www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Dramaturgo

Francisco Nieva: "Si me dieran vida, terminaría de estrenar todo lo que he escrito"

viernes 07 de mayo de 2010, 18:00h
Actualizado el: 11 de noviembre de 2016, 08:51h
El teatro estará siempre unido al nombre de Francisco Nieva. Pese a que han sido muchos los que han coqueteado con la dramaturgia, su fascinante dedicación a este arte lo encumbra a lo más alto, a donde pocos han merecido llegar. Este jueves, el Centro Dramático Nacional acoge el estreno de "Tórtolas, crepúsculo...y telón", una de sus obras de juventud nunca antes representada. "Es mi obra más crítica", dice este polifacético personaje en una muestra más de que lo suyo es pura dedicación.
¿Un hombre con su experiencia aún se pone nervioso?
Sí, son unos nervios especiales. Uno está seguro e inseguro a la vez. A veces pasa que los actores se resisten a entrar en el escenario y hay que darles un empujón. Tanto el actor como el director lo pasan mal porque están pendientes de si la gente ríe, aplaude o no. Es una pequeña agonía.

Ha dicho que "Tórtolas" es una obra complicada.
Sí, lo es. Ahora se están estrenando las obras que escribí en mi juventud, entre las que hay algunas que considero buenas e, incluso, actuales, pero que no se pudieron hacer en su momento porque eran difíciles y caras. Además, yo por entonces no era nadie ni tenía nombre. Con el tiempo se han ido descubriendo obras de mi juventud como “Pelo de tormenta”, “Nosferatu” y, ahora, “Tórtolas…”, que parece que lleva el mismo camino de lograr la aceptación del público.

¿Los actores son el engranaje de esta obra?
Y tanto. Hay que elegirlos según su tipo y sus posibilidades histriónicas, y de eso no hay mucho donde elegir. Los actores son una batería muy compleja. En “Tórtolas...” creo haber encontrado los que mejor le van a la obra. Que ellos estén mejor o peor ya no es cosa mía, aunque creo que son los más aptos para presentar a mis personajes.

Francisco Nieva durante la presentación de Tórtolas, crepúsculo...y talón (Efe)

Dice Mario Vargas Llosa que le resulta complicado poner cara a sus personajes, ¿a usted también le pasa?
Así como tengo un público imaginario, el que yo quisiera tener, a mis personajes también les pongo cara. Es así porque casi todos son personajes reales, aunque luego en el teatro se conviertan en otra cosa. Hay cantidad de ellos que son trasunto de personas conocidas o tratadas por mí. En “La señora tártara” me acuerdo de que el personaje principal estaba inspirado en un viejo homosexual que rondaba de noche por los urinarios del cementerio de Montparnasse. Era un tipo extraño que me abordó una noche y yo salí espantado por su extraña presencia. Su aspecto era el de un viejo señor vestido con una levita estrecha y una camisa con volantes y encajes. En las manos llevaba llamativas sortijas. Fue algo tremendo, un símbolo muy extraño.

Pese a haber escrito “Tórtolas…” en 1952, su argumento es casi visionario.
Creo que es la obra más crítica que he escrito, lo que pasa es que no se cae en ello de inmediato. Es una obra en la que se muestra a personas constantemente supervisadas por el poder, que quiere que bailen al son que les marca. Toda la obra da vueltas alrededor de ese tema. Es una obra escrita en un momento en el que yo era mucho más agudo y más joven, cuando me relacionaba con gente estupenda en aquella Venecia en la que topé con personajes extraordinarios.

¿Conocer a toda esa gente ha sido una experiencia vital?
No he tratado con tanta gente como pueda tratar un mendigo a las puertas de un teatro. En el fondo no he conocido a tantas personas. Lo que pasa es que la vida me ha dado la oportunidad de encontrarme en situaciones tan especiales como pasar un terremoto en Sicilia con Roberto Rossellini, recién separado de Ingrid Bergman y algo deprimido. Allí estábamos los dos, yo trabajando en el Teatro Massimo de Palermo y él, invitado por el teatro, cuando nos sorprendió aquel terremoto tremendo. Roberto fue un gran amigo mío en ese momento. Resulta que me acuerdo de él como puedo acordarme del último encargado del atrezo, una muy buena persona que también pasó miedo conmigo.

¿Ha admirado a muchas personas?
He conocido a gente famosa que he admirado de un modo profundo. Ha sido algo muy especial. Roberto Rossellini es uno de ellos. Descubrí que era un hombre muy creyente y que era un tipo verdaderamente extraordinario. Además, lo pude degustar en tiempos de peligro, que es cuando la gente se revela de verdad.

¿Con quién le hubiera gustado dar un paseo por Madrid?
¿Por Madrid? Con Larra. Ha sido una de mis pasiones literarias, como también lo ha sido Galdós. Son gente increíble. A Galdós lo tengo siempre presente porque fue un dialoguista extraordinario. En la novela “Misericordia”, que Alfredo Mañas tuvo la fortuna de adaptar al teatro, las conversaciones de los mendigos a las puertas de la iglesia de San Sebastián son un sainete perfecto de carácter cervantino y un modelo de diálogo narrativo. Es uno de mis maestros. Sin duda.


Gozaban de un ingenio envidiable…
Sí, claro. Un ejemplo es don Juan Valera, cuya correspondencia es un tesoro. Fue un escritor fantástico de cartas íntimas en las que contó su vida de un modo muy sincero y gracioso. Admiraba a tipos que eran católicos o neocatólicos, aunque él no lo fuera. Decía que entre sus amigos conservadores había algunos que eran sabios y entre los liberales, alguno que era un bruto tremendo. Es algo con lo que me identifico porque me considero un hombre muy libre. Puedo decir que soy de izquierdas, pero tengo amigos, digamos en la otra parte, que son eruditos y a los que hay que hacer caso.

Si le dijeran que va a tener tiempo suficiente para desarrollar otra faceta artística, ¿con cuál se atrevería?
No haría otra cosa. Si me dieran vida, terminaría de estrenar todo lo que he escrito, que es mucho. He escrito demasiado porque los autores españoles somos muy fecundos. No sabemos si es porque tenemos poco éxito, pero escribimos demasiado. El teatro es mi pasión y mi modo de expresarme, así que seguiría estrenado esa ristra de obras que continúan sin haberse llevado a escena y que tienen tanta importancia como otras.

¿Qué es lo mejor de escribir una obra teatral?
Lo mejor es imaginarla. Si no se estrena es como si no existiera. Cualquier obra de teatro no representada es una obra que, aparentemente, está muerta. Puede resucitarla alguien en el futuro, pero posiblemente sean pocos los que lo hagan.

¿Lamenta haber perdido la osadía de la juventud?
Sí, claro que lo lamento y, además, muchísimo. Un día descubrí cantidad de cosas esbozadas durante mi juventud y había piezas muy bellas. Eran muy inocentes, pero en ellas había algo especial. Estoy contento porque mi teatro de juventud lo he visto representado por niños de 14 años fantásticamente hecho. Son experiencias que se tienen cuando se vive mucho.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios