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crítica de cine

"Más allá del tiempo": un amor que sobrevive a los años y a la distancia

sábado 24 de abril de 2010, 17:19h
Si ya son tremendamente complicadas las relaciones de pareja más o menos convencionales, imagínense los disgustos por los que tiene que pasar la joven protagonista de este drama romántico, dirigido por Robert Schwentke, cuando decide compartir su vida con un “viajero del tiempo”, que se dedica a aparecer y a desaparecer una y otra vez sin previo aviso. En el momento más inesperado y, la mayoría de las veces, en el más inoportuno. Simplemente, el chico va y se esfuma.

Este es el curioso tema de un filme que está claramente dirigido a aquellos románticos confesos que disfrutan con los suspiros y las lágrimas que provocan los amores imposibles. “Más allá del tiempo” es la adaptación de la novela de Audreu Niffengger titulada “La mujer del viajero del tiempo”, convertida en un auténtico best seller con más tres millones de ejemplares vendidos desde su publicación en 2003, a pesar de que el manuscrito había sido rechazado por 25 “avispados” agentes antes de caer en las manos de quien realmente descubrió el tirón que podría tener la dramática historia. El original argumento que enganchó primero a los lectores y, más tarde, a los espectadores, sólo en Estados Unidos el filme lleva recaudados 50 millones de euros, casi el doble de su presupuesto, cuenta la relación entre Clare, a quien interpreta una cada vez más consolidada Rachel Mc Adams, y Henry, a quien da vida el guapo Eric Bana.

Clare tiene sólo seis años cuando conoce al que será el único amor de su vida. Sin embargo, por entonces Henry ya ha cumplido más de treinta, pero la extraña anomalía genética que padece le hace viajar en el tiempo y en uno de esos paseos por los mundos paralelos conoce a la niña rubia que años más tarde será su mujer. Volverán a encontrarse, asegura Henry a la pequeña Clare, pero no se puede saber cuándo ni en qué circunstancias, porque lo peor de sus viajes es que no se pueden programar a voluntad. Sí, Henry tiene lo que se podría llamar un don, pero pocas veces puede utilizarlo en su propio beneficio. Es incapaz de controlarlo y sus inesperados viajes, demasiadas veces, le colocan en situaciones altamente peligrosas, dependiendo de dónde y cuándo aterrice, y encima sin nada de ropa, porque parece que sus prendas de vestir nunca pueden ir con él.

A pesar de todo, el filme no profundiza en el curioso desorden genético y los peculiares viajes resultan a veces totalmente incoherentes con la trama, a pesar de los evidentes esfuerzos del guionista Bruce Joel Rubin, que ganó un Oscar en 1991 con Ghost. De modo que, por desgracia, en vez de curiosidad o intriga lo único que acaban por provocar es perplejidad. En realidad, la historia se vale de la enfermedad de Henry para poner a prueba uno de esos amores ideales, de los que se dice que son capaces de sobrevivir a la distancia y al tiempo. De modo que, al final, la cinta es sencillamente otro drama lacrimógeno con el que seguramente disfrutarán aquellos a los que les gusta ir al cine cargados de pañuelos de papel y atiborrarse de pastelón.
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