www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Luces y sombras de Sanisidro

lunes 10 de mayo de 2010, 20:36h
Ya estamos en San Isidro. Patrón de todas de crisis y santo ajustado a todas las dimensiones. En el barrio de Las Ventas, hace no tantos años, junto a algunas tabernas —pronto cervecerías— y algún baile de tierra y emparrado, proliferaron varias colchonerías. Las malas lenguas aseguraban que el verdadero negocio del colchón florecía con el empeño de existencias que proporcionaba la Feria de Sanisidro. Terminadas las corridas, los taurinos —muchos de ellos noctámbulos— no acudían al rescate del exiguo espacio destinado a los sueños, los descansos, los amores… Quizás ya nunca en su vida volvieran a descansar, a amar, a soñar… porque los toros los habían consumido para siempre. Y sin embargo el colchonero hacía su agosto. Porque el agosto de Madrid siempre fue mayo. Como en Sevilla fue abril.

Ah, aquellos colchones de rayas rojiblancas, de borra y lana cruda, de muelles incipientes, que empeñaban los taurinos —los de tronío y los silenciosos, los apincelados y los chaparros, los chuletillas y los calvetes, los locuaces y los ensimismados, los aparentones y los simuladores— por los barrios de la comarca venteña que, como era obligado, dio tanto aficionado del Atleti. Aquellos colchones en los que dormir era una suerte curva, un pase de muleta, siempre amoldados al cuerpo, a sus caminos, como la tela a las exigencias propias de cada toro; colchones con la forma de los aficionados, no aficionados con forma de colchón, nada de cuerpos sanos sujetos a los dictámenes tiránicos de la espalda. Llegaba Sanisidro y las colchonerías rebosaban de alegría mientras flameaba sobre la Puerta Grande la bandera gozosa de Las Ventas.

Hubo alegría el primer día de feria porque en el cuarto de la tarde, un toro de Salvador Domecq, cortó Curro Díaz la primera oreja. Había hecho un brindis de cortesía al que abrió el ciclo y cuando ya componía, gustándose, en el tercio, el animal dobló las manos y una nubecilla pasó por Linares. Pero en su segundo, “Balerío”, se pudo estirar, bajar templado el capote, y aunque unas nubes blancas habían tomado posiciones en el cielo de Las Ventas y equilibraban la tarde, ensombreciendo por igual toros, toreros y tendidos, Curró Díaz toreaba plástico y colocado, bien compuesto, la muleta planchada, y en una serie el temple vino casi en duende, desmayó la mano y dio tres derechazos y un remate llenos de gracia y sueño. Los repitió entre oles, cambió a la izquierda —donde se colaba, como ya le había dicho en el capote— y abrochó toreramente con la diestra con un ayudado bajo que voló a molinete. Sabía Curro Díaz que había toreado —algún día se arrepentirá de no hacerlo hasta romper las gradas— y se tiró a lo alto. Sentado en el estribo lo vio caer mientras florecían los pañuelos. “Gran tarde”, tocó la banda. Pero el torero sabe que aún no ha llegado.

Apenas recordamos más del primer día. Juan Bautista: mucho oro sobre la seda azul marino. Lástima de cabos blancos, de nubes blancas entre el mar y la gloria, de los remates blancos de este torero mediterráneo y cartesiano, de la Galia romana, que mueve la muñeca con exactitud excesiva, y solo en ocasiones encuentra la chispa que toma la medida taurina del tiempo. Aunque sea capaz, sin aparente esfuerzo, de escabullir —como en el 5º— a trapazos la mirada astuta del astado. Los cabos blancos. Nada que decir de Eduardo Gallo, nada que recordar salvo un flequillo, la soltura fría con que recogía al toro en el capote, frío de la Castilla salmantina, que también llevaba cabos blancos y también mató bien a su primero.

Castellana fue la corrida siguiente. Valladolid, Aranda, Bilbao-Guadalajara. Leandro, con un derrengado de Pereda, se empecinó sin motivo en mantener las formas; y cuando el débil 4º le punteaba, no pudo o no supo enderezarlo. El tedio ya se hacía con la plaza —el 2º manseó, olfateó chiqueros y se marchó a ningún sitio, y el 3º, al que Fandiño arrancó un aplauso en una serie de muleta, le abrió la taleguilla cuando entró a matar y salió un desgarro de almidón por la seda caña y oro— cuando en el 5º, Morenito de Aranda, meció irregularmente la verónica hasta rematar con media en el platillo. La decisión le hizo arrancar, entre punteos y enganchones, algún natural claro a un toro que se revolvía y lo buscaba hasta que lo echó a lo alto. Sorteaba Morenito el peligro con más mérito en el corazón que en el oficio y se jaleó su estocada, fulminante y algo caída. No hubo oreja pero dio una vuelta al ruedo emotiva, tinto en sangre.

El ganado de Bañuelos prometía emoción el tercero de feria. No la hubo. Y eso que el paseo se hizo con “España Cañí”, con el cielo derramando lluvia fina de buen presagio. Se doctoraba el madrileño Javier Cortés. Contó con el apoyo del público que jaleó series a su primero, de muy noble embestida, aunque los nervios de la alternativa le impidieron cuajarlo. Gustó el rubiales de Getafe, tal vez porque compensaba con su entrega en la muleta y en la espada, las medias apatías y los quiero y no puedo de la tarde cenicienta. Fueron los toros de Cortés —1º y 6º— el mejor lote. Pero aún así, ni Uceda ni Capea estuvieron.

Una corrida de las de antes, la de Dolores Aguirre. Si el bravo Rafaelillo, que los pudo y los templó, contra viento y marea, mata a ley a su segundo, abre la Puerta Grande. Había brindado el 1º, que traía en las manos y en el cuello una codicia final propia de su sangre atanasia, y bien se dobló con él, comenzando una lucha que terminó por dulcificar al toro y al viento. Cumplió Rafael con sus obligaciones y a los dos los mató de una estocada. Hubo pañuelos, pero el presidente no los vio. Y volvieron a flamear en el 4º, al que el murciano, muy puesto, lidió de excepción. Se hizo, muleta en la diestra, en seguida con un toro por el que no se daba un duro. En las dobladas lo metió en la tela, se relajó en tres derechazos, le metió los naturales por la cabeza, cambió de mano… un molinete, redondos hasta el fondo, la plaza entregada, el sol mirando entre nubes… el toro en el canasto. Rafaelillo se iba sonriente a por la espada. Pero dejó media tendida y la rueda de peones tiró el toro a la arena. Si no llega a ser por eso…

Una tremenda cogida emborronó la tarde, casi noche. El 6º, un enmorrillado con mucha presencia, que fue renuente al caballo pero derribó dos veces, manso y poderoso, que había desarmado a Angelillo en su primera llamada de muleta, comenzó a buscarlo, topando, volviéndose, queriendo coger; y enseguida lo prendió certero, a pitonazo seco, volteándolo con saña, buscando carne. Ya con el diestro en el suelo, volvió a por él hasta encontrar el muslo: un canalla. Rafaelillo hubo de estoquearlo mientras un escalofrío recorría los tendidos. Cornada de 20 centímetros y el nervio ciático con destrozos; un hombro contusionado. Cogida grave. Tras las luces, sombras en Sanisidro.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios