Conciencia histórica y democracia
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 26 de abril de 2010, 20:22h
En nada se antagonizan la conciencia histórica de una generación y la hoy tan deturpada memoria histórica sino que en todo momento y en toda situación la primera ha de anteceder y, llegado el caso, dominar sin paliativos a la segunda. Empero, de un tiempo a esta parte se ha pretendido invertir tal relación, dando una primacía o trascendencia injustificada a la revisión o rectificación del pasado inmediato desde un ángulo individual frente al colectivo propio de la conciencia histórica. E, incluso, por contera, se ha afanado un absurdo enfrentamiento de ésta con la vigencia de una sociedad democrática en virtud de su sedicente elitismo opuesto per diametrum al igualitarismo propugnado por la última.
En este juego de despropósitos se hace difícil, a las veces, establecer un mínimo de jerarquía intelectual. La conciencia histórica es uno de los fundentes esenciales de la existencia de un país por cuanto proporciona a sus miembros e instituciones la noción de su identidad y de la trayectoria multisecular en la que se inserta su actualidad. Llevada al paroxismo, desemboca en un nacionalismo devastador; pero debidamente encauzada, se convierte en légamo vivificante y fecundo de la convivencia diaria de cualquier pueblo. Naturalmente, al ser per naturam un concepto rígido se ofrece no infrecuentemente como polémico frente a otros que lo combaten. Por ejemplo: la reconstrucción veraz del pasado medieval español se contrapone y muestra muy distante de las imágenes artificiales y mendaces con que la maurofilia de nuestro tiempo presenta dicha época. El multiculturalismo hodierno, per se estimulante y no pocas veces plausible, ha de mostrarse para triunfar como una suma y un complemento a la conciencia histórica de los principales protagonistas de las grandes civilizaciones que parecen en nuestro tiempo llamadas más o menos ineluctablemente a converger. Sólo así estará más al alcance la utopía de la unidad del género humano.
Pero en tanto se aproxima esa hora, la mujer y el hombre de Occidente habrían de tener una conciencia histórica más robusta y alertada de la que comúnmente descubren. Los mandobles dirigidos, ha cerca de una centuria, por Ortega contra el hombre-masa como actor primordial de las sociedades desarrolladas actuales carecen, en la tesitura de comienzos del siglo XXI, de razón al haberse convertido dichas comunidades en entidades transformadas todas ellas en un paisaje dominado por entero por un hombre- masa semicósmico, que ha excluido absolutamente la presencia de cualquier otro sujeto o espécimen social. El igualitarismo democrático lleva así trazas de mutarse, a breve plazo, en un gregarismo de contornos tan tentaculares como chatos. Sin necesidad de apelar a la resurrección de los viejos arquetipos de las más antiguas naciones -entre las que forzosamente habría incluirse aquí Japón-, es lo cierto que únicamente con gentes dotadas de una conciencia histórica bien musculada los Estados del llamado primer mundo podrán afrontar con un mínimo de esperanza los envites surgidos de una rebelión universal -intra y extra- contra muchos de los principios que acunaron y vertebraron su andadura, en conjunto y hasta el momento, muy fecunda en términos globales para el resto de la humanidad.