La nueva autocracia rusa
lunes 10 de marzo de 2008, 18:36h
No había ninguna duda de que el ganador de las elecciones presidenciales rusas iba a ser el protegido de Putin, Dmitri Medvedev. Las condiciones en que se celebran las elecciones en Rusia no permiten esperar otra cosa y en esta ocasión las presiones efectuadas desde el poder han sido especialmente intensas y mantenidas desde hace meses, según muestran los informes de observadores occidentales que han viajado por algunas zonas de aquel inmenso país. En las escuelas se han organizado desde hace días “elecciones” en la que sólo era concebible el triunfo de Medvedev. Pero lo más vergonzoso es que se ha presionado a los niños para que exijan a sus padres que vayan a votar y que voten la única opción correcta y admisible, que es la del candidato propuesto por el Kremlin. Una puesta al día, en suma, de aquellos viejos métodos soviéticos que se usaban para que los niños denunciasen a sus padres, si se les ocurría criticar en casa al benéfico sistema comunista. Como se sabe, diversos candidatos de la oposición no han podido finalmente presentarse ya que han sido excluidos con diversos pretextos reglamentarios. Y a los voluntarios que han trabajado a favor de los candidatos de la oposición que sí han sido aceptados se les ha amenazado con intempestivas llamadas telefónicas a sus domicilios y otros procedimientos: ellos y sus familias sufrirían si seguían ayudando a los “traidores”. De un modo muy especial ha sido objeto de esas presiones el partido Unión de Fuerzas de Derecha, dirigido por Nemtsov, al que, sabiendo que la sociedad rusa es poco tolerante con la homosexualidad, se califica de “partido de los gays” y se le acusa de utilizar como voluntarios a enfermos de SIDA. Nada de ello es verdad, pero sirve a los objetivos del putinismo. También allí hay “cordones sanitarios”.
Nada de todo esto puede sorprender porque el régimen de Putin se ha dedicado a dar marcha atrás en los escasos avances democráticos que se habían conseguido desde el fin de comunismo. Se han suprimido diversos medios de comunicación y los que sobreviven están sometidos a la estricta vigilancia del poder, el control del gobierno sobre la economía se ha incrementado, llegándose a nacionalizar de nuevo importantes industrias y aunque los analistas reconocen que la vida en Rusia no es tan gris y opresiva como en los tiempos del comunismo, también dicen que de facto en Rusia se ha constituido un sistema de partido único, con una oposición sin ninguna posibilidad de hacerse oír ni de alcanzar el poder. Una oposición que, hacia fuera, cumple el papel de coartada, una apariencia de pluralismo que, de hecho, es inexistente por la escasa fuerza de que dispone y los mínimos recursos con los que cuenta. Al contrario que el partido del poder que tiene a su servicio los inagotables fondos del gran gigante de la energía, Gazprom que, por cierto, ha tenido a su frente hasta ahora mismo al victorioso Medvedev. La conclusión a la que llegan estos analistas es que “una nueva autocracia gobierna ahora en Rusia”, como escribía hace sólo unos días en The New York Times Clifford J. Levy, después de pasar varias semanas viajando por Rusia. Ante esta situación no puede extrañar que la OSCE haya renunciado a montar un sistema de observación de la elección presidencial del pasado domingo. Ni de lejos las elecciones rusas cumplen los requisitos mínimos exigibles en una democracia.
Una muestra del cinismo que caracteriza esta nueva situación es que Putin ha proclamado su voluntad de cumplir estrictamente lo que establece la Constitución y por eso no se ha presentado de nuevo. Pero inmediatamente se ha reservado el puesto de primer ministro, lo que revela su designio de marcar estrechamente a su sucesor. ¿Dejará Putin que Medvedev dirija libremente la política exterior y de defensa que es constitucionalmente dominio reservado del presidente? Éstas y otras preguntas se están planteando ya los rusólogos que esperan con interés la reunión del G-8 que tendrá lugar en Japón el próximo mes julio. ¿Irá solo Medveded o se le “pegará” Putin? De una u otra manera se estima que a la larga las tensiones entre los dos hombres serán inevitables. Mientras Putin esté en la escena política no cabe duda de que su estatura política es muy superior a la de su delfín y que su sombra se proyectará inevitablemente sobre éste. Y ya sabemos que el sistema Putin no es otra cosa que una versión puesta al día de la tradicional autocracia rusa.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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