www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La antilibrería

José María Herrera
sábado 20 de marzo de 2010, 15:54h
El negocio de la venta de libros ha cambiado en los últimos tiempos. Cualquier lector veterano lo sabe bien. Se publica más que nunca y, en líneas generales, se hace mejor, pero las librerías, algunas estupendas, no son lo que eran. Los viejos libreros desaparecen en beneficio de las sociedades anónimas. Éstas han trasladado al negocio las actuales tácticas comerciales. Desde el punto de vista de la organización y la rentabilidad económica, el cambio seguramente ha sido lucrativo. No así a otros efectos. Visitar una librería ha dejado de ser una aventura para convertirse en un acto de consumo. No hay sorpresas. Aquí y allá las mismas cosas dispuestas del mismo modo, igual que en supermercados y aeropuertos.

Las empresas distribuidoras controlan el mercado, fijan los márgenes e imponen sus criterios como nunca antes. La idea periódicamente repetida de que los buenos libros se abren paso por sí solos y que, más allá de las prácticas publicitarias, lo que funciona de verdad es el boca a boca, constituye una ingenuidad. Cada día aparecen decenas de libros que el librero no puede almacenar y a los que tiene que dejar espacio a costa de sus fondos. Las novedades determinan el negocio. Como los alimentos con fecha de caducidad, el libro se ha convertido en un producto efímero. Diez meses después de publicado resulta difícil volver a ver un título en el expositor. Tratándose, además, de ediciones modestas, poco rentables para los canales de distribución, quizá no lleguen a hacerlo nunca. Es en estos casos donde funciona realmente el boca a boca y, por eso, las ventas rara vez dan para cubrir gastos.

Los industriales del sector se dedican al libro igual que los empresarios de conservas al berberecho: porque les gustan. Lo que más les gusta de los libros, sin embargo, es el beneficio que reportan. Por eso son empresarios y otorgan más crédito a los balances anuales que a las opiniones de los críticos. Los valores intrínsecos del producto son, por lo general, secundarios. Cuando los estetas despotrican del público insinuando que no se entera de nada, que se deja manipular o que es profundamente ignorante, los empresarios del libro consultan sus cuentas corrientes y piensan en otra cosa.

Yo no voy a criticar nada de esto. Me importa un comino cómo funcione el mercado. El negocio de los libros es una cosa y los libros otra. Si algo me preocupa como lector es que los buenos libros tengan dificultades para llegar a mis manos. A veces he soñado con una librería que adoptara los fines de los lectores intempestivos, una librería que arrinconara los libros de usar y tirar y promocionara, en cambio, las obras destinadas a ejercer un influjo más duradero. El sueño, aunque lejos, se ha hecho realidad.

Los responsables son dos libreros florentinos, Piero y Massimiliano Chiari. Bajo el lema “niente bestseller”, los Chiari abrieron hace tres meses cerca del Duomo lo que algunos llaman ya la “antilibrería”, o sea, una librería cuya finalidad es ofrecer alternativas a aquellos lectores que, debido al derrotero tomado por el negocio de la distribución, suelen tener dificultades para dar con lo que buscan. Las editoriales arrojan cada día cientos de volúmenes al mercado convencidas de que éstos podrán prosperar con independencia de sus cualidades literarias o científicas, pues lo que decide al gran público a adquirir una obra es una moda inducida por una previa campaña publicitaria. Los Chiari quieren situarse al margen de estas prácticas. En vez de amontonar novedades efímeras en los estantes, exponen títulos antiguos, obras raras o descatalogadas, ediciones minoritarias que, al revés de lo que ocurre en los establecimientos al uso, ocupan aquí una posición de privilegio. En su negocio puede faltar el último Harry Potter, pero bajo ningún concepto La Odisea o El Decamerón.

Ir contracorriente no suele ser bueno para los negocios. La disidencia es incompatible con el libre mercado. Para quienes confían en él son los compradores quienes seleccionan los mejores productos. Dar la espalda al cliente mayoritario es un suicidio económico, una locura. En esto el mundo capitalista comparte la misma actitud que prosperó en el mundo comunista cuando la negación del paraíso obrero podía llevarle a uno al manicomio. A pesar de ello, los Chiari han apostado por la marginalidad. Yo les deseo la mejor suerte y espero que el ejemplo cunda también en España. Hay una cosa tan triste para un país como leer poco, y es que todos lean lo mismo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios