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Lázaro, albarracín y colchonero

sábado 01 de mayo de 2010, 18:58h
Ciertas noticias, incluso para los que las aderezamos y manufacturamos dada nuestra condición periodística, nos sorprenden. A las noticias el lector, el oyente, le da la importancia a que quien las lee o las escucha le merecen. Una noticia lo es de verdad si nos afecta, si se produce en nuestro entorno. Puede sacudirnos conocer el numero abultadísimo de víctimas de un terremoto en tierras lejanas. Pero lo que de verdad despierta nuestra conciencia es el suceso acaecido en la ciudad o pueblo en los que vives. Las víctimas tienen identidad próxima a uno. Las de Haití o Chile, sirvan dos dolorosos verbigracias, las contamos numéricamente. Y aun en esos casos extremos, de pronto, leemos los nombres de las víctimas españolas que salen a la luz, con el temor de encontrar algún familiar o amigo en la relación temida. El hombre es egoísta en la felicidad y no deja de serlo en el dolor.

La noticia que hoy me ocupa, en espera de obtener la atención de mis lectores, llama poderosamente mi atención aunque no me atrevería a calificarla de gozosa. Leo en un diario deportivo del que soy asiduo consumidor (“As”, “Marca”, “Mundo deportivo”, “Sport”) que mi, amigo queridísimo amigo y conmilitón colchonero, Lázaro Albarracín, la cara siempre risueña que en todos los palcos foráneos aparece representando al “Aleti”, va a dosificar su fiebre viajera, unas veces siguiendo- antes de representarlo oficialmente- y otras oficializando su serena presencia, en calidad de Vicepresidente del Club.

Comenzó a desplazarse a todas las ciudades en las que jugaban los rojiblancos, allá por los años setenta. Formaba grupo viajero con sus amigos Angel Limón, Pedro Domínguez, Gabino.

Al llegar arrolladoramente y justamente a la Presidencia del Club el tantas veces cuestionado Jesús Gil y Gil llevó a la directiva a un magnífico Lázaro Albarracín. Lo nombró vicepresidente y le encomendó el puesto de ángel custodio y representante de la entidad rojiblanca en su ir y venir de y a los estadios. Lázaro Albarracín, murciano de Lorca, Carlos Peña, eterno delegado y servidor de ustedes, en su tiempo de jefe de prensa, éramos los tres únicos, junto a médicos, masajistas, fisioterapeutas y utileros, a los que no tenía que convocar el entrenador de turno.

Albarracín viaja con el equipo desde 1986 y no se pierde, salvo caso de pasajera enfermedad, ni un solo desplazamiento

Trato de verificar la noticia del descanso del guerrero; pero Margarita, la sufridora mujer de este Lázaro vivito y coleando, que no precisa de resurrecciones, me asegura que su marido, al que conoció porque ella también es atlética, canta todos los días el “de aquí non sallo” dado que ya es suya la manera de sufrir, también de gozar, que el filósofo que petiza, compone y canta, Sabina, nos atribuye a los rojiblancos.

José Adolfo, Hilario, Lázaro y Margarita son los hijos de Lázaro. Y numerosos sus nietos. Pertenecen, en su totalidad, a esa fiel infantería, a los que somos de a pie, entre la cada día más creciente afición atlética.

Mucho me temí que, amor clon amor se paga, me tocase hacer la crónica, no anunciada, del descanso de mi amigo Albarrcín. Al que espero ver en los tendidos altos, a donde acude con su abono de jubilado, de la “Monumental” madrileña.

Allí ovacionará y les sacará el pañuelo, por una vez blanco, a “El Juli”. Y a José Tomás que, de haber escogido el césped en vez del albero, hoy formaría pareja con Kum Agüero. Y, al remate y sirviendo balones a Forlán, Julián López.
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