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Las elecciones en el Reino Unido

viernes 21 de mayo de 2010, 16:37h
El dicho atribuido a Harold Wilson, de que “en la política, una semana es una eternidad” resulta más que apropiado para describir lo que ha estado sucediendo en Gran Bretaña desde las elecciones del 6 de mayo. El resultado no decisivo, reflejado en un “hung parliament”, es decir, un parlamento en el que ningún partido tiene una mayoría de escaños, sumió el escenario político en cinco días fascinantes para cualquier observador interesado en la política. Del espanto (casi cómico para los obervadores europeos) causado por el hecho inevitable de una coalición, se pasó a la incertidumbre acerca de cuál sería la alianza resultante,y de allí a las predicciones catastrofistas acerca de la duración de un gobierno Lib-Con.

Una vez conocidos los resultados, había cuatro opciones claras: la más descorazonante, que pareció realidad tras la primera renuncia de Gordon Brown, en la que anticipó que seguiría al frente del gobierno hasta septiembre, momento en el que el partido Laborista debería elegir un nuevo líder, fue pensar que las elecciones no habían cambiado nada. Más, de lo mismo. La segunda opción, un gobierno minoritario pero esta vez de signo conservador, desalentaba toda posibilidad de un gobierno estable, capaz de tomar las decisiones difíciles e impopulares que el déficit fiscal impondría. Menos, de lo diferente.

Y después estaban las dos alianzas posibles: Lib-Con o Lib-Lab (abreviación preferida a Lib-Dem-Con o Lib-Dem-Lab). Las matemáticas indicaban sin duda que la primera fórmula era la más estable: sumando los escaños de ambos partidos se llegaba a la cifra de 363 miembros del Parlamento de Westminster, una cómoda mayoría por encima de los 326 requeridos. La física, por otro lado, apuntaba a la “coalición progresista” de Liberales-Demócratas y Laboristas (Lib-Lab), que los politólogos ubicaban a la izquierda del espectro político. La preocupación por maximizar la equidad, por eliminar la pobreza, el supuesto resentimiento compartido hacia los ricos y privilegiados, indicaban una fuerza gravitacional difícil de contrarrestar. Sin embargo, ¿cómo se podría evitar que una alianza Lib-Lab escapara a lo que la prensa ya empezaba a calificar como una “coalición de perdedores”? Los Lib-Dems eran conscientes de que se encontraban ante una disyuntiva que podría llevarlos a la autodestrucción. Por otra parte, Nick Clegg no sólo había repetido al infinito durante la campaña electoral que en el caso de un resultado no decisivo, apoyaría al partido con la mayor cantidad de votos y de escaños, sino que había expresado que le resultaría imposible, por problema de química personal, trabajar con Gordon Brown.

Lo que nadie calculó, fue que la química resultaría la ganadora. Esto quedó en evidencia en la conferencia de prensa en el jardín de rosas del número 10 de Downing Street, cuando David Cameron, líder del Partido Conservador anunció la composición del nuevo gobierno ante la prensa y presentó a quien se convirtió en el vicepresidente del gobierno, Nick Clegg. La imagen de estos dos hombres jóvenes (Cameron es el Primer Ministro más joven desde 1812), casi excesivamente telegénicos, inteligentes, razonables, educados, sonrientes, optimistas y seguros de sí mismos llevó a que hasta los periodistas más cínicos sucumbieran ante la “pareja feliz”. Y como en toda boda, no faltó quienes por lo bajo, o no tan bajo, mascullaran “esto no va a durar”.

Desde luego, lo que la conferencia de prensa puso de relieve fue no solamente la “química” entre “Nick” y “Dave” que está en el puro corazón de lo que el mismo Cameron describió como un “cambio sísmico” en la política británica, sino lo que resulta envidiable de dicha política, sobre todo, con la mirada desde el hemisferio sur, como inevitablemente, es la mía, la continuidad institucional de esta “revolución” tan típicamente inglesa. Detrás de la empatía entre Nick y Dave, detrás de la inspiración simultánea de ambos al reconocer que estaban ante una oportunidad histórica de ofrecer ese cambio tan ansiado por el electorado (aquí como en toda democracia donde un mismo elenco ha estado en el gobierno por más de una década), estaba el renombrado Civil Service. Ya Gordon Brown había dado instrucciones al Jefe de Gabinete para que pusiese en marcha la logística necesaria para las infinitas reuniones que se requerirían para forjar la alianza que fuera. Profesionalidad, razonabilidad, pragmatismo, educación y modales… ¡Qué envidia! Pobres aquéllos post-marxistas, post-estructuralistas, posmodernos, que creen que la política, siguiendo las enseñanzas del jurista nazi Carl Schmidt (quien postulara que el Derecho alemán debería ser limpiado del “espíritu judío” ; jüdischem Geist), debe ser confrontativa y divisoria, donde la demonización del “enemigo” es requisito imprescindible para construir la identidad del “nosotros”.

En un primer momento, los resultados, que replicaron exactamente las predicciones de boca de urna a los cinco minutos de cerrados los comicios, señalaban la falta de un claro ganador, así como una plétora de perdedores. El mayor perdedor era sin duda Gordon Brown. Bajo su liderazgo, el Partido Laborista obtuvo el 29.1% de los voto y perdió 102 escaños (el punto más alto de los Laboristas fue en las elecciones de 1997, en las que Tony Blair resultó electo con 418 escaños y 44.3% de los votos). Además, pasará a la historia como uno de los pocos políticos británicos que ejercieron el cargo de Primer Ministro sin haber ganado una elección.

Los Conservadores perdieron al no lograr una mayoría parlamentaria propia: con 306 escaños, obtuvieron 70 menos que Margaret Thatcher en 1987. La proporción del electorado que votó Tory en esta ocasión, fue de 36.1%, mientras que el mejor resultado lo habían obtenido en 1987 con 43.3%.

Nick Clegg, a pesar de la cleggmanía que siguió al primer debate televisado, sólo logró recuperar el 23% de su partido en 1987, ya que en 1997 había caído al 17.2%. Los cálculos más optimistas, habían vaticinado 90 escaños para los Lib-Dem. En realidad, terminaron con 57, 5 menos de los que tenían.

Fue aleccionador el desconcierto de los observadores extranjeros ante la percepción de los analistas británicos de que se estaba ante una “crisis” política, ya que sería necesario armar una coalición. ¿Qué tiene de particular? ¿Por qué tanto temor? ¿Acaso Alemania, Nueva Zelanda, los países escandinavos, los más exitosos desde el punto de vista de la gobernanza, no se rigen por un sistema de coaliciones políticas? Y al contrario, ¿qué decir de ese modelo de gobierno eficaz, el griego, con un partido dominante? La diferencia, una vez más, es lo que suele escurrirse entre las grandes palabras de la ciencia política: la cultura política, esa mezcla inconmensurable de historia, cultura, tradición, creencias, comportamientos y actitudes.

Es esta cultura política la que ahora está siendo cuestionada por la nueva coalición que se plantea gobernar hasta el 5 de mayo de 2015, y que plasma lo que ha sido una caída constante del bipartidismo en estas islas en los últimos 55 años. Recordemos que en 1955, laboristas y conservadores concentraban el 91% de los votos, en el 2005 la proporción había caído a un 68% y en estas elecciones fue de 65.2%. Esta gradual disolución del bipartidismo explica lo que de otra manera parecería ser una obsesión de los perdedores: la reforma electoral que de acuerdo con la tradición del Partido Liberal, sería el instrumento que les permitiría acceder al poder. Un futuro referendo sobre la reforma del sistema electoral uninominal por alguna variante de proporcionalidad, ha sido la concesión más significativa de los conservadores para convencer a los liberales-demócratas. Es de esperar que todos sepan reconocer que no hay ningún sistema electoral perfecto, sino ideas en competición acerca de la mejor manera de lograr un gobierno eficaz en un sistema democrático.
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La química entre Nick y Dave que hizo posible el acuerdo definió la identidad del partido que se debatía entre un corazón izquierdista y una cabeza bien centrada. Liderados por Clegg, los Lib-Dem pueden ver realizado el sueño de gente del calibre intelectual y político de David Owen, Roy Jenkins, y Shirley Williams, quienes abandonaran el Laborismo en la década de los 80, hartos de la influencia de los sindicatos y de un ideologismo trasnochado que amenazaba con la renacionalización de todos los servicios privatizados por Thatcher, para fundirse en una alianza con el partido Liberal. De allí surgieron los Lib-Dem, que hoy se encaminan a asumirse como un partido de clase media en rebelión contra un sistema anquilosado, y que al levantar las banderas de un liberalismo social y económico así como de la justicia social, pueden resultar igualmente atractivos a laboristas como a conservadores.
Si David Cameron ha arrastrado a los Tories de la derecha hacia el centro, Clegg ha hecho lo mismo desde la dirección contraria.

No hay duda que a pesar del abismo que pudieron superar estos dos hombres jóvenes y decididos a hacer lo mejor por su país, son enormes los desafíos por delante. Pero al mismo tiempo los electores británicos se hallan abocados a sus actividades cotidianas en la certidumbre de que los destinos de este país están en manos de un elenco con credenciales impecables. No son muchos los países que pueden hacer gala de un elenco gobernante de la calidad de éste.

Celia Szusterman

Socióloga especialista en América Latina

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