La “normalidad”
José Manuel Cuenca Toribio
viernes 25 de junio de 2010, 20:21h
La normalidad, vocablo con adherencias y eco fuertemente burgueses, goza hoy de incontestable predicamento en los círculos ideológicos y sociales más avanzados. En los ambientes en que la cruzada por la “normalidad” es mayor –así, en ciertas autonomías y esferas intelectuales-, la extensión dada al término rebasa los aspectos lingüísticos y culturales, para abarcar la propia definición de la nacionalidad y el ser histórico españoles. La identidad hispana se ve en dichos sectores a la luz de un pluralismo hipertrofiado, incardinado en vertientes en las que nunca éste se visualizó.
En tal onda, en la alta institución en que reside la soberanía nacional, el Parlamento, se asiste desde unos meses a acá a una auténtica ofensiva dialéctica en pro del empleo sin restricción alguna de los distintos idiomas de uso en el país. La justa reivindicación de las hablas autóctonas da paso, sin embargo, con sobrada frecuencia a verdaderos ultrajes no sólo al pasado, sino a la misma realidad hodierna.
Otro tanto ocurre en punto al tema que quisiéramos que centrase hoy estas líneas volanderas. Igual o más que la “normalidad” lingüística, la de la convivencia en la España actual ha de fundamentarse en la de la visión del más reciente ayer, el englobado por la guerra civil y el franquismo. De sólito, empero, tal “normalidad” entraña una memoria histórica un tanto peculiar y sesgada, y asimismo una caracterización de la dictadura como un sistema de principio a fin totalitario y opresor del pueblo español durante cuarenta años. La inmensa vitalidad, el esfuerzo titánico por superar la hondonera en que lo precipitase un conflicto de autoría plural, son condenados por esta versión al más completo e injusto olvido. El inmenso depósito de biografías y trabajos ilusionados, de obras y tareas hechas con afán de perfección, de libros escritos y cuadros pintados anhelantemente y al margen por entero de las consignas y prédicas oficiales y de los objetivos deturpadores de los aparatos del Poder, es objeto del más absoluto menosprecio del lado de los apologetas de demonización sin resquicio del franquismo. ¿Cómo es posible que se pueda anular de un plumazo, conforme quería Fernando VII con la experiencia veintañista -1820-23-, con más de treinta años, es decir, con la mitad de la vida de la mayor parte de los hombres y mujeres cuyas existencias transcurrieron por completo o casi en su integridad durante la dictadura, con amor a los suyos, a su país y su historia en una trayectoria afanosa por regirse con criterios propios y no alienada con mensajes ni directrices espurias?
A tal precio es claro que la “normalización” implicará una anomalía conceptual y bibliográfica de proporciones mayores que la que ambiciona conquistar a través de un instrumento innegablemente manipulador. En ocasiones, los tiranos alcanzan, pesarosamente, a imponer, subliminalmente, sus propios medios a sus esforzados y nobles enemigos. El parto de la “normalidad” se alumbrará mediante un esfuerzo de ascesis y objetividad del lado de sus más decididos seguidores. Meta tan loable y plausible y de imperiosa urgencia únicamente se logrará materializando la voluntad machadiana de alcanzar la verdad como fruto de un diálogo a dos voces.