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El antifranquismo como banalidad

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 07 de junio de 2010, 20:22h
En el revival del antifranquismo más cerrado al que hoy se asiste en todos los escenarios mediáticos aparece peraltada una faceta que en sus manifestaciones precedentes ocupó un plano secundario. En su expresión anterior, la noble identificación con la democracia y las libertades, la pulsión exaltada ante las tropelías y mezquindades de la dictadura y, en fin, la oposición ideológica e íntima frente al régimen constituían la esencia y el resorte principal y último de la actitud de sus enemigos. Hodierno, como acaba de recordarse, el panorama es algo distinto. En una porción considerable y creciente de los adversarios del franquismo las referencias a los tractos de su biografía personal son cada vez mayores, relegándose o desdibujándose así las motivaciones doctrinales y su incardinación en el ámbito del pensamiento.

Un observador atento del fenómeno quizá encuentre en él, sin embargo, la simple plasmación de una corriente de alcance más global. Huérfano de los grandes acontecimientos políticos y bélicos que pautaron la existencia de las generaciones pasadas, el español medio –también podría afirmarse, aunque acaso con menor fuerza, que el europeo medio-, cuyo horizonte histórico queda enmarcado por la sombría dictadura y la abrillantada Transición, no encuentra otras fechas o hitos señalados de su andadura individual y colectiva que los acabados de mencionar. De ahí, pues, su continua alusión a una y otra página de nuestro inmediato ayer, sobre el que se proyecta su existencia personal y comunitaria.

Una visión de más ancho planteamiento contemplaría el hecho apuntado cómo lógico y normal. Nuestros abuelos, por ejemplo, jalonaron su peripecia vital con las efemérides de 1898, 1909, 1914, 1917, 1923, 1931 y 1936 y 1939. Con un promedio de vida asaz menor que el de las generaciones de finales de la centuria novecentista, los hombres y mujeres de dicha época encerraron en su acervo histórico sucesos de la mayor importancia y gravitación en la trayectoria nacional y mundial. Cualquiera de tales fechas tuvo detrás de sí y contenía un proceso social y político de notoria, cuando no de insuperable magnitud colectiva, capaz de remecer memorias y recuerdos en grado muy alto en un porcentaje harto elevado de sus protagonistas y testigos. El recitado de las “batallitas” de nuestros ancestros más próximos era, por descontado, incomparablemente más rico desde el punto de vista de eventos, lances y peripecias que el de los actuales. “El yo estuve allí” se ha descubierto siempre como un acicate poderoso de la actividad –igualmente, según la ocasión, de la vanidad…- de los terrícolas.

El haber combatido con mil armas al franquismo –desde la protesta callejera y la denuncia más o menos visibles de sus vicios y maldades hasta la serena e íntima impavidez cara a su adoctrinamiento y propaganda- ha de contabilizarse, naturalmente, como un servicio mayor a una convivencia superadora de la tragedia de la guerra civil y a su encauzamiento definitivamente democrático. Pero caer en la tentación del narcisismo histórico, con sobretasa desmesurada o alhacarienta de egos inembridables, entrañaría, incuestionablemente, rebajar el nivel de exigencia de cualquier repudio de la opresión y el despotismo.
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