La numerofilia del economista
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
martes 06 de abril de 2010, 20:38h
Para explicar si las cosas van bien o mal, los medios de comunicación acuden con cierto abuso a ese bosque de manipulables cifras que, mediante múltiples indicadores, ha diseñado el maravilloso mundo de la Economía. La fiebre del PIB, y su aún más engañoso derivado, el PIB per cápita, es una de las peores enfermedades del análisis económico y social contemporáneo. Al fin y al cabo, el PIB no es más que el valor monetario total de la producción corriente de bienes y servicios de un país durante un período. Si lo dividimos entre el total de la población obtenemos el PIB per cápita. Y siento recurrir al tópico, pero si mi vecino tiene dos pollos y yo no tengo ninguno, a menos que la fuerza o la amabilidad intermedien, eso no significa que ambos vayamos a comernos uno.
Tenemos también joyas como la “confianza del consumidor” o la “capacidad de compra” con sus respectivas valoraciones, que en definitiva vienen a decirnos que comprar es bueno. Y claro que lo es, que se lo digan a quienes venden bienes y servicios. Lo mejor para un país, por lo visto, es que sus ciudadanos compren; que compren mucho y a menudo, todo el día si puede ser y con todo su esfuerzo económico. A plazos o en el momento, en metálico o con tarjeta. El resto de las facetas de nuestra vida parece no importar para algunos ingenieros de lo público.
Nos aterran las cifras del paro pero no parece aterrarnos la cantidad de horas que muchas personas se pasan al día en su puesto de trabajo, cubriendo dos puestos de 5 ó 6 horas, que mejor repartidos podrían precisamente ayudar a reducir el desempleo. Es toda una disyuntiva: ¿más dinero o más tiempo libre para comprar más?
Nos hemos acostumbrado a medir la calidad de vida en términos cuantitativos en vez de cualitativos. El tamaño del hogar (que es importante, teniendo en cuenta que el espacio público ha sido ampliamente privatizado y nos han confinado en nuestras casas), el número de coches y de electrodomésticos, la cantidad de kilómetros que nos alejamos para pasar nuestras vacaciones, los megapíxeles de la cámara del móvil, o el precio de nuestras deportivas nuevas son algunos ejemplos de la carrera social por ser el mejor. En el plano macroeconómico encontramos la insultante idea de valorar el “desarrollo” de una región por el número de televisores o teléfonos móviles, su consumo energético, producción industrial, etc. Entre sus indicadores de desarrollo, el Banco Mundial incluye el gasto militar o las emisiones de CO2.
No es mejor consumir más kilowatios ni más litros de agua al igual que no es mejor consumir más combustibles fósiles; eso es algo que en cierto modo ha quedado consensuado. Pero hay miles de empresas cuyo interés primordial es, obviamente vender más y más. Y en el proceso de producción y distribución de muchos de esos productos que nos animan a comprar para “levantar la economía” se ven involucrados no sólo agresivos procesos de extracción, sino también el uso ineficiente de energía (probablemente de origen no renovable), litros y litros de agua y mucho combustible para el transporte. Si nos dicen que tenemos que ahorrar agua y energía, ¿por qué es legal dejar que haya gente que nos intente convencer de que compremos cosas que no necesitamos?
El crecimiento no siempre es bueno. Que un productor venda cada vez más significa que otro vende cada vez menos. Y según tengo entendido, el monopolio va en contra de las leyes de la libre competencia. El objetivo del empresario es incrementar sus ventas y su público. El objetivo del individuo, por el contrario, debería ser tener que comprar (es decir, depender) cada vez menos. Hemos creado un sistema basado en la renovación y el crecimiento, y que cuando sale de dicha dinámica entra en crisis.
Cuando al describir la grandeza de su compañía, un empresario enumera una lista en la que incluye facturación, número de empleados, presencia internacional, etc. seguramente no incluya datos sobre el impacto ecológico de la extracción de materias primas y la generación de desechos, las consecuencias de los procesos de deslocalización o cualquier otro factor negativo asociado a su actividad.
Producir más es destrozar más, necesitar más, contaminar más, trabajar más. El ser humano ha solucionado sus problemas de subsistencia a cambio de más de 8 horas sentado delante de un aparato conectado a unos cables. ¿No es retorcido?