Hace sólo 40 años
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de abril de 2010, 22:10h
Hace sólo cuarenta años los españoles y las españolas se bañaban en secciones separadas en las playas del mar, en las playas de los ríos, en las playas de los lagos, en las piscinas ( una piscina para cada sexo ), y cuando la Eva salía del mar o del río o del lago debía ponerse presurosa un albornoz que ocultase toda su pecaminosa belleza, sus tentaciones exquisitas. Parece mentira, pero es verdad. Y mis ojos de niño lo vieron sin que me suscitara ninguna pregunta. Las cosas eran así porque tenían que ser así, y los mayores lo hacían así porque ellos sabrían el porqué. ¡Son tan raros los mayores para la lógica sana de un niño! De todos modos, algo de garba de fuego debía producir la cercanía entre el hombre y la mujer. Lo mismo ocurría en la misa; las mujeres se ponían delante, entre la mitad de la crujía y el altar, y los hombres atrás, cerca siempre de la salida del templo.
Incluso algún pueblo de la Castilla profunda otorgaba a los varones adultos grandes privilegios durante la misa. Así, tras el evangelio, cuando el sacerdote perpetraba su larga homilía dominguera, llena de espantosas jeremiadas moralistas con aulagas verbales, los hombres podían salir de la iglesia a fumar un cigarrillo, o dos, en espera de que algún niño, con la esperanza de una pequeña propina, les avisara que el predicador había terminado la homilía, a fin de que volviesen a entrar en silencio y ya descansados un poco del misterio insondable y del ininteligible verbo teológico del cura. Pura palabrería de una iglesia que a fuer de ríspida y áspera había olvidado que la Sabiduría y su pneuma son radicalmente antropófilos, que tienen una apasionada querencia al hombre y al mundo.
Pues bien, a aquella separación morbosa, antinatural y maligna le sucede hoy una ideología sexista, tan delirante como aquélla, pero que se funda también en una manía compulsiva, enfermiza y tenaz sobre el sexo. Su gran sacerdotisa es hoy la Ministra Bibiana Aído Almagro, por lo demás, una joven mujer guapa y resultona y que, sin embargo, parece remedar a los agrestes y antipáticos párrocos de mi niñez. Es el caso que ha identificado la diferencia sexual en el mundo de la fisiología con la diferencia de género gramatical en el mundo de la lengua. Y es el caso que el Estado, como el Supremo Saber Viviente del que hablara Hegel, ha perdido un poquillo de respeto público con estas chiquilladas de la Sra. Ministra de Igualdad. No confundamos el género, Sra. Ministra, así como otras clasificaciones morfológicas de palabras, con el sexo. No caigamos en el furor de una superstición neoanimista que inunde la gramática. Supongamos, por ejemplo, que un machista ignaro se pone igual de borde, y se enfada porque la “poza” es más grande que el “pozo”, que la “calabaza” es más grande que el “calabacín”, que la “cazuela” es más grande que el “cazo”, que la “gorra” es más amplia que el “gorro”, que la “pala” es más grande que el “palo”, que el “arca” es más grande que el “arcón”, que la “maleta” es más grande que el “maletín”, que la “rata” es más grande y voraz que el “ratón” o que la “rana” es más vistosa que el “sapo”. O se subleva contra sufijos de profesión que van por la “1ª declinación”, como cosmonauta, hermeneuta, anacoreta, terapeuta, periodista, jurista, analista, callista, etc. Y ya no digamos cómo se pone con el todopoderoso y ubicuo morfema –a de las ideologías: socialista, comunista, nacionalista, gaullista, carlista, etc., etc. ¿Lo llamaríamos “lerdo”, verdad? ¿Y qué llamar a esos dobletes innecesarios que engordan como nuevas letanías lauretanas el BOE y los distintos Diarios oficiales de las diecisiete autonomías, como “los maestros y las maestras”, “los profesores y las profesoras”, “los alumnos y las alumnas”, “los técnicos y las técnicas”, “los administrativos y las administrativas”, “los secretarios y las secretarias”, “los jueces y las juezas”, “los farmacéuticos y las farmacéuticas”, “los directores y las directoras”, “los inspectores y las inspectoras”, “los médicos y las médicas”, “los veterinarios y las veterinarias”, “los ministros y las ministras”, “los consejeros y las consejeras”, “los subdirectores y las subdirectoras”, “los enfermos y las enfermas”, “los clientes y las clientas”, “los enfermeros y las enfermeras”, “los soldados y las soldados” ( aún no se han atrevido a “las soldadas” ), etc., etc., etc.?
En fin, que en lenguas tan gramaticalizadas como las lenguas romances, estas retahílas de dobletes continuos pueden significar un martirio, que dada la causa podemos calificar de penitencial. Ahora parece, además, que la ideología de género, lejos de arrodillarse ante las obras cumbres del espíritu humano, proyecta modificar algunas obras maestras de la Literatura Universal ( v. gr. los cuentos de la tradición popular versionados por los sabios hermanos alemanes Jacob y Wilhelm Grimm, descubridores, entre otras Leyes fonéticas, de la Rotación Consonántica o Das Lautersverchiebung que sufren las lenguas germánicas en relación con la lengua madre del indoeuropeo - a fin de hacerlas compatibles con los nuevos credos gubernamentales. Es que ninguna religión – tampoco la nueva de Bibiana Aído Almagro – se arrodilla ante el genio de la Humanidad. Otra vez la dictadura de los políticamente correcto. Otra vez la barbarie amputando al espíritu humano. Otra vez la maroma que cruza nuestros ríos para separar a las hembras de los machos. ¡Qué país! Otra vez la vuelta al sentido prístino de la etimología de “sexus”, esto es, división, parcela, parte, corte, separación, de “seco”, esto es, cortar, tajar, dividir, partir, hender. Otra vez enfrentados el sexus muliebris y el sexus virilis. Y cada uno en su sitio, separados por comas o conjunciones.
Cuando tanta estupidez, tanta estulticia ignara, tanta barbarie fanática conquista el Estado, esa conciencia superior de la sociedad, de la que hablaba Hegel, que escribía cartas a su tía en un perfecto latín ciceroniano a los once años, entonces es que estamos acabados, que la esperanza de un mundo mejor se esconde, y comienza – otra vez – una noche oscura.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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