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El órgano de la Torre de Juan Abad

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 30 de abril de 2010, 20:37h
Viajar por los pueblos de La Mancha – si viajamos despacio, sin prisas – sigue siendo una aventura fascinante, esto es, en donde te topas con hechizos y encantamientos, alucinante, esto es, que te desvía del camino trillado por la lógica cotidiana, y, finalmente, fantasmagórica, porque en La Mancha actual, como en la de Cervantes, sigues sufriendo apariciones. Todo esto constituye una verdad radical.

Así, en el rosicler de un sábado abrileño entras con tu coche en la Torre de Juan Abad, en donde un viejo y cornudo Quevedo vivió casi como un ríspido y cruel señor de horca y cuchillo ( nunca he soportado la crueldad y falta de caridad de este escritor cojitranco de risa sardónica, que se cachondea con absoluta inhumanidad y sevicia de los desvalidos personajes que él crea ), te acercas a la plaza en donde se levanta una espléndida parroquia de granito rojo, como mármol numídico, y oyes una música que parece bajar del mismo cielo y te penetra por tus caverniculadas orejas, dulce y armoniosa, hasta llegar a tu pasmado corazón. Entonces, con el alma cegada por aquel dulce cebo, marchas sin demora hacia aquellas notas sobrehumanas, que bajan del empíreo, y entras en la Iglesia, cuyo solo retablo te aturde y traspone por su belleza, inconcebible y magnífica. Estás en un paraíso inundado por el placer intangible de la música que sale del órgano de Gaspar de la Redonda, construido en 1763 y tocado a la sazón por la incontestable decana de los organistas españoles, maestra de maestros, Montserrat Torrent. Con más de 80 años a cuestas, esta catalana enamorada del órgano de la Torre de Juan Abad, teje un imperio sonoro de hermosura que nos hace llorar de beatitud estética. El viajero cae de hinojos ante esta nueva aparición en el horizonte de la Mancha, sin mancha en el horizonte, sin trabas de aspas fecundas, al viento de Don Quijote. Nadie le había advertido del milagro, apenas los lugareños y comarcanos estaban enterados del concierto. La Mancha es el único sitio en donde las cosas verdaderamente señeras se cruzan contigo en una aleatoriedad nada, por supuesto, azarosa. Pues que siempre el demiurgo de La Mancha, un rey-mago como los antiguos Capetos, habitante de la cueva de Montesinos, mueve los hilos. Lejos de los principios económicos de la modernidad La Mancha guarda sus grandes tesoros en arcones discretos. Y como las grandes abuelas esta tierra sigue pensando, en contra de la modernidad publicitaria, que el buen paño en el arca se vende. Gracias a eso La Mancha, de sabias tradiciones infalibles, no ha sufrido la aniquilación cultural de otras regiones de España. Cuando hasta el más tonto, incapaz, inútil, archiasno y feo tiene su gloria en las tribunas televisivas ( precisamente quizás por todas esas incapacidades “tan populares” ), constituye un protocolo de gentileza y buen gusto que las cosas verdaderamente hermosas e importantes, y por ello, quizás, milagrosas, se te presenten como una aparición discreta y recatada, desapercibida, que tú necesitabas, y que nadie te instó a ella. ¡Qué grandeza suponen estos prodigios y portentos ( tan galantemente discretos ) de La Mancha!

No hay nada que no suene sublime en el órgano dieciochesco, rococó, dix-huitième, de la Torre de Juan Abad, si sobre todo lo tocan los dedos sabios de Montserrat Torrent. Las pavanas italianas de Antonio Cabezón, las canzone de Andreas Gabrieli, el “Salve Regina” de Sebastián Aguilera de Heredia, los tientos de Francisco Correa de Arauxo, la volta del inglés isabelino William Byrd, los tientos de Pablo Bruna, o los cantos de loa posmodernos de mi antiguo profesor de música, el zamorano Miguel Manzano. Todo suena grandioso y enaltecido.

Hermosa y mágica región de La Mancha, en donde los ríos aparecen y desaparecen, y en donde su agua generosa hasta el suicidio patriótico calma la sed de lejanos lugares que deberían pensar que su vida feliz no debe depender de la resignación austera de La Mancha. ¿Cuándo la magia hipostática de La Mancha convertirá a sus fantasmagóricos humedales en inagotables fuentes de agua y vida? Hermosa y mágica región de La Mancha que me has esclavizado de amor con tus hechizos, hoy yo brindo por ti, segunda tierra madre.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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