Ni los hombres han vestido siempre de traje de chaqueta ni las mujeres han lucido piernas como ahora. La moda en el vestir, que se remonta a los últimos siglos de la Edad Media, ha evolucionado como lo ha hecho el contexto histórico, político y social. Si somos lo que comemos, ¿somos también lo que vestimos?
Los
hombres han pasado de utilizar calzas, medias y vestidos durante la Edad Media, a acortar las telas en el Renacimiento para dejar ver sus piernas y por fin ataviarse los primeros
trajes de chaqueta tras el estallido de la Revolución Francesa. Las
mujeres han variado su indumentaria más a menudo, sobre todo tras la I Guerra Mundial, cuando se puso de moda el traje de chaqueta.
“El devenir del mundo occidental ha marcado cambios en la forma de vestir de cada época”, afirma
Diana Fernández, profesora de Historia del Traje y directora académica del
Centro Superior de Moda de Madrid (CSDMM). Pero, ¿cuáles han sido lo más significativos? Fernández los enumera: “La etapa aristocrática de los siglos XIV y XV, el origen del traje burgués masculino entre el siglo XVIII y el siglo XIX y el del traje moderno femenino tras la I Guerra Mundial”.

El desarrollo de las ciudades, la nobleza, el sistema feudal y la
burguesía están entre los factores sociales que han influido en los cambios de la vestimenta. Lo mismo que el desarrollo industrial, tecnológico y comercial como factores económicos, así como la pérdida de influencia de la Iglesia y los principios de libertad, igualdad y fraternidad heredados de la
Revolución Francesa como factores espirituales. La profesora Fernández sostiene, sin embargo, que los grandes cambios no han venido propiciados por un solo factor, sino que hay que tener todos en cuenta y no olvidar la importancia del
factor individual en el sentido de lo que psicólogos y sociólogos llaman ‘aceptación-rechazo’, o lo que es lo mismo, “el deseo de integrarse versus deseo de destacarse sobre una manera de vestir”.
Pese a que la indumentaria ha sufrido variaciones significativas desde los siglos XIV y XV, cuando se data el origen de la
moda en el vestir, la llegada del siglo XX trae consigo el concepto de la moda como producto industrial. “La moda cambia más rápido porque se convierte en un objeto de consumo y se producen modificaciones radicales, no en la estructura del traje, pero sí en los estilos”, afirma Fernández.

La memoria histórica lleva a pensar que la moda ha estado más del lado de las mujeres que de los hombres, pero no ha sido siempre así. Hasta la llamada
“gran renuncia”, el momento en el que el hombre se sirve de los nuevos valores de la Revolución Francesa para democratizar su indumentaria, “era tan víctima de la moda como la mujer y, en ocasiones, hasta más, como ocurrió durante el siglo XVII”, dice la profesora Fernández. Así, añade, la gestación del traje burgués en los últimos años de siglo XVIII conllevó que el hombre “renunciara a la fantasía de vestir”.
Fue a raíz de esa desvinculación del hombre con la moda cuando la mujer asistió a una
modificación progresiva de su vestimenta en favor de la comodidad. Con el origen del traje moderno en la segunda década del siglo XX vive una de sus “mayores etapas de recreación”, dice la profesora Fernández, quien añade que durante el resto del siglo y hasta hoy “la mujer sigue siendo quien marca en una pareja si están o no a la moda”.

De la misma manera que la vestimenta de la mujer no ha dejado de cambiar los largos de las faldas, pantalones o camisetas, la del hombre se estancó con la irrupción del traje burgués en el siglo XIX: un conjunto de chaqueta y pantalón que ha sufrido variaciones insignificantes desde entonces. Fernández explica que pese a los intentos del movimiento
hippie por romper con el conformismo de la imagen impuesta, “el código del hombre burgués siguió prevaleciendo como vestimenta oficial de
lo masculino y como concepto esencial de virilidad”. Esta percepción está tan arraigada aún hoy que, a juicio de esta experta, aunque ha habido diseñadores que han presentado propuestas para renovar el traje masculino, “todo ha sido en vano”.

Los cambios en la vestimenta femenina se cuentan, sin embargo, por cientos. La profesora Fernández cita cinco fundamentales: “El conjunto
trotteur, de moda a finales del siglo XIX, y que está considerado el antecedente del sastre femenino; el vestido-camisa de la moda de 1920-1925, que mostraba las piernas y
ocultaba las curvas; y ya en los años 60 y 70, la minifalda, el vaquero y la propuesta de Yves Saint Laurent de aceptar el pantalón como conjunto de vestir femenino”.

Pero la moda no siempre ha estado acertada y los historiadores continúan preguntándose por el porqué del origen de ciertas prendas y tendencias. A juicio de la profesora Fernández, llaman la atención “los zapatos puntiagudos de la moda de Borgoña del siglo XV, el vientre prominente y la frente despejada en la mujer como ideales de belleza, la
‘estética de la vejez’, que consistía en empolvar el pelo y el rostro con harina de arroz, propia de la moda cortesana de los siglos XVII y XVIII, y la corbata masculina”.