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El aburrimiento

sábado 22 de mayo de 2010, 19:15h
“Para combatir el aburrimiento no hay más remedio que aburrirse más intensamente”. Sobre papel amarillo escribió esa sentencia, no creo que pueda llamársele greguería, Ramón Gómez de la Serna.

Me obsequió con el manuscrito Miguel Utrillo, insólito coleccionista de las cosas más inesperadas.

Voltaire dijo que “todos los géneros literarios son válidos, menos el aburrido”.

Hace una décadas se puso de moda –la moda es una condena a muerte de lo que lo cultiva- un subgénero literario consistente en aburrir a las ovejas. De ahí que muchos de sus cultivadores hayan sido aceptados como “autores de culto”, tal vez por su criptografía- Los que no tenían tiemplo para el aburrimiento eran sus pacientes lectores por aquello de desentrañar el jeroglífico.

Tiempo hemos vivido, sobre todo los que seguimos disfrutando de la prórroga que nos concede la vida, el que, en calidad de usuarios del “metro”, veíamos que la lectura nacional era el “Marca”. (Por cierto uno de los diarios españoles mejor escritos)

Hasta que una mañana, sin ninguna explicación, veíamos como los lectores en ruta, se afanaban y concentraban en las doctas páginas de “Sobre la esencia”, del denso filósofo Zubiri. Un fenómeno que ni el mismo interesado podía explicar.

Teóricamente este éxito editorial debió ser sometido a encuestas para sacarnos de nuestro pasmo ante el insólito acontecimiento.

El aburrimiento, el mirarse solamente al propio ombligo, provocó la pandemia de pedanterías clon aires trascendentales que invadieron los escenarios. Las verdaderas comedias, que serán siempre las de “toda la vida”, cedieron el paso a monologuistas que se regocijan con sus propias estupideces. Aburren en las televisiones; pero siempre nos queda la posibilidad de huir merced al dial. Lo más grave es que nos los encontramos sobre los escenarios, previo pago de la entrada. Lo que se pone en marcha en la escena actual, excepciones que todos desconocemos y que aceptaríamos de buen grado, es pura bazofia adornada con la pedantería de supuestas buenas críticas.

Otros espectáculos de masas, fútbol y toros verbigracia, están acabando con la afición por puro hastío.

Aburren los futbolistas por el patadón y tente tieso. Fomentan el aburrimiento entrenadores que se escudan en su prestigio, casi siempre inventado y siempre bajo palabra de honor. Distraen quienes saben acercar el juego a las exigencias del arte. Y, aunque en contadas ocasiones, esas cualidades que producen la obra bien hecha se dan en equipos que responden a ese nombre.

Los Toros, espectáculo de entendidos y masas, han emprendido la cuesta abajo. No por culpa de sus detractores sino de sus entusiastas y de los que bien, muchos millares de personas, del ese espectáculo.

¿Responsables? La conjura de los necios: empresarios que se basan en los sistemas anticuados y, peor aún, que saben que en las grandes ferias los llenos están garantizados. Sumen los ganaderos – ganaduros que saben que los toros, como los zapatos y los ternos, hay que fabricarlos a la medida del consumidor. En consecuencia se habla de crisis cuando debería hablarse de aburrimiento.

En Sitges habitaba un personaje singular, autor de “jingles• publicitarios, escritor. Amador de suecas y tailandesas, llamado Pepe Pal Latorre. En su casa cuidaba dos periquitos. Uno hablaba lo necesario: “Estoy aburrido”, protestaba en dos idiomas.

Lo mismo que ese lorito multicolor y en miniatura, vamos a tener que repetir, en manifestación multitudinaria, los consumidores, obligados y engañados, de tanto hastío:

¡Estamos aburridos!
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