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El final del Estado del bienestar

jueves 10 de junio de 2010, 20:02h
Fabrizio del Dongo, el joven protagonista de La Cartuja de Parma, una de las más célebres novelas de Stendhal, participaba en la crucial batalla de Waterloo sin comprender qué sentido tenían los grandes movimientos de tropas que se efectuaban a su alrededor y, sobre todo, sin poder concebir en modo alguno la supuesta trascendencia del momento histórico. Desde entonces se ha convertido en un lugar común la cita de dicho episodio como muestra de la necesidad de un cierto distanciamiento para calibrar la importancia de los sucesos que ocurren en nuestra vida. Dicho de otra manera, no por estar en el ojo del huracán contemplamos mejor la tempestad. A menudo ocurre lo contrario: los árboles no nos dejan ver el bosque, para expresarlo con la contundencia del conocido refrán español. Algo así parece que nos está pasando con la tan traída y llevada crisis que, siendo de raíz económica, presenta cada vez más claros síntomas de una crisis total que terminará afectando a nuestra forma de vivir, nuestros valores y nuestras expectativas.

En un artículo anterior (véase La argentinización de España) me refería a las coordenadas nacionales de la situación. Sin quitar una coma de lo que allí sostenía, es de justicia reconocer que las dificultades españolas, por más endógenas que sean algunas de sus causas, son similares a las que atraviesan buena parte de los países desarrollados. Ya sé que esto no es lo que la gente desea oír porque, irritada con razón con un gobierno inepto y una situación agobiante, quiere culpables cercanos y reconocibles que desempeñen la función de “cabezas de turco”. Sin embargo, en honor a la verdad, no deben dolernos prendas -¡antes al contrario!- en admitir que en lo esencial las raíces de la crisis son más profundas y no pueden entenderse plenamente en ningún caso con la miopía del rasero nacional: afectan -aunque también es cierto que no por igual o con la misma gravedad- a todo el mundo desarrollado, porque no es en ninguno de los procesos un problema local o específico, sino una cuestión que atañe a la esencia misma del sistema que compartimos, lo que se llama “Estado del bienestar”. Y, como antes apuntaba, no debemos engañarnos: lo que en principio parecía o empezó siendo una crisis financiera tiene todos los visos de convertirse en una honda fractura de un modo de vida y un sistema de convivencia.

Da igual que sean gobiernos conservadores o socialistas, de índole tradicional o populista, con mayorías absolutas o sostenimientos precarios: en la mayor parte de Europa -y en los Estados Unidos-, con leves diferencias que para este análisis resultan irrelevantes, lo que está en juego es básicamente lo mismo, el déficit del Estado, es decir, la (in)capacidad de una hipertrofiada maquinaria burocrática para sostener de manera indefinida una serie de prestaciones sociales y asistenciales que hasta ayer mismo considerábamos irrenunciables. Unas prestaciones que empezaban en el momento mismo del nacimiento con unas cada vez más sofisticadas atenciones clínicas (gratuitas, claro), seguían con un cheque-bebé y unos permisos de maternidad (y luego también de paternidad), un sistema de guarderías, una escolarización desde temprana edad, una enseñanza obligatoria que llegaba hasta la Universidad -todo gratuito, por supuesto-, unas ayudas cuantiosas ante la menor contingencia vital, una incorporación cada vez más tardía a la actividad laboral y unas jubilaciones cada vez más tempranas (hasta el punto de que más de una generación ha trabajado bastante menos de un tercio de su trayectoria vital).

Con la prolongación de la esperanza de vida cerca de la barrera de los noventa años, una población mayoritariamente envejecida disfrutaba de los “derechos adquiridos” durante un lapso cada vez más prolongado, haciendo uso de unos cuidados sanitarios, unos servicios asistenciales y unos equipamientos culturales que en su imparable multiplicación cada vez se asemejaban más al célebre juego del ilusionista o aquellos interminables cachivaches que la inolvidable Mary Poppins de nuestra infancia extraía de su bolsón: habíamos llegado a creernos que aquello era un pozo sin fondo y que podíamos pedir indefinidamente. El Estado paternal se hacía cargo de todo y, más aún, parecía poder colmarnos a todos. Seamos francos: todos hemos usado primero y abusado después de esa situación. Todos -en mayor o menor medida- nos hemos beneficiado de una prosperidad que en nuestro fuero interno -al menos los más lúcidos- sabíamos insostenible a largo plazo. Pero hasta entonces.... ¡que nos quitaran lo bailao!

Podíamos pedir indefinidamente porque la mayor parte de los bienes básicos eran “gratis” o tenían un coste irrisorio gracias a los diversos capítulos de subvenciones. Como sabe cualquier estudiante de economía la demanda de unos servicios de esas características pronto se convierte en ilimitada. Más aún, surgen ayudas complementarias, medidas adicionales, personal especializado y organismos ad hoc en una dinámica imparable. Hasta tal punto había llegado a calar socialmente ese convencimiento que no había en toda la Europa desarrollada partido alguno con posibilidades de gobierno, fuese del signo y carácter que fuese, que se planteara la posibilidad de embridar ese proceso. Al contrario, la tendencia -tan comprensible como demagógica y, en el fondo, letal- era alimentar la dinámica aludida: obviamente, nadie podía seriamente aspirar a gobernar una nación advirtiendo por ejemplo a los pensionistas -un tercio de los votantes reales- que se iban a recortar sus derechos y prestaciones.

Y así hemos llegado adonde estamos. Dejemos de hablar de burbujas inmobiliarias, fraudes financieros, especuladores y conspiraciones. Es cierto que algo de esto hay, pero tarde o temprano el sistema tenía que agotarse, como decíamos en su momento de la economía planificada de la URSS. No se hagan tampoco ilusiones y digan despreocupadamente que ésta es una crisis más y que, pasados los malos momentos, todo volverá a ser como antes. Todo apunta a que no todo volverá a ser como antes. No es que se vaya a hundir el mundo, es que simplemente, tarde o temprano, tenemos que acostumbrarnos a otra clase de vida. Unos lo sufrirán en mayor grado que otros, claro está. No van a desaparecer de la noche a la mañana la atención sanitaria, la escolarización, las pensiones y tantas otras ventajas de nuestra sociedad y nuestro modus vivendi. Pero poco a poco se tienen que ir transformando. Por las buenas o por las malas, tendremos que irnos acomodando a una nueva situación. Tendremos que dejar de pensar en clave de “mis derechos” para reconocer nuestros deberes, incluso aquellos que más nos disgustan. Como no nos gustará tener que pagar por muchos servicios que ahora son gratuitos. Tendremos que aprender en la práctica lo que ya sabemos en teoría: que nada hay gratuito.

Voy a decir más: quizás sea exagerado hablar, como vienen haciendo diversos analistas, del final del Estado del bienestar. Aquí y ahora expedir ese certificado de defunción no pasa de ser una prospección exagerada, quizás catastrofista y, en todo caso, sin el suficiente fundamento. Como he señalado en otras ocasiones, para subrayar la gravedad de una situación o la trascendencia de un momento, no hace falta tocar a rebato. Los gritos infundados sobre la irrupción del lobo terminan desacreditando al pastor mentiroso o simplemente ofuscado. El momento es suficientemente delicado como para que no haga falta el trazo grueso. Igual que en los últimos años hemos vivido una revolución silenciosa en el campo de las telecomunicaciones (desde el teléfono móvil a Internet), creo que nos toca vivir también una revolución silenciosa de signo contrario que, a corto plazo, hará algo más difícil nuestras vidas. Por primera vez en varias décadas no se nos presenta un horizonte de mejoras y desarrollo indefinido: las generaciones siguientes tendrán que acostumbrarse a empleos más precarios, menos asistencia social y más inestabilidad. Como en tantas otras cosas de la vida –individual y colectiva- la cuestión crucial se puede formular en términos diáfanos: ¿estamos preparados para el cambio?
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