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Aparicio

viernes 28 de mayo de 2010, 21:56h
La historia del toreo, paralela en su discurrir a la historia de la Cultura, mayormente española, tiene un apéndice que estás o en la memoria o en el Cossio. Este triste “apartado” debió encomendárselo el máximo antólogo de la Fiesta a Ernesto Hemingway. Buitre, luego carroñero, que vino a España ávido de veranos sangrientos.

Las muertes de los toreros, merced a los grandes cirujanos que son sus ángeles de la guarda, han sido no solamente paliadas sino “abolidas” en las plazas de toros y no solamente las españolas.

En Aguascalientes se produjo una gravísima cornada que desgarró el cuerpo de José Tomás, que a fuerza de coraje y tributando impuestos de sangre , la forja de un valiente, pasó ya de mítico a mito. No entremos en su calidad porque a los mitos nada debe discutírseles.
Desgraciadamente ese lugar en la mitología va acompañado por la tragedia. Que gravita, desde que comienza el paseíllo, sobre todos los que actúan en el escenario, de arenas movedizas, llamado ruedo. Los más grandes toreros, además de ejercer como héroes, han sido también mártires. Felizmente la mayoría salvaron la vida; pero no pudieron hacerle un quite a sus bautizos, primeras comuniones y bodas de sangre.

Recordemos a los que, se decía, era imposible que matase un toro si no les arrojaba un cuerno a distancia. Entre ellos los más sapientes, con su máximo santón al frente: Domingo Ortega. Y otros, verbigracia “Joselito”, “Granero”, “Manolete”,”Yiyo”, fueron víctimas propiciatorias pese a su sapiencia del oficio.

Tampoco se libraron de los percances graves los toreros conceptuados como “artistas” que arrastra n la coletilla de “medrosos”. La mayoría de ellos fueron castigados gravemente.
De ese grupo escaso, exquisito, salió Julito Aparicio-el diminutivo sigue empleándose en recuerdo a Julio Aparicio, el grande.
Sus padres quisieron que naciese sevillano porque Sevilla era el amor que no se le acababa de rendir a Julio. Y su mujer, Maleni Loreto era sevillana, “cuchichí”, agitanada que es la iniciación a la gitanería grande.
Julito nació trianero y, además, respondió al “diseño”, al sueño de sus padres.
Julito no solamente heredó la sapiencia taurina de su progenitor, sino que llevaba el duende engarzado en algo que no se aprende, que es la sensibilidad. A ningún padre torero le gustaría que su hijo recogiese su herencia taurina, pero, íntimamente, le agradaría verlo triunfar en los alberos.

Una tarde debutaron, casi por juego, en Arenas de San Pedro, tres “juniors” de tres grandes maestros. Miguelito Báez, quinto o sexto “Litri” de una gloriosa dinastía. El hijo del grandísimo Paco Camino. Un muchacho de Huelva que no llegó a ser profesional del toreo. Y Julito Aparicio. Parecía resignado a no torear profesionalmente porque no era deseo de sus padres.

Días más tardes me convocó en despacho un amigo común mío y de los Aparicio. Julito, auspiciado por Casado y por Miguel Flores -¡nacido para mecenas- iban a auspiciar a Julito que, al igual que su padre, torearía directamente con picadores.

Debutó en Levante, el de los toreros grandes, y se armó el revuelo. He visto torear a las grandes figuras de los ruedos. En Arte, lo que se dice en artista, ninguno alcanzó sus dimensiones (Recuérdese Sevilla, Madrid…).

Además de su herencia “aparicista”, en su cuadrilla no faltaba jamás el indefinible duende lorquiano que le permitía vivir en la ortodoxia exigida por las Bellas Artes, en cuyas reales academias deberían ocupar sillón los toreros.

La biografía de Julito tiene, para los aficionados, un largo paréntesis. Primero la vida, siempre la vida. La vida que se le escapó a borbotones, la sangre derramada en su cuerpo, en la “Monumental” plaza madrileña.
Otra cuadrilla que se viste de blanco o verde en casos de necesidad, la de García Padrós, estaba en el callejón. Después se hizo el milagro, continuado en un gran hospital madrileño.

Las impresionantes fotografías de la cogida dieron la vuelta al mundo. ¡Lástima que sea necesaria una tragedia para colocar cada cosa en su lugar!.

Vuelvo a creer en los milagros. Y a querer que los siga realizando, sin bodas de sangre, este Julio Aparicio al que capotes de paseo y de brega, muleta y espada, se los ponen en sus manos mágicas los cuatro ángeles de su celestial guarda.


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