Fin de partida
Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
sábado 22 de mayo de 2010, 15:26h
Una vez más comienzo esta columna con una frase típica: Hoy, en plena crisis se ve el fin de la partida.
Y es que la crisis se me antoja que no es ni financiera ni económica, sino una crisis global del sistema. Lo que hoy está en crisis es un modo de vida, una cultura, una actitud vital que llega al siglo XXI exhausta, decadente, vacía y sin futuro.
Una cultura que intentó recrearse tras la II Guerra Mundial pero que no ha conseguido que el progreso nos haga más felices. Y se veía venir.
Fin de partida es una frase que define lo que ocurre: el capitalismo se ha quedado en evidencia, es un sistema circunstancial y transitorio, no es el fin de la historia aunque si que nos puede llevar al fin de todo, a la completa destrucción. Fin de partida es también una obra del gran Beckett que gracias a los señores Lupa y Gómez hoy se puede ver en el siempre crítico Teatro de la Abadía.
Una obra agónica, con más de dos horas de inacción, silencios y muchas palabras, el único recurso que nos queda para luchar contra las circunstancias. Cuando no queda vida en el exterior, cuando no queda comida, ni medicinas, siempre nos queda la palabra, como nos recuerda Manrique con la voz de Ibáñez.
La obra refleja un futuro hipotético postapocalíptico, anticipa el futuro del mundo en el que vivimos. Pero es también una metáfora de cómo vivimos, rodeados de destrucción y agarrados al mástil del palo del gran barco que se hunde sin remedio.
Una obra agónica que se hace eterna, porque nadie da el último paso para terminar la partida. Una obra que se pone como espejo cóncavo y convexo en el que mirarse y ver la miseria humana constitutiva, el abuso del poder, la tiranía y también, la necesidad de la compañía, de la sociedad, del diálogo, de las palabras.
Al salir del teatro y ver el mundo, el informativo, al reflexionar sobre la experiencia teatral, pueden suceder dos cosas: que uno se deprima o que se vuelva un vitalista con altas miras éticas, con fuerza revolucionaria para transformar, transmutar el sistema en el que vivimos antes de que llegue a una efectiva autodestrucción.
Así pues, en esta crisis sistémica, señores y señoras, seamos grandes, miremos al futuro, a un futuro que no tenga fin, que no tenga límites, seamos capaces de imaginar otra forma de convivir basada en la ética y no en la ambición de las cosas.
Pidamos a este gobierno que haga reformas estructurales, pidamos a la oposición que tenga sentido de estado, pidamos a uno y cada uno de los empresarios que no explote a sus trabajadores, pidamos a cada uno de los trabajadores que realice sus tareas con altura, con una sonrisa, con espíritu constructivo.
Hagamos de este mundo el mejor de los mundos posibles, porque si no, el fin de partida está a la vuelta de la esquina.
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Filósofa, profesora e investigadora.
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