Los especuladores
sábado 22 de mayo de 2010, 15:32h
La palabra “especulación” no comenzó a usarse en el sentido que ahora tiene hasta el siglo XVIII. “Especular” significaba entonces “ver como a través de un espejo”. Esto hacían los teólogos que intentaban conocer a Dios a partir de las cosas creadas, y los filósofos siempre.
La filosofía, a diferencia de la ciencia, nunca olvida que aquello que experimentamos lo experimentamos nosotros. Sabe, pues, que por más que avance el conocimiento objetivo de la realidad, la realidad será siempre algo relativo a la vida humana, el espejo a través del cual la contempla el filósofo.
Este sentido de la especulación no es el que ahora está en boga. Los especuladores del momento son inversores que apuestan por tales o cuales valores para enriquecerse. Aunque los llamemos “especuladores”, la significación de las cosas les interesa menos que la realidad material. Esto no significa que sean malas personas. Su interés profesional es crematístico y su arte consiste en aprovechar las opciones que les ofrece el libre mercado para rentabilizar sus inversiones en el marco de la ley. Que ésta, tan estricta cuando se prende un cigarrillo, resulte tan maleable tratándose del capital, es escandaloso, pero eso no debería atribuirse a la maldad de los especuladores, sino a la inepcia del legislador, responsable de ella.
En el mercado globalizado, las operaciones financieras alcanzan proporciones globales. España se ha beneficiado durante una década de esto. El dinero afluido de todo el mundo nos ha convertido en un país rico. Las tornas están ahora cambiando. Algunos creen que el reflujo del capital responde a la voluntad de los “poderes fácticos” de perjudicarnos, pero la voluntad del mercado es simple como un protozoo. Todo se reduce a ganar y no perder. El sermón de la montaña de los políticos fotogénicos no le afecta. Celebrar que pertenecemos a una sociedad planetaria, cosmopolita y multicultural y, a la vez, mesarse las barbas porque los inversores del mundo prefieran sus ganancias a nuestro bienestar o nuestras propuestas morales constituye un síntoma de puerilidad.
Por otra parte, los verdaderos especuladores, los especuladores realmente peligrosos, son los políticos que se han apropiado del cotarro democrático inflando la burbuja ideológica que les mantiene firmemente aferrados al poder, esa visión autocomplaciente de la realidad gracias a la cual los problemas se plantean siempre de forma que se pierde de vista lo esencial. Suponer que los derechos del ciudadano no dependen de las circunstancias, sino que una vez proclamados se vuelven universales y necesarios, o que la gestión lícita de los recursos por el político electo es siempre buena, hasta cuando conduce a la bancarrota, son ejemplos de ello.
Haber vivido dentro de una burbuja ideológica es la causa de que la prosperidad de la que ha gozado España en la última década no haya servido para fortalecer el sistema y darle estabilidad. Los políticos encargados de gestionarla han disfrutado de tantas facilidades que se han acostumbrado al pelotazo moral. El discurso grandilocuente –guerra mundial a la tiranía, alianza de civilizaciones, reparación de los agravios históricos, jurisdicción universal, etc.- y el glamour progresista no han evitado, al contrario, la restauración de todas las viejas formas de clientelismo, nepotismo y demagogia, prácticamente invisibles hasta que la crisis ha dejado al aire nuestras vergüenzas. El eclipse del juez estrella es un símbolo del cambio de los tiempos.
En este contexto, no es extraño que el capital huya como de la peste. Por más que nos fastidie reconocerlo, España ha perdido la confianza de los inversores. Somos un país moderno y rico, pero la riqueza se nos ha subido a la cabeza y ya no ofrecemos seguridad, la seguridad de la ley. Todo el mundo aquí –los ayuntamientos, las comunidades autónomas, el gobierno nacional, los fans de Garzón o la Pantoja- se considera más sabio, más legitimado que la ley. La insensatez y la indecencia nos han conducido a una debilidad extrema y está produciendo una desconfianza sin precedentes fuera de nuestras fronteras. Invocar a los poderes fácticos para explicar el fenómeno es ganas de seguir mirando a otro lado. Cuando el dinero juega a la baja con los recursos de un país es porque otras muchas cosas –la educación, la justicia, la cohesión nacional- van también a la baja. Levantarlas es la principal responsabilidad de gobierno, pero: ¿puede hacerlo sin despojarse antes del yelmo de Mambrino?