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¿España a la hora de la UE?

viernes 14 de mayo de 2010, 19:46h
Para un gobernante contemporáneo como el presidente Zapatero, que tomaba sus decisiones mirando los sondeos demoscópicos, es coherente que ahora haya tomado la más importante de todas yendo contra la opinión de sus votantes. El tipo de gobernante actual, el que prefería las encuestas a conocer los límites de la Historia en su quehacer cotidiano, puede adoptar decisiones radicalmente contrarias a lo que siempre sostuvo. Zapatero lo acaba de hacer esta semana en el debate del Congreso de los Diputados. Como su guía eran las encuestas demoscópicas, el cambio constante de opinión era su estrategia básica. Porque nunca tuvo en cuenta la Historia, cualquier momento puede ser el comienzo absoluto de su nueva orientación política.

Pero atención: el cambio radical empieza a vislumbrarse en las democracias atlánticas, esos países envejecidos, prósperos y decadentes. La Unión Europea, que se ha dado cuenta que su creación en el tratado de Maastricht de 1992 tuvo el fallo de no prever nada para hacer frente a la globalización financiera, ha reaccionado esta semana. Unos días antes de que Zapatero anunciase un recorte sin precedentes en los sueldos de los empleados públicos -el músculo del Estado del Bienestar- y en las pensiones de uno de los países más envejecidos del Mundo, la Unión Europea giró 180º, e hizo frente al descontrolado universo de las finanzas cibernéticas. El capitalismo de casino, que denunció Ralf Dahrendorf. Las instituciones europeas van a poner 700.000 millones de euros para plantar cara a los capitalistas de casino. Es indignante, la verdad, que las finanzas toquen en la puerta de sus Gobiernos para tapar sus agujeros, y a continuación, sigan especulando con las deudas estatales originadas por ayudarlas a no entrar en bancarrota.

Pero esta nueva política europea que supone los 700.000 millones (y todo lo que significa en orden a decidir sin consenso interno), va a iniciar una nueva fase también en “la gobernanza europea”. Los Gobiernos de los países europeos decidirán menos que las autoridades europeas en política económica. Grecia es el primer ejemplo. A continuación desfilarán otros muchos: ¿quién cumple con los criterios de convergencia en déficits fiscal y deuda pública? ¿Bélgica, Italia, etcétera? Pero esos criterios son imprescindibles cuando se tiene una moneda común.

Y a España le ha tocado en esta ocasión. Ahora bien, la economía española está bastante correcta en deuda pública en comparación con países como Bélgica, Italia o la misma Alemania. El problema de España no es con el endeudamiento público, sino con el endeudamiento privado. Hace un año, más o menos, José Luis Leal alertó sobre el desmesurado déficit exterior español. Simplificando, la diferencia entre lo que pagamos fuera y lo que nos pagan los de fuera es desfavorable para nuestra economía: lo que debemos exteriormente fue el 10 por ciento de nuestra riqueza anual nacional. En términos relativos, nuestra balanza de pagos tiene el déficit mayor del mundo. ¿A que no encontramos en un gran almacén muchas cosas made in Spain? ¿Sabían que lo que nos cuesta financiar nuestra deuda exterior es superior a nuestros ingresos por el turismo?

Por eso tenemos un 20 por ciento de paro. Creamos puestos de trabajo en el exterior cuando consumimos. Y mientras nuestra productividad no aumente, nuestra economía no será capaz de absorber a una parte considerable de nuestra población activa, que endeudará más a nuestro Estado del Bienestar.

Zapatero tenía un “mantra”: el gasto social era intocable. Por mucho que la palabra mágica haya sido pronunciada por nuestro presidente, la globalización le ha cortado abruptamente su discurso. ¿Y qué decir del otro “mantra”, la España plural? En esto espera en silencio que la Justicia constitucional diga la palabra final mágica. Se podría proseguir por el vuelco completo de otros muchos propósitos gubernamentales.

Zapatero debe cambiar radicalmente de discurso. En el probado taller socialdemocrático existen instrumentos para abordar una crisis como ésta. Crisis significa pasar de lo viejo a lo nuevo. ¿No tiene alguna ventaja quien no está atado por ninguna Historia anterior? El problema está en que empiece su Partido a desconfiar de su palabra. ¡Ya se oye que él tiene menos apoyo electoral que las siglas del PSOE! ¿No cundirá el ejemplo de que cada líder autonómico se busque la salvación por su cuenta? Sería una mueca de la idea de “la España plural”.

Las tareas son tan gigantescas que se duda que un gobernante pueda soportarlas sólo. ¿Resolverían el problema unas elecciones adelantadas? No lo creo. Al día siguiente, un nuevo Gobierno estaría otra vez en campaña electoral, incapaz de adoptar medidas impopulares. España necesita una coalición gubernamental de dos legislaturas. Vista la experiencia en el País Vasco, o la reciente de Alemania, un acuerdo PSOE-PP sería la solución. Sería salir del tono autárquico actual, para situarnos con ambición en el cosmopolitismo de nuestra (verdadera) transición. Y si el PP no lo acepta ¿sería posible una coalición con CiU? No olvidemos que la coalición nacionalista catalana sigue siendo un partido comprometido con la Constitución, y parece adecuado que ese compromiso siga activo después de la sentencia del Tribunal Constitucional.

Después de esta semana en España y en la UE ¿seremos capaces de poner los relojes a la misma hora?
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