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El fin y los medios

miércoles 21 de abril de 2010, 19:01h
El maquiavelismo en política suele ser identificado con la máxima según la cual el fin justifica los medios. Por cierto que ni el propio Maquiavelo formuló tan brutalmente esta máxima y que a ningún político en su sano juicio se le ocurriría confesarla en público para ver redimidas sus acciones.

Sin embargo, nadie ignora que los gobernantes obran usualmente privilegiando el fin y subordinando a éste la moralidad de los medios, sobre todo cuando está en juego la conservación del poder o la continuidad de un proyecto hegemónico.

El tema afecta de lleno al eterno debate sobre la relación entre ética y política que, en la divulgada interpretación de José Luis L. Aranguren, puede ser entendida bajo cuatro modos. Uno es el moralismo a ultranza (mezcla de “utopía inane” y “enmascarado fariseísmo”) que renuncia deliberadamente a cualquier compromiso político en la convicción de que no hay, entre política y ética, posibilidad ninguna de síntesis. Es la repulsa de la política en nombre de la ética.

Por otro lado están aquellos que, sin rechazar la política, aceptan esa realidad en los términos de una “imposibilidad trágica”: no hay manera de hacer política sin mancharse las manos. Aranguren, en cambio, postula una compatibilidad ciertamente ardua pero que surge de la propia vida moral vista “como tarea inacabada y no como instalación, de una vez por todas, en un status de perfección”.

Este tercer modo de entender la relación entre ética y política me resulta el más convincente. No hay aquí tragedia sino drama, es decir, una final abierto a la posibilidad de moralizar la vida política con el esfuerzo aunado de gobernantes y gobernados. Lamentablemente, empero, es otro el que prevalece. ¿Cuál? El que admite la existencia de una doble moral, una para la vida privada y otra para la política, postura seguramente la más cómoda pero que al cabo, al desentenderse de la ética, se vuelve contra sí misma y su presunto “realismo”.

Porque no hay, en verdad, una doble moral sino más bien una inmoralidad encubierta que entre otras cosas nos hace olvidar que la conciencia, como dice Aranguren, es “un huésped enojoso” que levanta a menudo su voz para aguarnos la fiesta.
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