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¿Por qué no se halla remedio al fracaso educativo? (y II)

Rafael Núñez Florencio
jueves 29 de abril de 2010, 17:14h
La escuela no es un sistema democrático. Cuando digo escuela, quiero decir cualquier establecimiento o nivel del sistema educativo y cuando digo que su funcionamiento no puede ser democrático me refiero a que no puede estar basado en la voluntad de las mayorías. Por el contrario, la escuela debe tener una sólida estructura y una irrenunciable jerarquización que, en última instancia, adquiere su sentido y fundamento en una manifiesta desigualdad de partida: la existencia de unos que saben -profesores- y otros que quieren aprender. Subvertir este principio elemental, como ha hecho la pedagogía moderna, en nombre de unos mal entendidos principios filosóficos (Sócrates, Rousseau) nos lleva no sólo al sinsentido, sino al ridículo más aparatoso.

Como resultado de ello, la escuela debe estar basada en el esfuerzo, porque nada importante se consigue sin esfuerzo y, porque, más concretamente, aprender supone de modo inevitable esforzarse, poner a prueba nuestras capacidades intelectivas. Digo todavía más: no basta el esfuerzo, sino que es imprescindible la valoración y el reconocimiento del mismo, en forma de pruebas o exámenes objetivos que logren delimitar la excelencia de la mediocridad o simplemente distingan la abulia del esmero, para recompensar éste y combatir aquélla. Y ello es así por la sencilla razón de que la escuela no es un ágora neutral donde cualquier opinión tiene su asiento sino, muy al contrario, una institución para “formar”. Formar es “dar forma”, como hace un alfarero con el barro. Eso es educar, etimológicamente “conducir”, “dirigir”, “encaminar”. Si abdicamos de esta responsabilidad, estamos destruyendo la piedra angular de toda educación digna de tal nombre.

Esa labor -ciertamente nada fácil- sólo puede llevarse a buen término sobre un sustrato de valores bien definidos y ampliamente asumidos. No me refiero tan sólo a valores éticos -aunque también a ellos, claro está-, sino a valores o ideales en el sentido más amplio posible: qué educación queremos, qué objetivos pretendemos alcanzar, qué tipo de personas deseamos formar, de qué instrumentos nos vamos a servir, cuánto estamos dispuestos a poner en medios materiales y humanos, etc. Aunque sea de forma implícita, tiene que haber una anuencia social -en esta ocasión sí, democrática, plural, flexible- para la materialización de las metas establecidas.

Ahora bien, una vez consensuados medios y objetivos, hay que ser rigurosos y coherentes a la hora de llevarlos a la práctica. Esto nos compete a todos, cada cual en su esfera: profesores y alumnos por un lado, pero también todos los demás, desde las autoridades académicas a los responsables políticos, pasando naturalmente por las familias. Todos tenemos ahí un cometido o, visto desde la acera opuesta, todos tenemos también una parte de responsabilidad en que el sistema actualmente haga aguas. De la dejación presente -repito: a todos los niveles- vienen precisamente los actuales problemas de nuestro sistema educativo.

Ahí está el quid de la cuestión. En otras circunstancias, uno sentiría cierto pudor al desgranar las consideraciones anteriores, porque uno tiene la convicción de que no son más que verdades de perogrullo. Pero cuando ve que, lejos de asumir estas obviedades, la mayor parte de las iniciativas se mueven no ya en otra línea, sino en el sentido opuesto, no tiene más remedio que empezar por el principio o, en este caso, para ser más exactos, por “los principios”.

El lector que no se halle en la órbita educativa podrá decir: ¡ah...!, pero... las reformas que se propugnan... ¿no pretenden el enderezamiento del sistema? Pretenderlo, lo que se dice pretenderlo, puede ser, porque no soy yo quién para discutirle a nadie las (¿buenas?) intenciones. Conseguirlo, lo que se dice conseguirlo, me atrevo a pronosticar rotundamente que no. En el mejor de los casos, se pondrán parches. ¡Bienvenidos sean! A veces, cuando se padece una grave enfermedad, puede ser mejor un analgésico que nada.

Pero hace falta algo más profundo, algo parecido a una catarsis. Si se prefiere una expresión más “administrativa”, diré que es necesario hacer una revisión de los errores cometidos, simplemente para no volver a caer en ellos. En efecto, se han hecho las cosas mal durante mucho tiempo. Se ha caminado mucho trecho en la dirección equivocada. Al demonizar el colegio tradicional y autoritario, se ha llegado a construir una escuela -de la primaria a la Universidad- lúdica, igualitarista, asamblearia, democrática en su peor acepción, donde todos reivindican sus derechos y nadie reconoce sus deberes. Todos los excesos pendulares han hallado así su acomodo. Por renegar de la enseñanza “memorística”, hemos caído en una desvalorización de todo tipo de contenidos (de ahí al “aprender... ¿para qué?” hay un paso). Huyendo de un supuesto elitismo, hemos desterrado toda idea de modelo o ejemplaridad: todos somos iguales, pero igualándonos por lo más bajo. Despotricando del cliché de maestro autoritario hemos llegado al profesor-colega, algo muy parecido a lo que ha pasado en las familias. Renegando de las normas y la disciplina, hemos desembocado en el “todo vale”, olvidando algo tan básico como que sin responsabilidad no hay libertad. Quien crea que exagero que se dé una vuelta por nuestras aulas.

Dicho sin dramatizar, pero con contundencia: tenemos un sistema educativo clamorosamente ineficaz, incapaz de cumplir sus fines más elementales, pues no sólo no incentiva el trabajo sino que promueve la indiferencia y la desidia y, por tanto, a la postre, el abandono, el tan traído y llevado “fracaso escolar”. Como dije en el primer artículo, la solución no es fácil, porque afecta a muchos sectores y nadie tiene una “varita mágica”. Vivimos en un mundo que cambia vertiginosamente, no en cuestión de decenios como antes, sino en meses, en semanas incluso: las transformaciones se suceden de modo más rápido que nuestra capacidad de comprenderlas y asimilarlas. Nuestros hijos -no digamos ya nuestros nietos- viven en un mundo diferente al nuestro, rodeados de unos aparatos cuyo funcionamiento los mayores no saben descifrar.

No es cuestión de volver al pasado, a la escuela tradicional. Se trataría además de un empeño imposible. Pero el relativismo, el hedonismo o el nihilismo no pueden ser las alternativas. Además, pese a que se empeñe la demagogia pedagógica, no funcionan. Nuestro objetivo tiene que ser construir la educación del futuro, pero sin renunciar a las experiencias del pasado y a las coordenadas del presente. Ahora bien, la iniciativa en ese sentido tiene que ser indudablemente política, porque, siendo realistas, hay que reconocer que sólo desde arriba puede ponerse en marcha un cambio de modos y metas, que luego debe ir secundada por otros colectivos y sectores sociales. No parece que haya auténtica voluntad en ese sentido. Por si fuera poco, la transferencia de las competencias educativas a las comunidades autónomas hace prácticamente insoluble el problema. Por lo menos, aquí y ahora.

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