Un tema algo enfadoso
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 24 de mayo de 2010, 20:03h
Sin duda lo es ya el de la calificación de “páramo cultural” que, en la pluma de no pocos escritores y miembros de la intelligentzia, recibe el periodo conocido por la reciente historiografía como “primer franquismo”, bien que, por extensión, dicho desierto se atribuya a menudo en labios de los mismos autores a toda la duración del anterior régimen. Como última y relevante expresión cronológica de dicha descripción un destacado narrador, en la glosa de unos recuerdos de un periodista famoso en su época, cubría, en una de las más conspicuas tribunas críticas de las letras de nuestro tiempo, con toda suerte de adjetivos denigratorios el curso de la vida literaria del país cuando éste precisamente dejaba atrás –y con aceleración creciente- la etapa más oscura de la dictadura nacida de la guerra civil. Vulgaridad, deturpación, oscurantismo, negrura y caspa envolvieron por todas partes el caminar cultural de la nación cuando ya Europa se abría a los horizontes del Mercado Común y al deshielo soviético…
Si un encumbrado novelista e ilustre académico, en trance, además, de superación de los excesos de la mocedad, sustenta tal opinión, es fácil imaginar el cuadro trazado sobre la vida intelectual de la España de mediados del siglo precedente por plumas más intonsas y radicales. En diversos momentos de las décadas finales del novecientos, cuando la marea denigratoria alcanzaba su pleamar, la figura más arraigada e insobornablemente liberal del citado periodo, Julián Marías, en pos de una postura mantenida ya en pleno franquismo, rompió mil lanzas en la vindicación de la salud roborante de no pocas manifestaciones literarias y artísticas de aquellos años. Sus argumentos, desprovistos de cualquier parcialidad y expuestos con elaborada mesura, resultaban irrebatibles. Con mayor diafanidad y acuidad de lo que podría explicitar el observador corriente, el eximio pensador exponía lo que para él constituía también una realidad innegable. No obstante la ausencia de libertades públicas, las musas se cultivaron con asiduidad y fuerza por un pueblo en el que los estragos abisales de la contienda fratricida y las incontables cortapisas del sistema dictatorial no lograron cegar las fuentes de la creación cultural en sus variadas corrientes. Las herencias del Siglo de Oro y el legado más cercano de las grandes generaciones del 98, 14 y 27 no podían disiparse instantánea y completamente por abarrotado que fuesen el pasaje de la “cuarta carabela” del exilio cultural ultramarino y elevado el censo de las personalidades asesinadas y perseguidas durante el conflicto y la fase de la posguerra.
Estudios de incontestable valor, aportaciones y hallazgos fecundos y, a las veces, descollantes se agolparon en varias ramas del saber y la creación intelectual. El adanismo no tiene vigencia en ningún plano de la existencia científica ni cultural. Si en muchas áreas del conocimiento superior y de las artes y letras de la España de los primeros tramos de la restauración democrática sus frutos poseyeron, en expresión de época, “nivel europeo”, ello se debió en buena medida e incuestionablemente al humus investigador o a los firmes sedimentos que los alimentaron. Sus afanosos apologetas no debían de olvidarlo, al igual que los aristarcos de las obras artísticas y culturales alumbradas en tiempos del franquismo tampoco tendrían que empecinarse en una requisitoria general de la educación y cultura de los días de la dictadura. La corrección gramatical y el caudaloso saber que rezuman las páginas de sus escritos es probable que en buen número de casos haya que endosarlos a la deuda contraída con los competentes maestros y profesores que en dicho tiempo cumplieron ardidamente con su excelsa misión.