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Discurso en el Centro Hispano-marroquí

Víctor Morales Lezcano
viernes 14 de mayo de 2010, 19:58h
Distinguido público:

Garantizo a las amistades, familiares y colegas que han querido reunirse esta tarde en el Centro Hispano-Marroquí del barrio madrileño de Lavapiés, que no es un cometido cómodo dirigirse a todos ustedes en esta ocasión.

En principio, mi tarea -la “faena” de esta velada- es halagadora para quien resulta ser el homenajeado. Como es mi caso esta tarde. Y ello aunque no sepa yo, cabalmente, a qué se debe el homenaje. ¿Quizá al hecho de haber festejado siete decenios en calidad de habitante del planeta Tierra?; ¿ o bien, debido al hecho de haberme jubilado y haber sido considerado emeritable, merced a una generosa consideración de mi hoja de servicios por parte del Consejo de Gobierno de la Universidad Nacional de Educación a Distancia?; ¿o bien, a causa de la opera omnia que hoy se expone en este Centro con tanto primor, y que se supone evidencia ella misma el fundamento legitimador del nombramiento académico que se me ha otorgado?.

En todo caso, la tarea no es cómoda, y, además, no está exenta de nostalgia. No sé en el caso de ustedes, pero cuando tiene lugar un capítulo grato, gozoso, o simplemente simpático, soy de aquéllos que en mi fuero interno experimento la tristeza de constatar que algunos cuantos seres queridos y ciertos compañeros del alma no pueden ya compartir unas pocas horas de bienestar (o sea, lo que solemos llamar pasar un buen rato en compañía), porque se han ido para siempre.

Cuenta tenida, sin embargo, de que vivir implica aceptar el juego, valga también comentar aquí que la presencia de tanta gente próxima a mí, como la que se ha congregado en esta sala del Centro Hispano-Marroquí, testimonia una estima hacia mi obra de historiador que me resulta alentadora y que agradezco mucho.

Tampoco es fácil la “faena” de rigor, debido al hecho de que formular algunas frases prefabricadas de agradecimiento y enumerar una retahíla de nombres y apellidos, no es ejercicio social de mi preferencia. Y mucho menos, en una ocasión como ésta, cuando las circunstancias se prestan a recordar que hace unos cinco decenios, éste quien les habla ahora ignoraba, al zarpar del Puerto de la Luz en Las Palmas de Gran Canaria, la trayectoria vital y profesional en que iba a consistir su existencia -aquello que Thomas Man gustaba llamar romanescamente Lebenslauf, y que en la jerga académica denominamos Curriculum Vitae-. A propósito, es ésta una de las más enojosas servidumbres que nos toca cumplimentar en nuestra profesión; ¡Y asómbrense ustedes, ello puede ocurrirle a uno incluso después de ser nombrado Profesor Emérito!.

En este momento sucede justamente lo contrario de aquello que acabo de rememorarles. O sea, que, después de transcurridos cinco decenios, se ha consumado la trayectoria vital y profesional de un individuo que responde al nombre y apellidos de quien les habla. Cierto es que entonces se comienza a disfrutar del privilegio de la perspectiva en la contemplación del mundo, porque es entonces cuando se ha convertido uno en memoria viviente del tiempo, de los cambios (y de las permanencias); de las expectativas fallidas y de las sorpresas benefactoras que nos depara a todos la existencia. Se ha acumulado, pues, experiencia, y como sucedía en los siglos de apogeo republicano e imperial de la Roma clásica, no dejaba de tener mérito sobrevivir con holgura existencial a los avatares de la historia de aquellos tiempos; o para el caso, de los nuestros mismos.

De ahí, en consecuencia, la decisión senatorial de nombrar eméritos a ciertos colonos, pretores y “servidores” de Roma que habían logrado superar satisfactoriamente varios desafíos y alguna que otra acechanza, hija más, ésta última, del ánimo canijo que de la malevolencia en sí misma. Ciudadanos eméritos que con su grano de arena hubiesen contribuido a dar cierta dimensión pública (hoy diríamos social) al edificio institucional en que fueron encuadrados, a partir del cumplimiento vocacional de sus obligaciones.

En la inteligencia de que la concesión de la emeritez, en la actualidad, no debe de traducirse sólo en aquello del otium cum dignitate, sino que -así lo veo yo al menos- los complejos momentos históricos que nos está tocando vivir, se prestan a que muchos ancianos de los tiempos modernos -dentro o fuera de la Universidad, sean, o no, agraciados con un nombramiento de distinción- acepten el reto de continuar en la brecha para intentar culminar alguna que otra iniciativa de las emprendidas otrora; para transmitir a las instituciones el legado resultante de su consagración al estudio que se ha ido acumulando año tras año; y por último, pero no por ello menos importante, con vistas a que en la transmisión de los “saberes periciales”, otros -más jóvenes- impulsen, por su parte, la dilatación de la frontera del conocimiento. Una frontera sin fin; o, al menos, incalculablemente remota.

Pertenezco a aquellos españoles formados a lo largo de veinte años (1960-1980) y en diferentes escenarios universitarios españoles -La Laguna de Tenerife, la Universidad Complutense de Madrid, la Autónoma en Cantoblanco-, y en otros marcos institucionales extranjeros como el Consejo Británico en Londres, la Comisión Fulbright (Estados Unidos) y los Archivos Coloniales de París y Aix-en-Provence. De todas aquellas experiencias de la etapa formativa, unas fueron más fecundas que otras, pero en cualquiera de los casos, cuando tuvo lugar mi traslado administrativo a la UNED, las principales orientaciones metodológicas y temáticas de mi aportación historiográfica, se habían ido fraguando lentamente aunque sin discontinuidad: historiografía volcada sucesivamente hacia las relaciones anglo-hispano-canarias primero; franco- hispano-magrebíes después. Y en el meollo de ambas orientaciones, nacería, e iría in crescendo, la accidentada historia que ha unido, y desunido alguna que otra vez, a España y Marruecos; y viceversa, claro está.

Una vez “instalado” en la UNED, como se ha venido recordando a lo largo de esta entrañable velada (que, sospecho, está tocando a su fin), las fuentes orales -esas “voces que nos llegan del pasado”- y los Diálogos Ribereños, en particular, han venido a predominar en la etapa final de mi carrera de estudioso. Digamos que se trata de Diálogos que se han situado gradualmente en las candilejas. De los diálogos con Marruecos y Túnez, precisamente, la colección “Aula Abierta” de mi Universidad ha sabido dejar constancia impresa de su existencia, contribuyendo de esta manera a la culminación de un proyecto de investigación que ha buscado tender puentes entre ambas orillas del Mediterráneo occidental. Queda pendiente de hacer, empero, -y ello es sabido en la Agencia Española de Cooperación Internacional- un retablo del tríptico ribereño que me propuse esbozar a partir del inicio del decenio que ahora toca a su fin. Ese retablo se apellida, diálogo hispano-argelino. Quiero seguir en la creencia de que cuando la agitación política de los tiempos que corren ahora amaine, habrá quienes consagren sus esfuerzos a colocar en tierra firme los pilares universitarios del entendimiento hispano-magrebí en su conjunto. A mí se me antoja que esta apuesta es interesante y hasta útil.

Espero que estas cuartillas que voy a terminar de leerles, no hayan sido demasiado prolijas, o repetitivas. De otra parte, no puedo hacer menos, a la altura de este momento, que mencionar con gratitud infinita a Larache en el Mundo y al Centro Hispano-Marroquí de la Comunidad de Madrid por haber organizado un acto de homenaje en torno al que sigo preguntándome si lo merezco. Gracias también a los que han contribuido a preparar la exposición de mi opera omnia y a quienes han grabado este acto de homenaje en cuanto futuro documento con el que enriquecer, siquiera sea en pequeña medida, el repositorio audio-visual de la UNED. Mención especial he de hacer de los colegas, y sin embargo, amigos, Carmen Ruiz Bravo-Villasante, Hipólito de la Torre Gómez y Adnan Mechbal, que han proporcionado tanta consistencia académica a la velada de esta tarde. Ellos se la han ganado a pulso, al demostrar cómo se puede hacer amable la convivencia, sin renunciar ni un solo instante al ejercicio de la inteligencia.

Y a todos ustedes, amigos, familiares y colegas, un abrazo por subrayar con su presencia -y paciencia- tanto aprecio a mi obra historiográfica como inclinación bondadosa hacia mi persona.

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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