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Turquía recapacita

sábado 03 de abril de 2010, 09:13h
El enrarecimiento de las relaciones diplomáticas entre Ankara y Washington no ha durado mucho, como era de esperar. De hecho, el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, anunció ayer viernes que enviará de vuelta a Estados Unidos al embajador turco, tras haber sido llamado a consultas. El motivo, la aprobación por parte de la Cámara de Representantes estadounidense de una moción en la que se condena el genocidio turco sobre población Armenia durante la Primera Guerra mundial. El tema despierta hondas sensibilidades aún hoy en Turquía, y si bien es verdad que sus respectivos gobiernos han vuelto la vista hacia otro lado cada vez que surgía la cuestión, hay que recordar que la Primera Guerra mundial comenzó en 1914, hace casi un siglo.


No sólo Turquía cometió desmanes en un pasado relativamente reciente. Durante la Segunda Guerra mundial, Estados Unidos construyó campos de reclusión para ciudadanos norteamericanos de ascendencia nipona, con lo que no sólo violaban un buen montón de preceptos constitucionales, sino que además incurrían en un aspecto, el racial, fundamental para tipificar penalmente el genocidio. Tampoco Alemania –sin entrar en las atrocidades sin cuento cometidas por los nazis- ha pedido cuentas a Inglaterra por el bombardeo de la RAF sobre Dresde, por citar sólo un ejemplo. Es más, Europa no se concebiría hoy si no hubiesen imperado el sentido común y el ánimo de seguir adelante en detrimento de revisionismos arcaicos. La democracia, por definición, responde del presente, no del pasado. A Turquía hay que pedirle cuentas de su situación actual, no de las atrocidades cometidas por los jenízaros en el sitio de Viena durante el siglo XVII. Para todos, esa política sería la del cuento de nunca acabar.


Dicho lo cual, a Estados Unidos no le interesa ni lo más mínimo llevarse mal con Turquía, que aparte de ser el único país de mayoría musulmana de la OTAN, tiene una situación geoestratégica crucial. Pero que Turquía no se equivoque; su importancia en el concierto internacional no le da derecho a relajar aspectos tan esenciales como el respeto a los derechos humanos o la vigilancia de un islamismo cada vez mayor, factores ambos que en nada favorecen sus anhelos de entrar en Europa. Seguro que Estados Unidos tiene mejores cosas que hacer que escarbar en el pasado de Turquía. Y Turquía, por su parte, debería dejar de un lado su tradicional hipersensibilidad ante asuntos que, en honor a la verdad, tendrían que llamar a la reflexión de más de uno.


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