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Apatía cívica y estatismo: ¿el huevo o la gallina?

Enrique Aguilar
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enrique_aguilarucaeduar/15/15/19/23
miércoles 07 de abril de 2010, 19:23h
En un discurso pronunciado en enero de 1822, el político y pensador francés Royer-Collard, líder del llamado grupo de “los doctrinarios” durante la restauración borbónica, expresó lo que Pierre Rosanvallon considera es la formulación canónica del vínculo que relaciona históricamente el establecimiento de un estado omnipotente con la existencia de una sociedad anémica o en proceso de disolución. Vale la pena reproducir esa formulación, al menos parcialmente. Dice así: “Hemos visto cómo perecía la vieja sociedad [...] La revolución no dejó en pie más que a individuos. La dictadura que la concluyó, en ese aspecto, consumó su obra [...] Todavía no se había visto, más que en los libros de los filósofos, una nación así descompuesta y reducida a sus últimos elementos. De la sociedad hecha polvo salió la centralización; no hay que buscar en otra parte su origen. La centralización, como tantas otras doctrinas no menos perniciosas, no llegó con la frente alta, con la autoridad de un príncipe; penetró modestamente, como una consecuencia, una necesidad. En efecto, allí donde no hay más que individuos, todos los asuntos que no son los suyos son asuntos públicos, los asuntos del estado. Allí donde no hay magistrados independientes no hay más que delegados del poder. Así es como nos convertimos en un pueblo de administrados, bajo la mano de funcionarios irresponsables, centralizados ellos mismos en el poder del que son sus ministros”.

La actualidad de este párrafo es en verdad sobrecogedora. Se podrá discutir qué viene primero: el avance del estado o el repliegue de la sociedad. En cualquier caso, lo que parece evidente es que ambos procesos juntos dan forma a un círculo vicioso. Cuanto mayor es el espacio público que el estado cubre con su creciente injerencia, más la sociedad tiende a atomizarse y volverse indiferente a los asuntos comunes. Cuanto más indiferente la sociedad, mayor es la posibilidad de que el estado llene, por su propia voracidad o por mero horror al vacío, esos ámbitos que las organizaciones civiles deberían espontáneamente ocupar.

Es cierto que algunas sociedades renuevan sus virtudes asociativas y sus vínculos solidarios de resultas, no de la moderación de un estado que se atiene a sus funciones indelegables, sino de las malas consecuencias que su excesiva intervención trae consigo (el intervencionismo estatal, casi por definición, acarrea siempre malas consecuencias). Pero por lo general ocurre lo contrario: los ciudadanos se aíslan unos de otros y, al refugiarse en su vida privada, menosprecian por añadidura sus derechos políticos. Porque claramente los efectos del retraimiento colectivo (que Tocqueville denominaba individualismo), se dejan ver ante todo en el ámbito de la sociedad política, desde que ese hombre que “se considera a sí mismo como una especie de colono indiferente al destino del país en que habita” se convierte en un simple consumidor de decisiones de las que no participa ni siente que le conciernan.

Reiterémoslo con Royer-Collard: “allí donde no hay más que individuos, todos los asuntos que no son los suyos son asuntos públicos, los asuntos del estado”. Al parecer, no hemos progresado mucho al respecto.

Enrique Aguilar

Politólogo

ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina

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