Es el caso de las bibliotecas Khalidi y Budeiri, pertenecientes a dos de las más prominentes familias palestinas de Jerusalén, cuyos precursores comenzaron recopilando volúmenes que han sido celosamente custodiados generación tras generación.
En Bab al-Silsila, una de las callejuelas del barrio musulmán de la ciudadela antigua, se ubica la biblioteca Khalidi, construida en 1900 sobre la tumba del emir Barka Khan y que data del siglo XIII.
Junto a la sepultura se hallan las de sus dos hijos, que lucharon bajo las huestes de los mamelucos contra los cruzados, histórica antesala de los más de 1.200 manuscritos y 6.000 volúmenes reunidos por el jeque Mohamed Sunallah Khalidi, que da nombre al recinto.
El patriarca declaró el edificio y otras propiedades de la familia ubicadas en la misma calle como "waqf", bien islámico inalienable e intransferible confiado a la comunidad musulmana.

Como viene siendo habitual en la historia islámica, en el universo de descendencia y herencias dinásticas que conforma, la muerte de unos y la llegada de otros, no siempre con el mismo talante, supuso la pérdida de territorios, cambios en la administración, y por qué no, una variable en el modo de entender la cultura y las ciencias, tan importantes en el mundo islámico. Así, tras la muerte del primer conservador y descendiente del jeque, la biblioteca cayó en desuso, aunque uno de los Khalidi, de nombre Haidar, sorteó los intentos por parte de israelíes de adquirir el edificio al considerarlo "propiedad abandonada" después de 1967.
Otro ejemplo de “resistencia cultural” en Jerusalén es la biblioteca Budeiri fundada en 1180. Su fundador, el jeque Mohamad ibn Budeir (1747-1805), natural de la ciudad santa y estudioso de teología islámica en la mezquita Al-Azhar, en El Cairo, (otro de los centros culturales musulmanes por excelencia) destinó gran parte de su vida a coleccionar libros antiguos y manuscritos raros.
Su depósito cuenta con más de 600 manuscritos, de los cuales 18 son originales y fueron escritos por sus propios autores, y 2.200 volúmenes de temática principalmente religiosa.
Una cruzada por la conservación"Mi padre puso un cartel en la puerta y los oficiales israelíes desistieron de confiscar la biblioteca cuando vieron que no estaba abandonada", explica Haifa Khalidi, la única descendiente del jeque Khalidi, que a día de hoy sigue en pie de guerra para que esta biblioteca siga existiendo.
El centro Khalidi ha sobrevivido a la falta inicial de presupuesto para su conservación, los intentos de un rabino de impedir las obras de rehabilitación, y años de lucha para que la Municipalidad de Jerusalén aprobara dicho proyecto.
La biblioteca alberga tesoros como el primer diccionario compilado de kurdo-árabe, o una carta de 1798 fechada en Jerusalén y que advertía al Imperio Otomano de la llegada de "infieles", referencia al desembarco de Napoleón en Palestina.
En los mismos términos habla Huda Imam, directora del Centro de Estudios de Jerusalén de la Universidad Al-Quds. "Israel ha tratado de erosionar la cultura local no sólo expulsando a las familias palestinas sino tratando de erradicar su legado", dice Imam. Incluso se lamenta al afirmar que "muchas obras confiscadas a palestinos han ido a parar a la Universidad Hebrea de Jerusalén".