Italia, el fin de la política
Andrea Donofrio
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adonofriohotmailcom/9/9/17
domingo 04 de abril de 2010, 15:55h
Después de dos artículos de política –para que mis padres viesen que su dinero ha sido bien invertido- casi prefiero dejar el tema. ¿Por qué? Varias razones. En primer lugar, no creo que esto sea política de verdad. En Italia, la política –el arte de gobernar- y la dialéctica han sido substituidos por la degradación de la misma, del debate y de la vida pública, por una retórica agresiva y carente de contenido. Por eso, hemos asistido a una campaña electoral violenta e indiferente a los problemas actuales de Italia. ¿Por qué ningún candidato ha hablado de lucha a las criminalidades organizadas? ¿Por qué no se ha presentado ninguna medida para salir de la crisis? Sin embargo, después de España, Italia es el país con más desempleados. ¿Por qué no se han presentado propuestas concretas para la recuperación de la economía nacional? Sin embargo, según cuanto informo el Instituto Nacional de Estadística italiano (Istat), el déficit público italiano en relación con el Producto Interior Bruto (PIB) se situó en el 5,2 por ciento en 2009, frente al 2,7 por ciento registrado en 2008, lo que supone el peor dato desde el año 1996. El dato no parece preocupar y además, ¡a quién le importa el déficit nacional! No, no se habla ni de deuda ni de desempleo, ni de mafia. Berlusconi se limita a repetir que “el amor siempre gana sobre el odio” (menos mal, me quedo mas tranquilo…) y la izquierda pelea consigo misma, entre su alma radical, la centrista y la “pagnottista”. Mientras tanto la política italiana se aleja de la realidad y se limita a una vulgarización del debate y a la bipolarización del escenario político entre berlusconianos y antiberlusconianos. Casi nos hemos acostumbrado a ver atacar a la Magistratura y descubrimos que las escuchas telefónicas son un “mal”, un vicio de la democracia: poco importa que resultan un instrumento fundamental en la lucha contra la mafia y para prevenir muchos crímenes. No, a alguien le fastidian y, por lo tanto, hay que prohibirlas.
Ya no hay debate en la Televisión como antaño (y casi cabe alegrarse que Berlusconi, en defensa de la libertad de prensa, los haya prohibido). Cuando aparecen en la pantalla, los políticos gritan, pelean, sacan trapos sucios de uno u otro, pero ninguna idea o propuesta, casi como si fuera vedado. Asimismo, en los comicios, representantes de izquierda y de derecha pelean, se gritan frases injuriosas y, de vez en cuando, se pegan. La violencia entra en los hábitos políticos italianos, tanto que los votantes lo valoran: una candidata protagonista de una furibunda pelea, ha sido elegida alcalde con casi el 70% de los consensos. Ella, enésimo personaje de la televisión reciclado a la política (la TV es la cantera y laboratorio de formación de Silvietto) se alaba y lógicamente sus primeras palabras han sido: “Haría todo de nuevo, incluso la pelea”. No, no creo que esto no sea política.
Y, ¿qué ha sido de la par condicio? Eso que representaba uno de los pocos criterios respetado en campaña electoral, esta vez ha sido violado frecuentemente. Durante la última semana, mientras Berlusconi y su coalición han ocupado casi el 80% del espacio en telediarios y programas televisivos (datos del periódico italiano “Il sole 24 ore”), Bersani hablaba en una radio fuera de las puertas de la FIAT, en un desesperado intento de recuperar la relación con la gente.
En Italia, la política, su aplicación y su clase política viven una etapa de degradación, caracterizada por una campaña de descalificación permanente, de insultos cotidianos, de ausencia de propuestas políticas. El consecuente resultado es que la gente siente un déficit de representatividad, aumenta la percepción de que la política “no toca nuestra vida”, que el voto no sirve de nada. En un país descreído de la política, con un electorado harto (como certifica el aumento del abstencionismo en las últimas elecciones) y que cree que “no se puede adoptar la política como profesión y ser honesto”, la política pasa de ser el arte de gobernar en “el arte de engañar” para conseguir sus propios propósitos.
Ps. En una plaza central de Nápoles se ha verificado una furiosa riña entre un alguacil de un partido y algunos jóvenes: al primero le ofrecían 50 euros para compensar el voto, mientras los demás gritaban que le habían prometido una cifra más alta. La noticia publicada en el periódico ciudadano no ha tenido ningún eco nacional y, comentándola en casa, mi tío, con cara de asco, me ha contestado: “Pues claro, al capo familia debe pagarle 75: 50 euros a los otros miembros de la familia”. ¡Vaya normalidad!
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Politólogo
Andrea Donofrio es politólogo, experto en Relaciones Internacionales e investigador del Instituto Ortega y Gasset
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adonofriohotmailcom/9/9/17
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