Investigación científica y guerra de guerrillas
lunes 21 de junio de 2010, 19:40h
El cultivo de las virtudes es fundamental para la ciencia y las comunidades de innovación son básicas para ese cultivo, por esto una gran estrategia de desarrollo de la ciencia debe pivotar sobre ellas. No suele hacerse así, en parte por el sesgo que produce el protagonismo del estado, la clase política, las grandes organizaciones y los medios de comunicación a la hora de definir y aplicar esa estrategia. Estos agentes tienden, por razón de su posición en la sociedad, su experiencia y su proceso de formación y de selección, a dar prioridad a los temas del poder, el dinero y el status así como a fomentar lo que Ramón y Cajal llamaba una “ciencia aristocrática”, de grandes recursos, “cuyo culto (sugería Don Santiago en un tono de amable crítica) exige templos fastuosos y ricas ofrendas”, a la cual oponía “otra ciencia barata, casera, democrática, accesible a los más humildes peculios”, añadiendo que “esta Minerva de los humildes acoge mejor las flores de la meditación intensa que aparatosas y regias hecatombes”.
El estado, las grandes empresas, las grandes instituciones educativas son como grandes cuerpos de ejército, mientras que las comunidades de innovación son como una caballería ligera dividida en multitud de pequeños destacamentos, cada uno con un amplio margen de maniobra. Llevan a cabo sus estrategias de investigación y docencia contando con los medios que les son directamente accesibles y por su cuenta, y con escasos medios, haciendo uso de lo que Cajal miraba con predilección y llamaba laboratorios privados, logran un impacto que puede ser extraordinario. No tienen por qué limitarse a actuar cada uno por su lado. Si establecen alianzas entre sí y aprenden a manejar los mercados, el público y el tejido asociativo de la sociedad, puede ser que esas unidades crezcan y al final se forme una masa crítica operando no como un conjunto compacto sino como una red.
Esto abre la posibilidad de una estrategia alternativa a la protagonizada por las elites, que sería una gran estrategia de abajo arriba, en cierto modo, de guerra de guerrillas. En ella las unidades operativas, relativamente pequeñas, tienen gran dinamismo, no muchos recursos y gran margen de maniobra, son flexibles en su organización interna, evitan depender de las grandes corporaciones y actúan por su cuenta. Pero aunque haga su propia guerra, cada guerrilla ha de tener en cuenta el contexto general, porque éste le proporciona el cuadro de las oportunidades que debe aprovechar y el de las resistencias que debe sortear o superar.
Antes o después establecen alianzas unas con otras, selectivamente, siguiendo criterios de afinidad y de adaptación al terreno, buscándose entre sí por encima y por debajo de las grandes organizaciones y atravesando las fronteras locales y las nacionales. Es lógico que tiendan a unirse con sus aliados naturales, buscándoles, por lo pronto, en un medio de científicos cada vez más amplio y diferenciado. Pero también pueden dirigirse a otras muchas gentes afines, que lo son porque quieren hacer las cosas bien y, por ello, tienen que pensar con orden y averiguar la verdad de las cosas y de los procesos con los que se manejan. Son los docentes que quieren enseñar, los empresarios que quieren sacar sus negocios adelante, los trabajadores que cuidan de su cometido y el producto de éste, los padres y las madres que quieren sacar su familias adelante y educar a sus hijos, y los ciudadanos concernidos por el debate público y la participación cívica. En ese mundo, los científicos pueden encontrar aliados fiables, ingeniosos y perseverantes, gracias a sus afinidades electivas con ellos. La raíz de esa afinidad estriba en que el modelo implícito de la sociedad de los científicos, que es la república de la ciencia, encaja naturalmente con el modelo implícito de sociedad de muchos de esos grupos.
En cuanto al manejo que los científicos puedan hacer del mundo de las elites, les conviene la prudencia. Cómo negociar con el conjunto de las autoridades públicas, los funcionarios, los partidos políticos, los medios de comunicación, las autoridades académicas, los sindicatos o las organizaciones patronales es un problema complicado. Conviene calibrar con ellos la distancia y el trato, y, sobre todo, comprender que el problema general de sus relaciones con las elites, estriba en la doble posibilidad que tienen éstas de comportarse bien como elites responsables bien como oligarquías interesadas, y, a su vez, en la doble posibilidad que tienen los científicos o los universitarios (como en general las gentes corrientes) de comportarse respecto a las elites bien con espíritu de libertad bien con espíritu de servidumbre. Cada combinación de todas estas posibilidades dibuja un modelo de sociedad diferente. Así ocurre con la relación de pareja entre elites responsables y personas libres, que tiene un modelo implícito de sociedad, y con la que se da entre oligarcas y gentes, digamos, serviles, o deferentes, que tiene otro.
Es de vital importancia que los científicos entiendan que la raíz de sus dificultades en el trato con las elites estriba en el desajuste entre el modelo implícito de la sociedad de los científicos, que es la república de la ciencia, de un lado, y la estructura piramidal del modelo de sociedad implícito en determinados aparatos de estado, las oligarquías partidistas, y, en general, las sociedades de corte, de otro. Si este desajuste es acusado, conviene que los científicos reconozcan a tiempo que su alianza con las burocracias públicas y privadas inscritas en una sociedad de corte no suele merecer la pena y puede convertirse fácilmente en una alianza contra natura. Al fin y al cabo, la lógica de la república de la ciencia y la lógica de la sociedad de corte son rigurosamente incompatibles, al menos a largo plazo.
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Sociólogo
VÍCTOR PÉREZ-DÍAZ es catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Director-fundador de Analistas Socio-Políticos (ASP), Gabinete de Estudios, miembro de la American Academy of Arts and Sciences y doctor en Sociología por la Universidad de Harvard.
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