“Tórtolas, crepúsculo…y telón” fue escrita en 1952 por Francisco Nieva. Sin embargo, hasta 2010, este grande de la dramaturgia no la ha visto estrenada. Al frente de la dirección, Nieva da forma a una rica pieza llena de matices con el mismo buen hacer que acostumbra a poner en práctica. Para lograrlo se ha rodeado de un reparto y un equipo artístico y técnico digno de elogio que, sin embargo, le deben a este hombre de teatro la oportunidad de haber puesto voz y haber dado forma a un texto imaginativo y nostálgico que asusta como divierte.
El regreso de
Francisco Nieva a los escenarios al frente de la dirección de
“Tórtolas, crepúsculo…y telón”, de la que además es autor, ha sido un reto para esta gran figura de la dramaturgia y para quienes se han puesto en la piel de sus personajes, individuos histriónicos y grotescos de difícil caracterización.
Pese a que el propio Nieva ha dicho que no era una obra fácil de llevar a escena, lo cierto es que tanto la producción, a cargo del
Centro Dramático Nacional, como el equipo artístico y técnico lo han logrado y, además, con nota. La profundidad del escenario, la iluminación y una muy trabajada escenografía embaucan desde el primer momento. Desde el mismo instante en que
Esperanza Roy, en el papel de la trastornada Trapezzia, surge de la concha del apuntador. Con ella se pone en marcha la magia de Nieva sobre el escenario, que fluye en ágiles diálogos y estudiados gestos de los actores.
Son tales las
ocurrencias de su autor que el espectador ya no sabe dónde mirar. Tiene para elegir. Los lamentos y las quejas de una enfermiza Opal, interpretada por Beatriz Bergamín; la entrañable ignorancia y fidelidad de Camila, interpretada por Ángeles Martín; la elegancia y la templanza de Cayo Marzio, interpretado por José Lifante; o la jovialidad y energía de los gemelos Barrabás, interpretados por Fernando Gallego y Pablo Baldor, invitan a lamentarse de no poder abarcar más con la mirada para no perder detalle de esta
vibrante obra. Para deleitarse, sin duda, con la interpretación del histriónico Senedian por parte de
Manuel de Blas: un viejo chiflado que uno no sabe muy bien si considerarlo villano o samaritano. Un ser terrorífico, muy bien caracterizado como el resto del reparto, que nunca pierde su caricaturesca compostura: de raros andares, ásperos sonidos y excéntricos gestos.
Senedian gusta como también lo hacen las
sorpresas que depara el texto de Nieva, así como la escenografía, responsabilidad de José Hernández. Ya sea porque tanto Hernández como Nieva han visto su trayectoria ligada a la pintura, lo cierto es que en ocasiones parece que en vez de estar presenciándose una representación, lo que se está viendo es un cuadro.
Ya sea en un lienzo o sobre el escenario, Nieva vuelve a hacer pensar con un trabajo en el que una obra se representa dentro de otra obra y en el que el
teatro es el verdadero protagonista, pese a la afluencia de personajes sobre el escenario. Un texto en el que se clama por el respeto a la esencia del teatro, que duda de los llamados nuevos ricos y de los intereses de quienes pretenden menoscabar la vitalidad de este arte. Una pieza que baja a los actores del escenario para presentarlos ante el
público, el verdadero juez de sus actos. Un texto, en definitiva, que transmite la lucha de muchos con el fin de que el teatro nunca se hunda, como sí lo hace, sin embargo, el telón de la recomendable “Tórtolas, crepúsculo y…telón”.