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La reina Cristina

miércoles 07 de abril de 2010, 19:46h
Uno de los barcos más bonitos jamás construidos, el “Gustavo Vasa”, no llegó nunca a navegar. De hecho, se hundió el mismo día de su botadura en el puerto de Estocolmo, allá por 1614. Aunque estéticamente precioso, su diseño no era el más apropiado para hacerse a la mar, con un castillo de popa demasiado elevado, ostentosos adornos de bronce que hacían escorar peligrosamente la nave y tres baterías de cañones por cuyas troneras se coló el agua que mandó al “Vasa” al fondo del Báltico. Tras haber sido reflotado en 1961, hoy puede contemplarse en el museo de la isla de Djurgården-Suecia-, donde aún conserva todo su esplendor.

Pero ya que hablamos de esplendor, en estos tiempos en que el país nórdico es más conocido por Ikea o el coñazo de Abba, conviene desempolvar el recuerdo de una de las mujeres más increíbles de toda la historia, la reina Cristina. Magistralmente interpretada por Greta Garbo en la inmortal “La Reina Cristina de Suecia”, la película se toma sin embargo algunas licencias almibaradas, como la muerte del amante de la reina en sus brazos. No fue así. Para empezar, Cristina no llegó a casarse; es más, el asunto de su matrimonio fue decisivo a la hora de su abdicación al trono. Nacida un par de años antes del hundimiento del “Vasa”, en 1612, tendría muy presente este acontecimiento durante toda su vida. De hecho, en una de las cartas que intercambió con en René Descartes afirmaba que, a diferencia del buque, que se había ido a pique por un exceso de ornamento inútil, ella pretendía “ser un instrumento del arte para poder canalizar toda la belleza que el hombre es capaz de crear”.

Y vaya si lo consiguió. Durante su reinado, por la corte de Estocolmo desfilaron los mejores poetas, filólogos, anticuarios, orientalistas, historiadores y todo aquel que destacara en alguna disciplina del saber. Aparte del ya mencionado Descartes, al final de su vida pudo presumir de haber tenido amistad con el jurista Hugo Grocio o el compositor Arcangelo Corelli, entre otros. No era, desde luego, una mujer al uso. Poco dada a ir arreglada, gustaba más de “ocupaciones de hombres”, tales como caza, equitación y esgrima, en la que por cierto era una consumada especialista. Uno de sus más fieles amigos, el embajador español Antonio de Pimentel -y quién sabe si su amante, como insinúa la película-, consiguió además que abjurase del luteranismo y se convirtiera al catolicismo. Dicha conversión fue hecha pública tras su abdicación -cuyos motivos últimos aún se desconocen-, lo que le abriría las puertas de Roma.

Fue en la Ciudad Eterna donde pasaría gran parte de su vida. Durante ese tiempo, el palacio en el que residió, la Villa Farnesio, fue el epicentro de la cultura romana. Coleccionista de antigüedades, arqueóloga aficionada y mecenas generosa, muchas de las obras que adornan hoy los museos europeos se deben a su patronazgo. Pero era, además, una mujer profundamente devota, lo que no fue óbice para que mantuviese agrias disputas con los poderosos de la época, como cuando se enfrentó a Luis XIV de Francia por las matanzas a hugonotes o al papa Inocencio XI por las persecuciones a los judíos. Tras una vida tan plena como intensa, murió en Roma en 1689. Su última voluntad, la de ser enterrada en el Panteón de forma sencilla y sin inscripción alguna, no fue respetada: se le hizo un funeral de Estado con todo el boato posible, y sus restos fueron depositados en la Basílica de San Pedro. Toda una reina en el corazón del Vaticano.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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