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Cómo salir de esta

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 17 de mayo de 2010, 21:38h
La razón de ser de la democracia –y su fundamento último- consiste en que los pueblos tienen pleno y exclusivo derecho a elegir a sus gobernantes. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que siempre acierten, porque hay pueblos que se empeñan en hacer suyo aquello de tropezar dos veces, y hasta muchas más, en la misma piedra. Como ha sido habitual, ya no hace falta recurrir al manoseado ejemplo de Hitler para recordar errores de ese tipo. Sin salir de casa, aquí en España tenemos abundante materia para reflexionar sobre esta inevitable paradoja. En 2004, la izquierda española –o, si se quiere, la parte “progre” de la sociedad- no vaciló en aprovechar electoralmente el peor atentado terrorista de nuestra historia para alcanzar el poder. Vinieron después los cuatro años más antidemocráticos, divisivos e inútiles de la democracia con un Gobierno que dilapidó una brillante herencia y no tuvo otro objetivo que expulsar del campo de juego a la oposición.

Pocas veces un gobierno se ha descalificado a sí mismo tan abrumadoramente por artero, embaucador y subversivo contra las propias bases del sistema político en que se fundaba su legitimidad. Su presidente mostró inmediatamente y sin la menor duda su incapacidad, su incompetencia, su trapacería y un sectarismo propio de tiempos pasados. Pese a su juventud, parecía un espécimen procedente de los más torvos y radicales años treinta del siglo anterior. Pero en contra de las más elementales reglas de lo razonable, el mismo sector que le votó en 2004, volvió a hacerlo en 2008 y siguió siendo el “Gobierno de España”. Una España –“la nación es un concepto discutido y discutible”, según Zapatero- por la que nunca ha mostrado la menor afección. Un Gobierno, además, que sólo ha podido y puede subsistir gracias al preciso apoyo de los nacionalistas, dispuestos siempre a contribuir a cuanto debilite a esa España que para algunos de ellos ni siquiera existe y para otros no es más que un objeto de odio y repulsión.

A partir de ahí, lo que tenía que pasar, pasó, con la peor crisis contemporánea como telón de fondo. Después de dos años de ceguera voluntaria, de engaño masivo y reiterado y de innobles cesiones ante sindicatos y grupos minoritarios ha sido imposible mantener la magna patraña y, como en el cuento, ha quedado a la vista de todos la impúdica desnudez del hombre del talante. Una desnudez universal –como la justicia que tanto le gusta a su amigo Garzón- pues las exigencias de que se adecentase un poco le han llegado desde todos los puntos cardinales, de Washington a Berlín y de Bruselas a Pekín. Sin solución de continuidad se ha pasado del “España no es Grecia” a “este es el peor gobierno de la democracia” o incluso, según otros, de toda la historia de España. El ridículo personaje que, para bochorno de todos los españoles, decía no hace tanto que España ya había superado a Italia e iba camino de dejar atrás a Francia, ha tenido que cantar la palinodia. Ha jugado irresponsablemente con el euro y los amos de ese “corazón de Europa”, que tanto decía amar, le han recordado que con las cosas de comer no se juega y le han puesto de rodillas, mirando a la pared y coronado con una solemnes orejas de burro. Y es que, como algunos dijimos ya en 1992, euro y socialismo, esto es despilfarro, son incompatibles. ¿Decía antes “todos los españoles”? No, seguro que quedan todavía gentes del jaez –ya que nos referíamos antes a Hitler- de aquellos fanáticos de la Gestapo y las SS que, como cuenta Anthony Beevor, seguían creyendo en la victoria del Führer cuando la ruina del III Reich era ya un hecho consumado.

Este Gobierno ha olvidado –más bien, nunca las ha aprendido- las reglas básicas de la democracia y, por supuesto, es inútil intentar que las aplique. Pero vale la pena recordarlas. En una situación como la presente, el Gobierno está obligado a recurrir a “la cuestión de confianza sobre su programa o sobre una declaración de política general”, como reza el artículo 112 de la Constitución. Si la obtuviera -le basta la mayoría simple, según nuestra generosa Carta Magna- adquiriría el derecho a seguir gobernando aunque, eso sí, bajo el estricto control por parte de la oposición del programa ofrecido y bajo la responsabilidad (¡allá ellos!) de aquellos grupos que le hubieran apoyado.

¿Cuántas y cuáles dádivas, en forma de millones de euros, estaría dispuesto a ofrecer a los mercenarios parlamentarios este dadivoso personaje? ¿De dónde sacaría tantas mercedes, sobre todo ahora que está bajo la lupa de la UE y de esa cosa tan terrible para él que son “los mercados”? Da risa, si no diera pena, oír a toda la patulea del entorno monclovita, del Presidente y los líderes sindicales al mismo Fiscal General…del Gobierno, incluidos los blancos y las pajines, clamar contra esos mismos mercados que, con sus inversiones en nuestro país y en su deuda pública, son los únicos que pueden volver a llenar esas arcas públicas de las que estos irresponsables han rebañado hasta el último céntimo.

¿Habrá todavía alguien dispuesto a darle la confianza a este Gobierno que ha pedido cualquier atisbo de crédito, en el sentido bancario, y de credibilidad, en ese sentido moral, del que siempre ha carecido? No se sabe, porque la infamia no tiene límites ni vergüenza. Pero si, como es lógico, nadie vota una cuestión de confianza presentada por este Gobierno, tan poco fiable, su obligación democrática está también en la Constitución: disolución de las Cortes y elecciones anticipadas. En ese caso, mucha atención y mil ojos, porque esta gente es capaz de cualquier cosa con tal de no dejar el poder. Lo mínimo sería volver a sacar el doberman. Lo máximo ni se sabe, pasando por ese nuevo intento de negociar-ceder con ETA. Pero que tengan presente que no se puede engañar a todos, todo el tiempo, como recordó Lincoln. No Churchill como dice algún despistado. Churchill dejó dicho alguna otra cosa que también viene al caso: “La mayor reforma imaginable en política sería que la sabiduría se difundiese tan fácil y tan rápidamente como la locura”. Recuperar el buen sentido, y el estricto cumplimiento del Estado de Derecho, es la tarea de esta hora, Pero esperarlo de Zapatero sería como pedir peras al olmo.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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