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La vida y la lidia

lunes 31 de mayo de 2010, 18:54h
Se acabó la Feria de San Isidro, este año declarada por la Comunidad de Madrid como de interés cultural. Ha sido la respuesta de Esperanza Aguirre a la polémica sobre la prohibición de las fiestas de los toros en Cataluña. Dejando al margen a defensores y detractores lo que no cabe duda es que los toros y la tauromaquia forman parte de la idiosincrasia de España, de la península de la piel de toro. Por mi parte he de decir que no soy taurino, aunque me fascina la estampa del toro bravo y ese saber estar delante del peligro que tiene el buen torero. Lo que sí me gusta de los toros es la jerga, el lenguaje taurino. El paso de los siglos ha ido dejando en el castellano huellas que denotan la presencia de lo taurino en nuestra cultura. Y así podemos constatar que la jerga taurina trasciende su ámbito propio y la empleamos en sentido figurado, metafórico, para referirnos a la vida. Vean si no.

En la vida como en la lidia hablamos de faenas, algunas son buenas y salimos por la puerta grande, otras veces la suerte no acompaña y nos hacen una mala faena. Hay gente que ve los toros desde la barrera, opinando desde una posición cómoda sin estar implicado, y hay gente que se arrima, que sabe estar bien plantao pisando terrenos comprometidos. A veces en la vida las cosas se complican y necesitamos a un amigo que nos eche un capote. En la lidia es esencial la pica, es el llamado tercio de varas, los picadores son los más silbados y criticados de la fiesta, pero sin ellos el toro no humillaría y no sería posible la faena. En la faena de la vida también precisamos pasar por la pica del sufrimiento. Dicen que el dolor es el gran maestro de la vida y que nadie se eleva sin pasar por el trance del dolor. En algunas ocasiones hay quienes precisan, precisamos, de una buena puya y sólo así aprenden, aprendemos, la lección de la humildad. Y es también ahí, en la manera de enfrentarnos al sufrimiento donde apreciamos la fuerza del carácter, si hay bravura se pelea y uno se entrega a fondo, pero si uno es manso buscará la salida y no admitirá el puyazo.

Hay gente valiente que coge al toro por los cuernos, que se va a los medios y son capaces de ponerse el mundo por montera, pero hay otros con miedo a todo, que reculan y acaban acochinados en tablas. A veces decimos que algo es descabellado y otras que nos van a dar la puntillá. Pero hay más, el buen torero tiene que torear con ambas manos, también al natural, que es echarse la muleta a la izquierda. Igual ocurre en la vida donde tanta mano izquierda suele hacer falta para torear algunas situaciones comprometidas.

En las capeas los que se ponen delante de la vaquilla suelen estar tensos e inquietos, gritan o chillan y no paran de moverse. Si comparamos la escena con la de un matador ante un toro serio, con trapío y de seiscientos kilos de peso, notaréis en seguida una diferencia: el buen torero no descompone la figura ante la embestida del astado, se mantiene bien plantado sobre el albero y da muletazos con temple. La faena tiene cadencia y algo surge en esa estampa entre toro y torero, es la estética. Hay quienes hacen del toreo un arte y eso también tiene su paralelismo en la vida, es el ars vivendi, gente que tiene sabiduría de vida, que saben vivir la vida, que dan vida a los días y no se conforman con acumular días de vida sin más.

Parar, mandar y templar, ése, dicen los taurinos, es el secreto de la lidia y también de la vida. Parar es detenerse, considerar, no dejarse llevar por los acontecimientos y meditar con prudencia. Mandar es saber llevar las riendas, sortear bien los peligros que acechan, saber estar en los terrenos comprometidos, ejecutar bien las distintas suertes. Y templar es poner calma en la tempestad, serenar en la agitación, silenciar tanto ruido.

Hay también en ambas, lidia y vida, maestros, lances, engaños, cuernos, corridas, cornadas, querencias y largas cambiadas. Pero sobre todo hay algo trágico y sublime en las dos, la hora de la verdad, esa hora en la que se toma la espada, cesa la música y se hace el silencio… esos silencios de la Maestranza.

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