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Un gastrónomo lo desconoce

La relación calidad-precio en la mesa

jueves 15 de abril de 2010, 10:28h
Desde que el mundo es mundo la gente ha buscado comprar cosas que reúnan lo que en castellano hemos llamado siempre "las tres bes", es decir, algo bueno, bonito y barato; es una aspiración lógica, porque a todos nos gusta hacer eso que conocemos como "comprar bien", que es un arte que no está al alcance de todos los mortales.

Un arte que requiere no pocas habilidades, entre ellas la del regateo, que a uno se le ha dado siempre muy mal, probablemente porque le da bastante vergüenza hacerlo, por mucho que sepa que hay lugares en los que lo que se espera del cliente es justamente eso, que discuta el precio con el vendedor, lo que, si ambos son hábiles -ya digo que no es para nada mi caso- les permite hacer un negocio satisfactorio para las dos partes y, además, pasar un rato que dicen que es muy divertido.

Ocurre que la sociedad actual, tan amante de lo "políticamente correcto", ha dado a algunas expresiones una carga peyorativa que antes no tenían. No es el caso de "bueno" ni de "bonito", pero sí el de "barato"; cuando decimos que una cosa es barata, muchas veces no estamos haciendo su elogio, sino todo lo contrario. Probablemente por ello hoy, en lugar de ponderar algo porque es barato, la gente dice que "tiene muy buena relación calidad-precio".

He aquí uno de los mitos de las actuales sociedades desarrolladas. Porque, en román paladino, "buena relación calidad-precio" y "barato" son sinónimos, cuando no tienen por qué serlo. Un ejemplo. Hace unos días, en Madrid, me fui a una tienda especializada en bacalao, que suele tener un género magnífico. Compré unos lomos de excelente bacalao y los pagué a algo más de veinte euros el kilo. Esa misma tarde, en la televisión, vi cómo una cadena de hipermercados anunciaba su bacalao a menos de seis euros el kilo. Aun reconociendo que los precios de una tienda especializada y elegante son siempre más elevados que los de una gran superficie, la diferencia es llamativa.

Ni que decir tiene que en ningún momento se me pasó por la cabeza ir a comprar ese segundo bacalao pese a su estupenda relación calidad-precio, en la que desde luego no creo. Tengo claro que ese bacalao es mucho más barato que el otro, pero igualmente estoy seguro de que la calidad de uno y otro no tiene nada que ver. Nadie, que yo sepa, da pesos a noventa centavos aunque nunca falte quien lo crea así.

¿Existe algún caviar cuya relación calidad-precio sea satisfactoria? Sin duda: pero que nadie espere que, si es caviar de verdad, sea barato. Simplemente, vale lo que cuesta, que es de lo que se trata aunque haya que aceptar, al mismo tiempo, que cueste lo que vale.

A un gastrónomo en el ejercicio de su afición, lo de la relación calidad-precio le trae al pairo. Hombre, a nadie le gusta que le estafen; pero el gastrónomo sabe que, muchas veces, lo que busca es un lujo, un capricho. Y lujos y caprichos tienen su precio, que hay que pagar y que, normalmente, el gastrónomo conoce, lo que le evita sorpresas. Ojo, que no es que no le guste lo que es bueno, bonito y, si no barato, al menos no carísimo; pero conoce el valor y el precio de las cosas que es la relación que tiene que ser lo más correcta posible.

Naturalmente, cuando uno se encuentra con cosas que valen más de lo que cuestan se pone muy contento; pero ya decimos que no es lo habitual. Y es que no hace falta ser un cínico para saber aquello de que la buena vida es cara; hay otra más barata, pero no es tan buena. El secreto está en saber dosificarse los homenajes y despreocuparse de la tan cacareada "relación calidad-precio", que, encima, es un concepto de lo más subjetivo.