdenes religiosas. Hausner vuelve, de esta forma, a utilizar el que suele ser hilo conductor de sus intimistas películas: la relación entre el papel que desempeñamos en la sociedad y nuestra propia identidad.
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