Antes de que el ruido de las tres grandes vueltas inunde el panorama ciclista, los amantes del ciclismo más puro disfrutan con las carreras de un día. Son las denominadas clásicas del ciclismo. Las más importantes, debido a su antigüedad, son consideradas “monumentos”. Esas son la Milán- San Remo, el Tour de Flandes, la París-Roubaix, la Lieja-Bastón-Lieja y el Giro de Lombardía. A partir de aquí conoceremos un poco su historia y el reciente protagonismo que están obteniendo los ciclistas españoles.
El ciclismo español, tan acostumbrado a los esfuerzos de luchar por las grandes vueltas donde se han convertido en leyenda nombres como Orantes, Bahamontes, Perico Delgado, Miguel Induráin, Óscar Pereiro, Carlos Sastre o Alberto Contador, ciclistas que han dejado su impronta en el Giro de Italia, Tour de Francia o la Vuelta a España , ha permanecido ajeno a una tradición ciclista por excelencia: las clásicas.
Las clásicas son carreras ciclistas que generalmente se suelen disputar en un día. Pero entre ellas destacan, por su antigüedad, cinco eventos que son más conocidos como
“monumentos ciclistas”. Estos son, en orden de aparición en el calendario: la Milán-San Remo, el Tour de Flandes, la París- Roubaix, la Lieja-Bastón-Lieja y el Giro de Lombardía.

La más antigua de todas es la
Lieja-Bastón-Lieja, cuya primera edición se celebró en 1892. A partir de entonces, cada último domingo de abril los ciclistas se baten a lo largo de sus 260 Kms. que transcurren por las duras colinas de las Ardenas, donde asoman cotas como la famosa La Redoute, con alrededor de 2,1 kilómetros al 8,1% de pendiente. A lo largo de su historia sólo un español ha conseguido imponerse, además por partida doble: Alejandro Valverde en los años 2006 y 2008. Por otra parte, la Lieja-Bastón-Lieja forma junto a la Amstel Gold Race y la Flecha Valona el trío de las
“clásicas de Las Ardenas.”
Antes de este domingo ya se ha disputado la
Milán-San Remo, donde Óscar Freire se impuso al spirnt en la Classicissima. Es el tercer triunfo del ciclista cántabro en esta clásica, cuyas características –la más larga de “los monumentos” con 290 kms.- benefician a los esprinters. Hasta la aparición de Freire, sólo un español había conocido la victoria en este tipo de pruebas. Fue Miguel Poblet, que cruzó en primer lugar la línea de meta en los años 1957 y 1959.
Cuando llegan las grandes vueltas –Giro, Tour y Vuelta-, los aficionados tiene en las etapas de montaña la capacida de medir con su dureza a los grandes ciclistas. Pero en el mundo de ñas clásicas, existen dos pruebas que a pesar de que se desarrollan en una jornada, muestran una dureza extrema. Son el
Tour de Flandes y la París-Ruboix.
En la prueba belga existe una subida a uno de sus “muros” que roza la leyenda. Se trata de la colina de Koppenberg. Son 77 metros de cuesta adoquinada con una inclinación del 22 por ciento. Es tal su dureza que la mayor parte del pelotón acaba bajándose de la bicicleta para completar ese tramo andando. Ningún español se ha alzado con la victoria en esta carrera belga.

La
París-Roubaix, por su parte, es también conocida como “la clásica de la las clásicas”, “el infierno del norte” o “la última locura”. Se le considera una de las pruebas más duras debido a sus largos tramos de terreno adoquinado, el famoso pavés. Además, es habitual que todos aquellos que terminan la carrera lo hagan cubiertos de barro debido a la lluvia que suele caer en esa época, que mezclada con el polvo y la tierra que se mezcla en los estrechos pavés origina el peligroso barro que motiva muchas de las caídas que acaban con los sueños de victoria. Tal como dijo el ciclista sean Kelly, “una París-Roubaix sin lluvia no es una auténtica París-Roubaix.”