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controvertida sede del Mundial

¿Es Sudáfrica el país unido, igualitario y democrático que soñó Mandela?

sábado 12 de junio de 2010, 10:47h
Dos décadas después de que la salida de 'Madiba' Mandela de la cárcel supusiera el fin del sistema racista del apartheid, Sudáfrica, el apéndice dorado austral del continente africano, sigue inmersa en una difícil situación sociopolítica. Con índices de violencia e inseguridad ciudadana impropios de un país desarrollado, con la terrible sombra del sida asolando el país y un racismo encubierto que, de vez en cuando, recuerda los años más oscuros de régimen segregacionista, los sudafricanos luchan por salir adelante y materializar el sueño de Mandela, un país unido, igualitario y democrático.
Los científicos dicen de ella que es la cuna de la Humanidad, acoge algunos de los veinte ecosistemas más importantes de la Tierra y en sus entrañas crecen silenciosas las piedras preciosas que alimentan la industria del lujo mundial. Al mismo tiempo, Sudáfrica es el país con el mayor índice de contagio por el virus del sida, sufre una violencia y una inseguridad ciudadana preocupante, fruto de unas brutales diferencias sociales; y la sombra del racismo, triste herencia del apartheid, sigue sobrevolando la nación verde y dorada. Estos son sólo algunos de los aspectos antónimos por los que es conocido uno de los países más atractivos del globo.

Gran parte de las lacras que arrastra Sudáfrica tiene su germen en el brutal régimen segregacionista del apartheid ('separación' en lengua afrikaner). Proyectado por los pastores protestantes Daniel François Malan y Johannes Gerhardus Strijdom a finales de la década de los años 40, este sistema racista promulgaba la división total entre blancos y negros. De la noche a la mañana, un país entero se vio roto en dos. A un lado, los afrikaners, descendientes de los colonos holandeses y británicos que llegaron en masa desde Europa en el siglo XVII. En el otro, los negros, legítimos herederos de los primeros habitantes de la tierra ocre que cubre Sudáfrica.

A lo largo de medio siglo, esta sociedad fragmentada, constituida por 400 etnias diferentes y amenazada por una brutal represión por parte de un estado policial vivió en sus propias carnes centenares de crímenes raciales que hicieron crecer el abismo entre ambos sectores. Fue durante estos años cuando nació el Congreso Nacional Africano (CNA), bastión paramilitar de los sudafricanos negros. Entre sus bases surgió su líder espiritual: Nelson Mandela, premio Nobel de la Paz en 1993 y, por aquel entonces, un elegante abogado.

El preso 46.664 fue durante tres décadas el símbolo de la represión. Encarcelado en varias penitenciarias, entre ellas la temida de la isla de Robben, Mandela se convirtió durante años en la esperanza de la población negra frente al apartheid. Los blancos le tachaban de terrorista y asesino. Los negros le veían como un mesías. Él sólo dice haber sido un luchador por los derechos de su pueblo.

¿Reconciliación nacional?
El asesinato de Eugene Terreblanche, líder y fundador del Movimiento de Resistencia Afrikaner asesinado el pasado 3 de abril, puso de manifiesto el racismo encubierto que todavía carcome a Sudáfrica. Terreblanche fue asaltado en su granja de Ventersdorp por tres empleados suyos de raza negra.

A pesar de que la abolición del apartheid abrió un periodo de reconciliación nacional, lo cierto es que aún existen muchos recelos raciales entre las dos grandes comunidades del país. Los afrikaners siguen ostentando las grandes fortunas del país y en su poder están las empresas nacionales clave en industrias tan variadas como las piedras preciosas, la alta tecnología, el vino o el armamento. Los afrikaner viven con el miedo siempre presente de que el gobierno, de mayoría negra, inicie una campaña de expropiación de tierras como la que en su día puso en marcha Robert Mugabe en Zimbabwe.

Más de tres lustros después de la salida de 'Madiba' de la cárcel, la segregación social sigue muy palpable en el país. La élite blanca sigue copando las universidades y la educación privada, las grandes fortunas o los puestos clave en el mundo empresarial. Los negros se limitan a ocupar la base social y la administración pública, fruto de un gobierno ininterrumpidamente negro que ya dura más de 16 años.

Sudáfrica sigue siendo dos países al mismo tiempo. El gran avance que supuso la reconciliación auspiciada por Mandela fue eliminar el componente político de esta segregación. Sobre el papel, todos los sudafricanos tienen los mismos derechos y deberes civiles. Sobre el terreno, cada bando mira con desconfianza hacia el futuro y con cierto recelo hacia la otra raza. Desde la desaparición del apartheid, cerca de un millón de sudafricanos blancos han optado por emigrar, sobretodo a Inglaterra y Australia, ante el incremento de los delitos y la proliferación de la discriminación positiva, tanto en el sector público como en el privado.

"El sida se cura con una ducha"
A pesar de ser el estado africano con mayor índice de desarrollo económico y social, de ser un actor internacional de primer orden y de contar con un PIB comparable con el de países como Argentina, Dinamarca o Finladia, lo cierto es que la gran e histórica lacra de Sudáfrica es otra: el sida. El país austral es el que cuenta con el mayor número de infectados del planeta con más de ocho millones de personas víctimas del virus VIH.

Jacob Zuma, actual presidente de Sudáfrica y uno de los personajes más estrambóticos de todo el continente, señalaba hace unos meses que no le parecía que el sida fuera un problema sanitario sino uno de higiene. La raíz de tal afirmación está en que el político ha promulgado en varias ocasiones que uno de los métodos más efectivos para esquivar el mortífero virus es ducharse después de mantener relaciones sexuales.

De no ser por los millones de infectados y los 300.000 muertos que deja el sida cada año sólo en Sudáfrica, la afirmación tendría algo de cómico. Pero, por increíble que parezca, la visión de Zuma no es tomada como una extravagancia por estas latitudes. Las creencias tribales y rituales demonizan el uso de cualquier método anticonceptivo, lo que hace que el número de infectados se mantenga altísimo (uno de cada cinco adultos), sobretodo entre la población negra, a pesar de las enormes campañas públicas para erradicar la enfermedad.

Violencia e inseguridad
Sin duda, el contratiempo, por no decir la sorpresa desagradable, que más se encontrarán los turistas y aficionados que viajen a Sudáfrica durante la Copa Mundial de fútbol será el de la inseguridad en sus calles.

Los índices de delincuencia de Sudáfrica son de los más altos del mundo y es considerada por Naciones Unidas como una de las regiones de paz con mayor índice de criminalidad de todo el planeta. Para paliar la ola de violencia e inseguridad que se espera se produzca durante el campeonato, las autoridades sudafricanas han destinado a 40.000 de los 190.000 agentes del país, a la protección del Mundial.

Sudáfrica, con 18.148 asesinatos en un año y más de 5.700 delitos graves al día, es uno de los países más peligrosos del mundo con una media de de 50 muertes violentas al día.

A falta de otras medidas para reducir la delincuencia, el país reformó el año pasado la Ley para permitir a la Policía hacer uso de las armas de fuego contra supuestos delincuentes. Eso ha llevado a que numerosas organizaciones civiles y de defensa de los Derechos Humanos hayan manifestado su protesta, ya que se han producido numerosos casos de personas inocentes y no relacionadas con ningún delito muertas por disparos de policías.

Símbolo 'afrikaner'
Es su religión, su forma de entender la vida. El rugby es para los blancos sudafricanos la máxima expresión de su forma de ser y de vivir. Durante años, el deporte del oval ha sido uno de los grandes símbolos de la represión del régimen apartheid. Adorado por los blancos, odiado y denostado por los negros.

Hasta que no llegó el Campeonato Mundial de rugby de 1995, un torneo que fue otorgado a Sudáfrica pocos años después de que se le levantara el veto a toda competición deportiva internacional como sanción por su sistema segregacionista, los negros, de la mano de Nelson Mandela, no vieron que el rugby era también un referente muy arraigado de su país.

A lo largo de décadas, el 'XV Springbok' era una alineación de duros y toscos 'afrikaners' curtidos en granjas familiares en las que el terreno de juego eran las áridas y yermas estepas. Hoy en día, el combinado nacional, a pesar de ser mayoritariamente blanco y contar entre sus filas con nombres tan poco africanos como De Villiers, Schalk Burger, Du Plessis, Steyn, Matfield o Smit, se está convirtiendo, poco a poco, en fiel reflejo del crisol de culturas que baña el país. De este modo, empiezan a surgir 'hijos de la tierra' como Brian Habana, uno de los mejores jugadores del mundo; Tendai Mtawarira, apodado 'La Bestia'; Ricky Januarie, uno de los cerebros del equipo; Odwa Ndungane o Chiliboy Ralepelle que lucen con orgullo la antaño odiada camiseta verde y dorada.


Los 'Springboks' multiraciales cantan el himno nacional sudafricano.


Fue Mandela, como no, el que entendió antes que nadie el poder de influencia y la ascendencia que tenía el rugby sobre los blancos sudafricanos. De este modo, durante los 27 años que estuvo en la cárcel, se empapó de la cultura oval para luego usar el deporte como nexo cultural con el que unir al país. Las victorias de los 'Springboks' en los mundiales de 1995 y 2007, sobretodo la primera, han puesto de manifiesto lo acertada que fue la estrategia de 'Madiba'.

Tras alzar la copa, Sudáfrica entera se echó a la calle sin mirar el color de la piel, sin ver las diferencias. Ya no las había. Durante varios partidos del torneo, los sudafricanos negros apoyaron a todo aquel equipo que jugara contra su país. El juego y el sentimiento de unión pudieron con el rencor. Ese mismo sentimiento es el que se espera que consigan los 'Bafana bafana', la selección de fútbol, en un momento en el que el racismo ha vuelto a aflorar con fuerza entre la sociedad del país.
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