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Las Ventas

Brillan los capotes en la tradicional corrida de la Beneficencia

jueves 03 de junio de 2010, 01:49h
Este miércoles en Las Ventas, la tradicional corrida de la Beneficencia. Buena corrida de Núñez del Cuvillo y excelentes intervenciones con el capote de los tres espadas, destacando sobremanera la firma de "Morante".

De Alcalá a Las Ramblas

Se susurraron las ramas un no se qué sobre Morante y Luque. En la calle Alcalá, con las gentes en las terrazas a la sombra de una cerveza. De esos árboles que nadie echa en cuenta al pasar, salió un teletipo de lenguaje cifrado de lo que pasaba en Las Ventas, hasta atravesar Madrid y llegar, de rama en rama, de hoja en hoja, de susurro en susurro, de viento en viento, hasta la arboleda de Las Ramblas. En Barcelona, donde gentes parecidas en sangre, hueso y piel, también se aliviaban los sudores a la sombra de unas cervezas y al lado de árboles semejantes a los que tampoco nadie echa en cuenta. Aquí y allá. No somos tan diferentes y menos si todos escucháramos más el susurro de los mismos árboles que nos acompañan. Aquí y allá. Que tienen el mismo verde en primavera, el color del toro castaño y retinto idéntico en las hojas por otoño, y el mismo gris de tronco urbano en invierno. Si echáramos en cuenta, a través de la lucidez, lo que nos hace iguales y se desterrara el mensaje bífido y perverso, cainita y chiringuitero de la política en toros, nadie se preguntaría que algarabía le entró por las hojas a la arbolada para desatar tanto susurro. Ni que es lo que pasaba tras el eco lo de los olés nacido en ese recinto de locos bestiarios llamado plaza de toros. Pasaba que estábamos viendo torear. Aquí y allá.

Incluso después de tanto día de silencio de árboles y de menosprecio al arte del toreo, esto es tan inexplicablemente milagroso que, al relance de lo que puede pasar, nos sentamos en la piedra. Y al relance de ese relance esperamos algo que, si sucede, como sucedió en los cuatro quites de Morante y Luque al tercer toro, nos anima a seguir más allá de lo visto, a continuar esperando. ¿Cuánto duró un lance de Morante o alguno de Luque, o una de sus chicuelinas? Dirán allá algunos que exactamente lo que diga el segundero de un reloj. Yo les aseguro que uno de esos lances dura eso y mil mundos y tiempos más, pues se prolongan a la espera de otros o de de su continuación trasmutada en muletazo. Duran tanto que se extienden, se viven en cada rostro, en cada par de ojos y en cada ronquera. Duran más que un cuadro de Veláquez o de Picasso, porque no necesitan de restauradores ni certificados de garantía de origen. Un lance, uno sólo, es tan arte porque dura hasta que ya nadie pueda contarlos sin que le nazca el brillo en los ojos. De generación en generación. Es arte porque dura hasta cuando ya no exista sobre la tierra ser humano alguno. Aquí y Allá. Es arte porque no se puede prohibir. No hay ley que borre el brillo de unos ojos.

Fue la tarde de calor y de realeza con la Infanta Helena arriba en el palco. Para esta tarde tan madrileña, se embarcó una corrida absolutamente sevillana por hechuras, preciosas capas, tipos, bajos de agujas, cortos de manos y estrechitos de sienes. Para hacer el toreo que luego susurran los árboles desde aquí hasta Canaletas. En una mazorca del primero de ayer cabían todas las mazorcas de los de Cuvillo. Fue corrida de ir a menos, a veces bastante a menos. Pero con un toro de calidad idéntico a la calidad de sus hechuras, el segundo, y uno bravo, gastado en tanta obra de arte, el tercero. Si la corrida dura es de escándalo. Nos quedamos con los que vimos, con unos minutos que llegaron al rescate de tanto día de luto y que son el alimento de nuestros dioses de aficionados para un montón de días después.

Iba la tarde en medias tintas, cuando salió del peto el segundo, primer puyazo, toro bajito, fino, tapándose por una cara palante y para arriba, que de frente enseñaba las palas. Sin clase el toro se vio en un quite deprisa por chicuelinas de Luque. A la salida del segundo Morante se fue para allá, aquí y allá, ramas y hojas, y le dio por pegarle cuatro lances con la naturalidad del agua, dos por el pitón derecho cumbres, vuelos por delante, suave que no lento, muñecas de algodón, saliendo el toro bebiendo de los mismos vuelos hasta llegar una media que vimos mirándonos la cara de felicidad. Le echó Luque lo que hay que tener, que es mucho después de lo vivido y le enjaretó otro manojo de verónicas con el torero trasmutado pues ya no se parecía en nada al que habíamos visto este año. Compás y juego de brazos bien medidos. Y con desparpajo de lo que cuelga, ahí lo tiene usted, señor Morante y éste que va y hace por chicuelinas que Madrid se ponga de bien, arrebujado, reunido, manos bajas, vuelos sueltos, en baile, de verdad, por bulerías. Y ese Luque que le replica con otras como más por tango, más recias, muy toreras. Y los árboles comenzaron a parlotear. No estamos tan locos. O si. Me vale madre.
Esa fue la tarde sin olvidarnos de más capote. Morante: los lances breves de seda al breve jabonero cuarto, toro sin fondo y rajado. Y recordando la actitud de Cayetano haciendo el quite de Ronda para replicar a Morante en el cuarto: larga, capote recogido por detrás y ganoeras. Uno anterior por cordobinas del mismo torero, muy limpias y de buen aire. Tuvo actitud Cayetano, y mucha puesta en escena en la forma de ir y colocarse, pero se amontonó con el segundo, toro de gran calidad que pidió sitio, hueco, para no afligirse, y la faena no fue lo esperado. Era pronto y en la mano. El sexto se descastó pronto, era para ir buscarle después de cada pase, pero él eligió evidenciar colocaciones y cites.

Creció Luque hoy pues algunos muletazos al toro de los quites fueron lentos, otros menos, pero con el argumento a favor del toro a menos, gastado. Momentos en la forma de enganchar y embarcar con la derecha y con la zurda nos regresaron a ese Luque de esperanza, aunque nada fuera redondo. Los dos toros de Morante fueron lienzos sin blancura: el primero de movilidad a menos y protestada y el cuarto rajado. De eso también hablaban los árboles, desde Alcalá a Las Ramblas, de la espera, de la ilusión por lo visto y por lo que, quizá esta tarde, dentro de unos minutos, o mañana o dentro de diez años, vuelva a suceder. Esa es la definición del arte del toreo. Que dura lo que va a durar el ser humano.

Más información: www.mundotoro.com
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