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San Isidro, cuaderno de bitácora (I)

lunes 17 de mayo de 2010, 22:10h
“Semana horríbilis”

La presente semana que ayer concluyó no admite ni siquiera matices, atenuantes, que puedan contrarrestar y discutir el desencanto y la frustración del público; antes bien, la argumenta. Visto lo visto, ni siquiera la adversidad, como confabulada a la contra, de la climatología es factor a tener en cuenta.
Tras una semana hueca de contenido sin toros ni toreros, el único consuelo es que los cuatro últimos encierros se han anunciado completos según programa.

Pero ni la muy mal presentada de Martelilla, la cinqueña de Parladé, Alcurrucén o Garcigrande arrojaron un mínimo de casta, movilidad y ritmo para aprobar, aunque fuera por la mínima, su condición de toros de lidia. Como denominador común: que el que más o el que menos “dejaron estar”, no presentaron dificultades de peligro. La deducción es obvia: mansedumbre y descaste en grado degenerativo hacia la “babosa” parada, la pastueñez y la chochonería de un animal cuasi doméstico.

Haciendo juegos malabares es imposible encontrar algo positivo en el encierro del martes que no fuera la actitud del mexicano Arturo Macías, a caballo entre la inconsciencia y el tremendismo, que en tarde tan nula llevan emoción, juega en positivo el factor sorpresa de un torero casi desconocido jugándosela, pero que la próxima vez le van a pedir que, además, toree.

La de Parladé resultó un dardo envenenado de corrida habitual para figuras y que se ofreció a toreros de “clase media”. Se han puesto paños calientes por parte de la crítica cercana a los Domecq: que si se apagaron, que si tuvieron buen inicio pero no finales, que acusaron los cinco años…¡pamplinas!. Con estas premisas el confirmante José Manuel Más sale con medio puntillazo en el cogote; su disposición tampoco fue la de otros confirmantes anteriores. Y Diego Urdiales no solo no gana crédito como torero estilista si no que su forma envarada y prosopopéyica de andar por la plaza como queriéndose desquitar de los días de guerra fue asimilada por la afición en su contra.

Otro tanto ha ocurrido con el club de fans de los hermanos Lozano respecto al encierro de Alcurrucén. La corrida tuvo la suerte de taparse por ser mejor blanco y diana un Manuel Jesús “El Cid” que no disimula que quiere… pero que no puede. Chispazos, atisbos, un esfuerzo, un desfallecimiento, otro empujoncito….total para descubrir algún fondo del toro quinto, hacer ver por bueno lo menos malo del animal (y del encierro) y ser el centro de la crítica. Tarde en la que el arrojo, siempre precipitado, de Tendero tapó tremendas carencias de su lote, como su bisoñez hizo aflorar alguna pequeña virtud de sus oponentes que se magnificaron por los adictos.

Así las cosas, las esperanzas estaban puestas en la corrida de ayer, sábado. Pero ni los de Garcigrande sirvieron para que las figuras, Juli y Castella, triunfaran en la exigencia que el público tiene respecto de las mismas, ni las mentes estuvieron claras y despejadas para improvisar a favor los continuos y desconcertantes cambios de comportamiento de la corrida. Pudo hacerlo- cortar oreja- Juli en su toreo mandón y largo por el buen pitón derecho del que abrió plaza abusando del mismo, pero –acusando, otra vez, el ambiente hostil- se empeñó en alternarlo, testarudamente con un toreo al natural de mucha dificultad por los cabezazos que pegaba el toro. En el cuarto, la sosería del animal perjudicó la correcta y serena labor del madrileño, que además en ambos falló a espadas, al igual que Castella. Serio, siempre, y dispuesto, pero en tarde en que afloraron los desarmes y enganchones. Tampoco Daniel Luque tuvo enemigos de triunfo, pero su forma atropellada de andar por la plaza no le redimió y sí acrecentó las muchas dudas que ha dejado en sus últimas actuaciones sobre su capacidad.
La novilla del lunes fue un descalzaperros. Ni los de Carmen Segovia, ni los de Torres Gallego. Un subalterno apoderado de la promesa francesa “Tomasito” fuer protagonista de un show entre dramático y grosero del que son culpables a partes iguales el osado personaje y un público circense. Miguel de Pablos, un debutante sin ton ni son cuya diligencia de mentores por lanzarlo y generar recursos o su ambición por ser algo en esto le puede pasar factura importante. Tan solo la apostura de Juan del Álamo que pudo cortar oreja de no ser por la espada pero que se los pasa por la periferia.

Siempre nos quedarán “los rejones”. La denostada corrida de “los caballitos”, desubicada de sus sábados habituales, tuvo en el miércoles un oasis ante tanta mansedumbre bovina y tanto pasotismo toreril. Una buena corrida para dicho arte de Luis Terrón propició un espectáculo agradable y fácil de leer en el que Ruy Fernandes confuso en el primero, con caballo que se le negó, pero que al ser la “estrella2 de la cuadra lo mantuvo, cortó la oreja del cuarto con suficiencia. Andi Cartagena falló a rejones en el segundo, sobrio a caballo y clavando sin renunciar a un torero alegre, cortó la oreja del quinto y se le pidieron las dos. El triunfador, rotundo, fue, otro año, el joven Leonardo Hernández, con una cuadra de caballos magnífica, hecha a imagen y semejanza, estuvo casi perfecto en todos los tercios y toda la tarde. Con tres orejas es la primera Puerta Grande y el triunfador absoluto de lo que va de feria.

“Semana horríbilis”. Si la anterior, el comienzo de San Isidro, se salvó por un par de toros con movilidad y la variedad entre la casta y el genio, pero siempre emoción, del pasado domingo con los “dolores Aguirre”, y sobremanera por el esfuerzo y actitud de toreros meritorios, recuerden: Morenito de Aranda, Javier Cortés y los Curro Díaz, Fandiño y Rafaelillo, que son los únicos cuyas orejas, 3, están en un marcador elocuente, por misérrimo, cuando se llevan 11 festejos consumados.

Rafael Rubio, Rafaelillo ha protagonizado, hasta el momento, lo más importante de San Isidro. Ha podido, ha tenido que abrir la Puerta grande, e incluso cortar tres orejas a una muy seria corrida de Dolores Aguirre.
El palco, otra vez, se la ha racaneado al murciano. Todo fiado al cuarto, Rafaelillo se las había ganado cuando un infortunio, además contradictorio, puesto que el toro con un pinchazo hondo dobló rápido, propició sensaciones encontradas en los tendidos, todas desde la ignorancia. Se pidieron las dos, se concedió una, porque al fin y al cabo la segunda es a criterio del Presidente y Rafaelillo se quedó con la miel en los labios. La oreja era la del primero y la Puerta Grande no hubiera sido pequeña.

La corrida de Dolores Aguirre fue de contrastes de sensaciones pero siempre desde la emoción. Joselillo sufrió dos mansos con poder. Pero el tercero, muy mal lidiado era de cara o cruz y de poderle. Con la cabeza más que con el corazón. Fue al revés y la moneda cayó de canto. Lo del sexto se veía venir o se barruntaba. El manso se orientó casi desde su salida. No fue dominado por los capotes del peonaje y Joselillo se fue al platillo, primero un desarme, luego dos o tres atragantones. Angustia en el público y ansiedad en el torero, desasosegado, y llegó la voltereta y la cornada. Si la suerte hay que buscarla, al infortunio no se le puede dar chance ni jugarle al escondite. La cabeza es fundamental para jugarse la vida sin querer perderla, o pasarse a la parca muy cerca.

La primera fue en la frente: el jueves 6. Curro Díaz apuntó y disparó. Bella muy bella oreja, en la primera de San Isidro. Valió la pena tragarse un festejo anodino por la guinda del trasteo del de Linares. Sí hubo uno que valió de los de Salvador Domecq que Juan Bautista le anduvo “moneando” y el resto para picadillo. Buena actitud de Gallo, exponiendo.

El viernes con un descastadísimo y muy deslucido lote de José Luis Pereda Morenito de Aranda mostró su lado más firme (que es buen torero ya lo sabíamos) e Iván Fandiño se volvió a reivindicar seriamente.
El de Aranda pudo cortar la oreja del quinto de no ser por la falta de conocimiento del palco, esta vez el Sr. Martínez, para saber calibrar el rigor en la lidia.
La actitud de Fandiño fue su mayor activo ante dos animales de viaje muy corto, sin humillar y pegando el tornillazo con bronquedad, más acusado el último que pudo engañar por su condición de bravucón. Saludó una ovación y fue muy aplaudido en el sexto.
El lote de Leandro fue un dechado de “descaste” y el de Valladolid anduvo con tibio aseo.

Como pulcro, sin terminar de romperse, anduvo Uceda el sábado ante un animal de Osborne muy flojo al que no le benefició el achique de espacios, y el cuarto de Bañuelos, sin clase ni casta, poca fuerza, protestado, por lo que los muletazos de buen trazo no fueron tenidos en cuenta.
Lo mismo le ocurrió a El Capea, en cuanto a su lote, aunque en la apostura los dos toreros están en las antípodas, por ello Uceda saludó ovación tras una buena estocada en su primero, y Capea vio censurado con protestas el irse abajo, con la espada, en su primero.

La garra la puso el “confirmante” Javier Cortés. Manejó la cabeza con serenidad impropia de “novato”, y los trastos con buen aire de concepto, soportados por una técnica de torero maduro en la colocación y unas ganas lógicas de debutante. Cierto es que sorteó el único animal que desarrolló cierto viaje y nobleza, el primero, y aunque fue trasteo de altibajos sobresalieron las ganas. Tuvo que aumentarlas ante el bruto sexto y jugársela a espadas, saliendo volteado, para, al final, saldar dos ovaciones con saludos y dejar una tarjeta de crédito solvente.
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