Desgraciada España de los 40
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 11 de junio de 2010, 17:31h
Pocos solares, desde luego más inclementes, en el territorio de la contemporaneidad española, que el tramo denominado hoy académica e historiográficamente “primer franquismo” y, de forma quizá más generalizada y común, la España de los años cuarenta. A su desdichada realidad –luto, pobreza y aislamiento- ha venido a añadirse, en la visión del presente, una sombría y denostada memoria, en la que, de ordinario, es casi imposible encontrar un adjetivo ponderativo o una imagen halagüeña. Toda la sociedad de nuestros días semeja confabulada para trazar el retrato más ennegrecido de uno de los periodos más atormentados del pasado reciente. Según tal pintura, la eversión bíblica sentó en él sus reales y nada quedó a salvo de la justa condena. En el colmo del esperpento, plumas acreditadas y obligadas por su oficio a rendir culto a la objetividad se suman con frecuencia en escritos memorialísticos a tan implacable requisitoria. Con frecuencia dichos autores, a fin de enaltecer los numerosos logros de la época actual, recargan las tintas hasta la caricatura en la reconstrucción del oscuro existir de la España de su niñez y mocedad.
Pero ni siquiera el comprensible orgullo por las conquistas generacionales justifica el encono o la deturpación del pasado. Sin empatía especial con el régimen, con obligada, resignada o pasiva obediencia al poder dictatorial, millones de españoles, con todas las circunstancias en contra, se afanaron, con pulsión semiheroica, por materializar su proyecto de vida –docente, deportivo, religioso, empresarial, castrense, laboral…- y sumar enteros a la reconstrucción del país. Excepto el esencial de la libertad, ningún otro venero fundamental del quehacer colectivo quedó obliterado por entero, manifestándose la vitalidad de una de las grandes sociedades de la historia a través de labores de muy variado espectro, cumplidas numerosas veces con pulcritud material y ética. En un plano insignificante y anecdótico, la ortografía le era muy familiar a los niños de entonces y también, en otro más elevado, el acervo de la civilización occidental –la más plenificante registrada hasta el momento en los anales de Clío-. El trabajo ahincado de incontables maestros y maestras así como de frailes y miembros de las congregaciones religiosas consagradas a la enseñanza fue la causa principal del hecho señalado, un afán desplegado por encima de miserias físicas y morales; las primeras en grado tal vez superior a cualquier otra etapa del último siglo, pero acaso no así las segundas.
Desde cualquier ángulo que se observe el caudal de ilusiones, esfuerzos, autoexigencia y solidaridad de la “España de los 40” no se muestra más reducido que el de tiempos precedentes y ulteriores. Por entre paisajes en ruinas, en ventas, ferrocarriles, cosos taurinos y universidades deambulaba una humanidad que seguía suscitando el asombro admirativo de los viajeros con sensibilidad estética y cultural. Los bajos índices de la economía y los oprobiosos de la política en nada pudieron rebajar la densidad y calidad de la materia prima de un pueblo dispuesto siempre a alistarse bajo las banderas más nobles e idealistas.
Pobre España de los 40. Al rosario de penalidades y sacrificios que escoltaron su duro itinerario, se une ahora la flagrante injusticia de su memoria au noir y la inverecundia de una crítica no siempre motivada.