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crítica

[i]Rabia[/i]: drama que sacrifica la intriga a costa de insistir en la tragedia y la injusticia

sábado 29 de mayo de 2010, 20:23h
Este viernes se estrenó la película dirigida por el ecuatoriano Sebastián Cordero y producida por Guillermo del Toro, que fue, sin duda, la gran vencedora en la pasada edición del Festival de Málaga. No sólo se alzó con el Premio más importante, la Biznaga de Oro al mejor largometraje, sino que también se hizo con los premios al mejor actor de reparto, para Alex Brendemühl, a la mejor fotografía, para Enrique Chediak, y para su protagonista masculino, el mejicano Gustavo Sánchez Parra, que recibió una mención especial.
La cinta, claustrofóbica tanto en la narración de los hechos, que suceden en su inmensa mayor parte en el interior de un enorme y destartalado caserón del norte de España, como en la propia acción, que tiene como protagonista a un inmigrante ecuatoriano, José María, interpretado por Sánchez Parra, a quien su carácter introspectivo y autoalimentado de rabia va transformando a lo largo del filme en un ser literalmente consumido y encerrado en un hostil e incomprensible día a día. Cuando arranca la historia, nos encontramos a un hombre fuerte, conquistador, celoso y enamorado de la mujer con quien ahora comparte su vida: otra inmigrante, ella de Colombia, que trabaja como empleada de hogar para el matrimonio Torres, propietario de la tétrica casa en la que se desarrollan los hechos e interpretado por dos actores de más que reconocida solvencia como Concha Velasco y Xavier Elorriaga.

Pero José María, trabajador de la construcción, no cuenta con esa aparente seguridad en sí mismo para hacer frente a lo que él percibe como actitud xenófoba de todos los que rodean a la pareja. De hecho, el problema de la inmigración es también el núcleo de la historia, a pesar de que no aparecía en la novela homónima de Sergio Bizzio en la que se basa la película. Su director asegura haberlo introducido a raíz de una conversación con Berta Navarro, la socia de Guillermo del Toro, como forma en engrandecer más los hechos. De modo que el protagonista se siente presionado por ese entorno racista y su rabia le hace meterse en problemas, como la paliza que propina a uno de los tipos que piropean a Rosa, su chica, y, finalmente, acabar por verse involucrado de lleno en la muerte de su capataz, con quien, cegado, una vez más por la rabia, mantiene una dura discusión que acaba de la peor forma posible.

A partir de ese momento, los hechos se trasladan a la vida de los Torres, ya que es en su casa donde José María se esconde de la policía. Por una parte, porque no sabe a qué otro lugar acudir, y, por otra, para no alejarse de su amada que está esperando un niño, y a quien, sin embargo, oculta su presencia en el abandonado ático de la casa, desde el que vigila todos los movimientos de los miembros de la familia. Con un desenlace claramente irregular, la cinta, que, en ocasiones, llega a resultar prometedoramente intrigante, va en realidad sacrificando las dosis de intriga a costa de una tragedia que muy bien podría haber formado parte de un conjunto final que combinase el drama con el misterio. Sin embargo, los posibles misterios se desvelan antes incluso de que el espectador pueda saborear su planteamiento y lentamente el filme se consume, igual que lo hace el infeliz protagonista que durante el rodaje perdió casi 13 kilos para interpretar a un personaje, que, por otra parte, tampoco logra que el espectador se identifique con casi ninguna de sus erráticas conductas.




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